Hace poco más de medio siglo, aquí en La Habana, muy lejos de las zonas orientales de la Isla donde pudieron asentarse y sobrevivir tantos haitianos, una hermosa mujer llamada Martha Jean-Claude comenzó a aparecer entre los grupos de amigos que nos juntábamos alrededor del hechizo de las canciones. Recuerdo, por ejemplo, el espacio dominical Feeling para usted, que abrió para la radioaudiencia de la ciudad una diminuta emisora nada simpática a las autoridades de la época. Allí acudíamos los amigos de Felito Ayón: el dúo Renée y Nelia, Angelito Díaz con una tumbadora y yo con las ocho o diez canciones que ya había compuesto y, por supuesto, con mi guitarra. Siempre se añadía alguien a quien el anfitrión invitaba en calidad de atracción para ese día. Fue así, en la voz hermosa y en el sabio estilo de aquella mujer, como llegaron los cantos de Haití a nuestros oídos y a nuestros corazones..
En nada coincidían con nuestros giros melódicos, con nuestras armonías o nuestros ritmos pero, quienes nos íbamos turnando delante del micrófono, teníamos algo en común con ella: la imperiosa necesidad de lanzar al espacio nuestros cantos para mantenerlos vivos. Por encima de todo, aquellos breves aires que, aún cuando frecuentemente estuvieran marcados por un ritmo movido y, a pesar de lo incomprensible que resultaba para nosotros la lengua que con tanta suavidad dejaba caer la voz de aquella cada vez más entrañable amiga, nos estrujaban en alguna medida el corazón, a causa de ese cierto deje melancólico que se iba desprendiendo de cada uno de ellos.
La tragedia que estremece por estos días al pueblo haitiano, me ha traído muchas veces a la mente el recuerdo de aquella misionera del cantar de su tierra. Nacida en 1919, se había trasladado a Cuba alrededor de 1950 y, luego de haber residido temporalmente en varios puntos de la Isla, se radicó en La Habana, desde donde desplegó su intensa labor como cantante y compositora, planeó sus giras nacionales e internacionales e irradió energía y nobleza, como una cubana más, en las buenas y en las malas. Aquí nació su descendencia, marcada por el talento musical. Aquí acabó sus días, en el año 2001.
En las páginas del Diccionario Enciclopédico de la Música Cubana, he hallado un dato que me parece especialmente significativo en este momento en que todo se remueve como para alertarnos acerca de la necesidad de un encuentro con los valores de nuestro mundo antillano: fue en la Catedral de Puerto Príncipe, monumento que no pudo escapar al desplome bajo los efectos de la catástrofe natural que azota a nuestros hermanos haitianos, donde la artista aprendió a cantar, donde hizo suyos muchos de los cantos que traería hasta nosotros. En los párrafos dedicados a la artista, pude conocer que en 1967, con motivo del Encuentro de la Canción Protesta organizado por la Casa de las Américas, ella declaró que el evento le había ofrecido la posibilidad de mostrar en qué medida esos lamentos podían considerarse, desde siempre, como verdaderas protestas de la gente por sus tristezas.
Dos décadas después, en 1986, Martha Jean-Claude fue escogida para asumir el concierto inaugural del Premio Casa de las Américas. Con ese motivo, Nancy Morejón escribió el texto de presentación que reproducimos completo∗:
Parece que una luz submarina estuviese alzándose desde los cerros de la ciudad de Puerto Príncipe hasta las aguas enmarañadas del río Artibonite. Ciertamente, los mudos tenían mucho que decir. La noche de los zombis, en su ulular de espanto, toca a su fin en tierra haitiana. Vamos a celebrar juntos la aspiración a la libertad y a la existencia de todo un pueblo amordazado por una insólita conspiración de las fuerzas del mal. Apretujadas en un nido de avispas feroces van pereciendo. Y van desvaneciéndose las tinieblas sobre el horizonte.
Si la poesía es un documento imaginario que explica cómo se hacen los arco iris y por qué desaparecen, el canto de una mujer extraordinaria, un canto vivo sobre el mismísimo arco de las Antillas, nos traerá esta mañana el verdadero y el más legítimo arco iris de su pueblo que había sido robado por un Ubú sucio, sátrapa, ciego. Las leyendas, los mitos, la sabiduría que nacen de la garganta de esta fabulosa caribeña dejarán en nosotros esa esperanza que estamos viendo ahora como algo más que tangible, esa esperanza que nos hace concebir y desear que la Revolución en Haití sea una necesidad total. Esa mujer de piel nocturna, con su risa de espuma en pleno Mar Caribe, viene a traernos lo mejor de su ser, el signo del futuro, la imagen transparente del árbol de la vida.
Los loas andaban callados y ahora cantan su propia tonada, corazón puro de Haití. Ella nos trae la canción de aquellos soñadores que se habían arrancado el corazón y lo llevaban en la mano derecha para escarnio de todos los gorilas, para ponerlo en el camino recto hacia la plenitud del arco iris soñado. Ella, no podría ser nadie más que Martha Jean-Claude.
Con el título Los cantos de Puerto Príncipe, acaba de aparecer en la prensa un texto de Arleen Rodríguez Derivet que avivó en mí muchas de las inquietudes que me estaban empujando hacia un retorno a la memoria de la Jean-Claude. Para Arleen, sonaron, desde la infancia, esos mismos arrullos, esos mismos lamentos que los hijos del sufrido pueblo transportan consigo como una carga preciosa, expresión de esa necesidad, sin límites, de dar: de ese deseo de quedarse prendido a sabiendas para siempre en el otro, que sólo es dada al ser humano entre todas las criaturas presentes en este mundo.
Poco después de haber doblado mi periódico, a continuación de esa lectura, nuevas imágenes noticiosas de la tragedia ponían delante de mis ojos a una anciana recién rescatada de entre los escombros, verdaderamente dañada, que cantaba y volvía a cantar. Pensé en todo lo que nos decía Martha Jean-Claude acerca de los cantos de su gente. Muchas veces me he preguntado si en estos días, Arleen, allá en el abatido Puerto Príncipe, por entre los ayes de nuestros hermanos nacidos en ese suelo y el sonido abominable de ciertas botas, se habrá dejado escuchar todavía el trino de algún pájaro que no sabe si va a volver a tener dónde posarse.
Almendares, 21 de enero de 2010
Este texto está inspirado en el artículo Los cantos de Puerto Príncipe, de Arleen Rodríguez Derivet, que apareció en el periódico Juventud Rebelde, el domingo 17 de enero de 2010.
∗Palabras para presentar a Martha Jean-Claude en la instalación del Premio Casa, publicadas en la revista Casa de las Américas, La Habana, a.XXVII, n. 157, jul.-ago. de 1986, p. 132 y luego recogido en Nancy Morejón: Pluma al viento, Santiago de Cuba, ed. Oriente, 2005, 121-22