
La bandera estadounidense ondea frente a la cúpula del Capitolio de los Estados Unidos. Foto: Drew Angerer / GETTY IMAGES
La Cumbre realizada la anterior semana en Washington, convocada por el gobierno norteamericano a través del Departamento de Estado, sería el paso o escalón más reciente, en el ascendente itinerario de la escalada imperialista contra todo lo que represente el progreso histórico. Se trata de una ofensiva de larga data en la política norteamericana, con implicaciones domésticas e internacionales. Para comprender lo “nuevo”, vendría bien retener lo “viejo” y conectarles.
No está de más un breve y ágil recorrido analítico por ese trayecto. Como se advierte, la obsesión de Estados Unidos por obstruir los esfuerzos y cambios que puedan conducir a nivel global a un mundo mejor, evoca los tiempos en que la humanidad estaba atrapada entre el oscurantismo medieval y el irracionalismo filosófico que se afianza ulteriormente, conformando raseros ideológicos que alimentaban visiones y prácticas regresivas.
Pudiera parecer extemporáneo rememorar a Schopenhauer, cuyo pensamiento fue pieza central del pesimismo, a Nietzsche, con su crítica radical a la razón occidental, voluntarismo, prioridad a los instintos y teoría del superhombre, ambos del siglo XIX, o a Spengler, ya en el XX, que rechazaría las ideas de la Ilustración, de la linealidad de la historia, abrazando el cesarismo, las concepciones cíclicas y apostando a la decadencia. La aparición ulterior del fascismo como recurso del capitalismo ante las crisis, en su etapa imperialista, bebe de esas fuentes.
Algo de eso resurgiría mucho después, en el contexto de la desintegración de la Unión Soviética y el desplome del socialismo como sistema en Europa Oriental --proceso que Fidel calificaría como desmerengamiento--, con las tesis respectivas de Fukuyama y Huntington, sobre el “fin de la historia” y el “choque de civilizatorio”, descartando la centralidad internacional de la lucha de clases, ante el triunfo del capitalismo, sentenciando el fin de la Guerra Fría.
Sin embargo, al ver de conjunto esos procesos, como antecedentes teóricos del denominado “trumpismo”, y el reavivamiento ideas y fenómenos decadentes que no han quedado sepultados y reclaman presencia, es más que justificada su mención. La naturalización de la barbarie, la guerra el genocidio actual así lo confirman. La negación y hasta burla, del humanismo que simbolizó la Revolución Francesa, han adquirido carta de ciudadanía en el mundo actual.
De ahí que quizás convenga mirar el asunto, conectando historia y contemporaneidad, colocando el avance de la estrategia de retroceso que sostiene e impulsa Estados Unidos en su proyección interna y externa, tal como se manifiesta en la aludida Cumbre. Es otro paso, el más reciente, de una estrategia crecientemente peligrosa para la paz internacional, pero no constituye, en rigor, algo nuevo ni debe sorprender. Colóquese el asunto, para entenderlo, en su contexto y movimiento.
No es de extrañar que, en ocasiones, en el análisis de los reacomodos del imperialismo norteamericano que se registran en determinados períodos de la historia mundial --al establecer el contraste o la similitud, entre pasadas y recientes formulaciones doctrinales o prácticas concretas--, se consideren como novedosas, originales o como “nuevas” expresiones, a las acciones que promueven ciertos gobiernos de turno, a tal punto que se les reconocen contribuciones doctrinales, y hasta se les identifica con etiquetas que simplifican o absolutizan su ejecutoria, sobre todo cuando los han encabezado figuras descollantes.
Es decir, cuando se trata de gobiernos que llaman la atención por su resonancia mediática o legado político, basado en el uso de la fuerza y a la represión, tanto en el plano interno como en el externo, utilizando una retórica discursiva, una racionalidad teórica o académica y un liderazgo personal, que dejan huellas en la historia de Estados Unidos, en la medida en que contradicen el ideario fundacional de los llamados Padres Fundadores.
Así ocurriría con las dos Administraciones de Donald Trump, la de 2017 a 2021, y la que se halla en curso, iniciada en 2025. No se ha hablado de una “Doctrina Trump”, pero la etiqueta de “Trumpismo” vendría a ser lo mismo.
Antes, sería el caso del doble gobierno de Ronald Reagan, entre 1981 y 1989. En su discurso de toma de posesión, Reagan, retomando uno de los lemas que usó en su campaña presidencial, proclamaba su intención: “Hagamos grande de nuevo a Estados Unidos” (Let´s Make America Great Again”), anticipando la consigna similar que Trump haría suya, resumida por sus siglas: MAGA (Make Great America Again).
Por cierto, no estaría de más agregar, como nota a pie de página, que su otra consigna, “Estados Unidos, primero” (America First), la había popularizado el Ku-Klux-Klan durante su renacimiento, a finales del decenio de 1910, cuando resurge, desde su temprana aparición al concluir la Guerra Civil, con un espectro de acción mayor, al incluir como enemigos no solo al negro, sino al católico y al judío. O sea, lo “nuevo”, en del discurso de Trump, tenía, en realidad, mucho de lo “viejo”.
