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Un brote de trova fresca por entre los libros junto al sombrero de Zequeira, animando la feria matancera (+ Audio)

Rey Montalvo

Rey Montalvo

No me canso de advertirle a todo el mundo acerca de las cosas que siempre pasan cuando los trovadores se reúnen. Ya me lo había anunciado Rolando Estévez, el inmenso diseñador de libros raros, en varias de nuestras conversaciones telefónicas de los domingos: "por aquí se está formando un brote de trovadores muy jóvenes, una trova que te va a gustar, no te digo más, tienes que oírlos". Me puse contenta cuando el poeta y editor Alfredo Zaldívar, al calor de la recién concluida Feria del Libro, me invitó a una sesión de firmas en el punto de venta de Ediciones Matanzas, ubicado en aquella misma calle Medio que cuarenta años atrás remonté en toda su extensión para visitar a Ñico Rojas. Lo que no imaginaba era que, a manera de preámbulo, los concurrentes y los transeúntes seríamos congratulados con una breve muestra de ese trovar que, desde hace un par de años, primero asomando azorado a ver qué pasa y luego a viva voz y hasta coreado por un buen  grupo de seguidores, se ofrece al oído sano. a modo de antídoto para impedir que crezca lo que uno de estos jóvenes, el pinareño-matancero Aliesky Pérez, llama "el marabú mental".

Creo que fue precisamente eso lo que Johann Trujillo, el diseñador principal de la editorial que nos servía como anfitriona, concibió cuando, de fondo al espacio destinado a la exposición y venta de libros y revistas, armó un delicioso sitio para la comunicación entre trovadores o poetas y su público, valiéndose de una modesta plataforma, unos volúmenes seguramente de cartón destinados a mantener presente el logo de la entidad; convocados por "el sombrero de Zequeira", y se nos armaban en letras recortadas y pegadas unas señales de vida capaces de ambientar deliciosamente aquel recinto, presididas por el lema de Ediciones Matanzas: "libros como puentes". Un empecinamiento sin límites en lograr la afinación perfecta de la guitarra, contrastando con la informalidad de las frases que el trovador iba disparando a una u otra persona cuya identidad no importaba mucho al resto de los presentes, me hizo suponer que unos instantes después, escucharía música. Así fue.

Exactamente a media mañana, se hizo la trova en un lenguaje de guitarra acompañante de Rey Montalvo para sus impecables textos. Interesante muestra donde se narra, se juzga, se razona, se ama y se entrega todo eso con ganas de comunicar, casi con ganas de saber si hay respuesta desde la silla plástica o el quicio que alcanzamos los sentados, desde la dura complicidad del poste o la reja de una puerta de calle donde el transeúnte ha sentido necesidad de detenerse y -literalmente-prestar atención.

Recientemente vio la luz en Ediciones Vigía, bajo el título Postal de peces, un Volumen que recoge 25 canciones de Rey Montalvo. En sus palabras introductorias, el trovador deja escapar un dato que puede servirnos de guía para asumir y diferenciar con la justa nitidez que reclama el caso, cuando nos cuenta que estas canciones fueron antes historias, poemas (parábolas en algún caso, digo yo) y un buen día él las introdujo en el reino de la música (de modo magistral, digo, sin asonancias ni fracturas). Me sirven de mucho las palabras con que Vicente Feliú da por concluído su prólogo a esta compilación: "les recomiendo al poeta, al trovador, al guerrero Rey Montalvo"

Dejo pendiente para otro encuentro, la aventura de enfrentarnos a Aliesky y su lenguaje singular.

Almendares, 4 de marzo de 2012

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