- Por los rumbos de la curandería popular
RM- Yuriel, quedamos la semana antepasada en que, tanto para los santeros y babalaos como para los médicos, el sentido de su acción es proporcionar bienestar a las personas. La entrega es absoluta, pero difieren los caminos a seguir. ¿Pudiera hablarme sobre esto?
Y- Antes quisiera insistir en que mucha gente inteligente y con alto nivel de instrucción se vincula a nuestras formas de curar que, como hablábamos, se han visto despreciadas por ciertos sectores de la medicina occidental. Pienso firmemente que existen múltiples factores sociales, psicológicos y cognitivos que intervienen en estos modos de pensar y de actuar. ¿Por qué han ganado mérito estas prácticas, pese a estar desacreditadas por la ciencia? Es lo que me pregunto a cada rato. Soy babalao e ingeniero graduado en la ex URSS. En la ciudad donde estudié conocí personas de más de cincuenta países y ninguno tenía hábitos ni siquiera parecidos respecto a la salud, y mucho menos respecto a las formas de restablecerla cuando la perdíamos. Aquel fue el laboratorio que me llevó a reflexionar en este complejo proceso. Aparte de los libros gruesos de ingeniería, leí mucho sobre medicina alternativa y tradicional de muchísimos lugares. Me impresionó conocer que todos los medicamentos que existen en el mundo no ayudarían tanto a África como el agua. Si se garantizara el agua debidamente potabilizada en ese continente, se resolvería el 90% de las enfermedades que padecen los africanos. Unido con el agua, esas personas necesitan escuelas, viviendas decentes, recreación adecuada. Y necesitan ser oídas por el médico, necesitan percibir que se les trata como seres humanos, con problemas, preocupaciones, angustias, esperanzas. Por otro lado, no es posible comprender la reacción de la gente ante la enfermedad y la muerte si no se conoce el tipo de sociedad en la que han crecido y de la que forman parte. Creo que es lo que ocurre con las personas de origen africano en Cuba; tienen un arsenal de conocimientos legado por sus padres, abuelos y bisabuelos, que de alguna manera contrasta con otras formas de conocimiento que coexisten con él y que tienen el mismo derecho a la existencia.
RM- ¿Por qué dice que esas son prácticas desacreditadas?
Y- Es una manera de decir. Tenemos un diálogo bien difícil con la medicina occidental, o de hospital, o científica, a la que algunos llaman cartesiana. Sería todo un reto escribir extensamente sobre esto. Aunque existen grupos de médicos que mantienen un diálogo más suave con nosotros, nos miran con interés y hasta se interesan por prácticas concretas que tenemos. Leí en Internet, hace algo menos de diez años, un artículo de una doctora cubana sobre la medicina tradicional y natural, que era un intento de aproximación de ambas cosmovisiones; pero en su análisis no se incluía la curandería que viene de los ancestros africanos, y eso en Cuba no es un desliz, es un “olvido” consciente. Hay muchas causas que generan esta falta de entendimiento entre las formas populares y tradicionales de sanar y la que llaman científica. Nadie está por encima de nadie a la hora de procurar salud y bienestar. Creo que los estereotipos que nos han endilgado han servido para meternos a todos los curadores en un saco. Me disgusta que digan que esto es brujería o movimiento diabólico. Nada que ver. Hablan de esa manera los que no conocen, los etnocéntricos que sólo quieren que el mundo se vea a través de sus espejuelos y no admiten otra manera de enfrentar o ver la vida. Hay que seguir insistiendo sin cansancio en las lecciones de tolerancia que nos dejó Don Fernando Ortiz. Es un proceso complejo porque está relacionado con el conocimiento de las formas de pensar que tiene la gente sobre su enfermedad, para que los curadores actúen en correspondencia, y eso no es fácil, ni se adquiere con sólo querer. Cuando usted me propuso hacer esta serie de entrevistas, traté de leer lo que se había estado publicando en esta sección de Cubadebate, y los comentarios de algunos lectores me espantaron. Al parecer, de una constatación particular hacen una teoría general.
RM- Sucede, pero los cibernautas nos sometemos a estos y otros riesgos. Usted me decía en nuestro encuentro anterior que el 50% de las personas que atiende no tienen creencias religiosas. ¿Les pregunta?
Y- Casi un 50% no lo es. No hay necesidad de preguntar si tienen o no creencias religiosas, ellos mismos lo dejan saber. Y con esta paciencia que me caracteriza les explico a todos los visitantes lo que sé, para que conozcan su propio cuerpo. Cuando las personas se autoconocen se independizan muchísimo. Esas enfermedades cíclicas como las alergias, la artritis, la migraña, el asma, que tienen períodos de baja y de alza, deben ser bien conocidas por quienes las padecen, para no invadir el cuerpo innecesariamente. Las personas salen complacidas y me lo demuestran. Los resultados están ahí, hablan por sí solos. Desde la hierba que deben buscar hasta la música que deben oír si quieren vencer el stress que los hace padecer.
RM- Y en caso de que no pueda resolver alguna complicación que traiga alguien, ¿lo manda para el hospital?
Y- Por lo menos aquí hay mucha gente preparada que sabe lo que debe hacer respecto a su salud. No es el caso de otros países en que el número de analfabetos es impresionante. Y si sus enfermedades o dolencias tienen alguna complicación, saben a dónde dirigirse. Algunas premisas indican por dónde cada cual debe dirigirse, como es el caso del reconocimiento de las capacidades de las prácticas tradicionales, la manifestación biológica de la enfermedad, el miedo a someterse al dolor, la idea que tienen sobre el riesgo que corren. A ello se unen los patrones culturales de cada cual, que determinan su comprensión de la enfermedad.
RM- ¿Habló indistintamente de enfermedad y dolencia?
Y- Indistintamente no. Son estados diferentes.
RM- Perfecto. Es un buen tema para otro encuentro. ¿Le parece?
Y- De acuerdo.
RM- ¿Me decía sobre su nombre?
Y- Ah sí, que mi nombre de nacimiento es José Andrés y Yuriel es adoptado. Lo quería aclarar por la lectora que me reconoció. Efectivamente desde hace quince años vivo en La Habana Vieja. Si me lo permite, de paso deseo enviar un mensaje para los lectores de esta sección. Es una idea que me impactó desde que la leí en mis tiempos de estudiante, del director inglés Thomas Beecham: “Si yo fuera un dictador, obligaría a cada persona entre los 4 y 80 años de edad a escuchar a Mozart durante un mínimo de 15 minutos al día, al menos durante cinco años”. Sin dictadura, háganlo, les hará mucho bien.