A diferencia de lo que ocurre con el chamán, (que sí pone a su disposición a los espíritus que invoca e incluso es capaz de transformarse en ellos) en la representación de los santeros el poseso (religioso poseído por un oricha) no logra dominar a la deidad; su alma no abandona el cuerpo para remontarse al cielo o descender al infierno, comunicarse con los muertos o los espíritus de la naturaleza.
En este sentido, su trance no es extático, no implica la ascensión del hombre a la deidad y su identificación entusiasta o contemplativa con ella; lo que se supone tiene lugar no es precisamente una transformación espiritual que induce una nueva percepción subjetiva de la realidad.
Antes bien, la posesión en la santería implica, en idea, la anulación de la psiquis personal del poseso por la representación colectiva cristalizada en la figura del oricha, la cual se apodera de su cuerpo y lo convierte en instrumento, vehículo, medio. Y poco importa que, en una perspectiva psicológica, esta anulación nunca sea total, o que nos hallemos ante un "desdoblamiento de la personalidad" e, incluso, según se ha supuesto desde posiciones afines al materialismo vulgar, que la posesión no pase de ser un "estado paranormal", asociado a la histeria, la hipnosis u otros estados psicológicos.
Porque lo que cuenta en términos sociales es el accionar objetivo de las representaciones colectivas existentes sobre el proceso de la posesión; y éstas nos hablan de un reemplazo del alma mortal por la voluntad divina del oricha; en tanto los hechos porfiados nos muestran hombres y mujeres dominados por aquellas representaciones (por fuerzas sobrenaturales, podemos decir, pues ya sabemos que lo que se conoce como fuerzas sobrenaturales son fuerzas sociales enajenadas).
No obstante, al encarnar el símbolo mítico en su frágil compostura, el ser humano no puede en modo alguno concebirse como mera pasividad, sino únicamente como un sujeto (enajenado, admito, pero sujeto) capaz de crear y recrear a las deidades con los movimientos de su propio cuerpo -la chispa de su ingenio, el sudor de sus músculos, el sonido de sus cuerdas vocales, el brillo de sus pupilas-, a imagen y semejanza de su cultura, de su historia, sus tradiciones, sus contradicciones sociales palpitantes, la confluencia de su conciencia y su inconsciencia en su fabulosa imaginación.
Privado de la "experiencia extática" que le conferiría el poder de suplantar por sí mismo las fuerzas sobrenaturales o, para utilizar la expresión de Ricardo de San Víctor, de "culminar el último grado de la ascensión a Dios", en apariencia el poseso es una simple víctima de la voluntad de los orichas; en esencia, la posesión confiere al hombre y la mujer de la religión el poder mayúsculo de reapropiarse simbólicamente, aunque sólo sea de manera temporal, de las fuerzas colectivas enajenadas en la forma de orichas.
Es por ello que, con palabras de Miguel Barnet, "aquel que está facultado para ser poseído por un santo y logra interpretar sus gestos y su carácter con fidelidad, de inmediato adquiere un rango de poder dentro del núcleo social donde se practican esos cultos. Este poder, valga decir, es tanto religioso como de jerarquía social y representatividad."
Es evidente que todos aquellos objetos, cualidades y acciones rituales no son simples cosas o actos que se representan a sí mismos, sino mediaciones entre los religiosos y las deidades; realidades que indican y proyectan la conciencia, las emociones y la actuación hacia una presencia total que se encuentra más allá de su contenido inmediato: el oricha todopoderoso y sobrenatural que se expresa y vive en ellos, y a los cuales otorga su sentido en el sistema de la práctica religiosa.