En aquella alocución, Reagan reavivó la moral nacional, asegurando que “los mejores días de Estados Unidos estaban por llegar”, enviando un mensaje al mundo, de que buscaría la paz, pero manteniendo la fuerza, a fin de defender la libertad. Se hablaría entonces de una “Doctrina Reagan”.
Había, desde luego, razones para ello, como con Trump. Bajo Reagan se auspició la reformulación de la veterana Contrainsurgencia, remozada y amplificada con la Guerra de Baja Intensidad, aprendiendo de las lecciones de Vietnam, al aplicarla en Centroamérica y otros escenarios en los que se revitalizaban fuerzas de izquierda y revolucionarias.
También se apadrinó la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), calificada por la prensa como “Guerra de las Galaxias”, como expresión actualizada de la carrera armamentista, enfocada hacia la meta de la superioridad nuclear y el control aeroespacial, ante la Unión Soviética.
La cruzada mundial que llevó a cabo Reagan contra el comunismo y más allá, contra toda expresión emancipadora, estuvo acompañada todo el tiempo, como lo ha sido la de Trump, por la demagogia y un voluntarismo perverso, que rememora el irracionalismo referido, acompañado de expansionismo geopolítico, agresividad desbordada, legitimidad de la violencia e intolerancia ante lo que se diferencie de, o no encaje en, la identidad tradicional de la nación, en las representaciones acerca de lo norteamericano. La imagen “del otro·, de “lo otro”, no solo en términos de diferente, sino de enemigo, permeando claramente la connotación ideológica de la política interna y externa de Estados Unidos, que gira en torno a la percepción de amenaza a la seguridad y cultura nacional.
Ello se explica tanto por las peculiaridades históricas de la formación y desarrollo del capitalismo y del imperialismo que sostiene a Estados Unidos, como de su condición contemporánea, en tanto principal potencia imperialista. A un Estado así, le resultaría imprescindible articular su proyección internacional en ausencia de enemigos o rivales.
Así, con el pretexto de la necesidad de proteger la seguridad nacional, las élites de poder enmascaran ante los círculos gubernamentales, la sociedad civil y la opinión pública norteamericana, lo que en realidad tributa al ejercicio hegemónico, justificando todos los instrumentos de fuerza (militar, diplomática, económica, ideológica), creando consenso interno alrededor de ello.
En esencia, la seguridad actúa, a semejanza de una ecuación matemática, como una función de la hegemonía. Y esa función se ha legitimado, fuera de las fronteras estadounidenses, sin que Estados Unidos mencione que prioriza su hegemonía. Esa palabra no aparece en discursos ni en documentos oficiales, tampoco en las recomendaciones de los centros de pensamiento (Think-Tanks). Como se diría en lenguaje popular: se le da al mundo, gato por liebre.
En ese contexto, otros antecedentes en el camino que recorre la reciente Cumbre, recordando gobiernos anteriores a Reagan, vienen al caso los de presidentes como Dwight Eisenhower y Richard Nixon, quienes habían asumido la lógica de la Guerra Fría, profundizando la bipolaridad que le servía de eje, entre el “Este y el Oeste”, el comunismo y el capitalismo, como sistemas opuestos, simbolizados en la Unión Soviética y Estados Unidos, cobijando así conflictos tanto globales entre las grandes potencias, como regionales y nacionales, en la periferia subdesarrollada o Tercer Mundo, al catalogarse las revoluciones y procesos de liberación de yugos coloniales, neocoloniales e imperialistas, como amenazas a la seguridad --en realidad, como se indicaba, a la hegemonía, al sistema de dominación y a la simbología del poder imperialista norteamericano--, que requerían de respuestas contundentes.
Con Eisenhower, el macartismo, desarrollado durante la década de 1950, significó una de las prácticas oscurantistas, represivas, promotoras de una suerte de “cacería de brujas”, de la persecución y enjuiciamiento de conductas clasificadas como radicales, comunistas, de izquierda, resonantes no solo en el ámbito político, sino en el movimiento sindical, el mundo cultural, la sociedad civil en su conjunto.
Operó, como es conocido, a través del Congreso, apoyado en el Comité de Actividades Antinorteamericanas, órgano investigador de la Cámara de Representantes, creado con anterioridad a la Guerra Fría, en 1938, que sirvió como pivote del macartismo y de sus purgas, documentando presuntos actos subversivos o desleales, buscando militantes y simpatizantes con el comunismo y la izquierda durante ese período, a través de agresivos interrogatorios y de listas negras, con una intolerancia abusiva contra la ciudadanía, incluidas destacada figuras de la literatura y el cine.
Con Nixon, por su parte, en el decenio de 1970, la Contrainsurgencia se redefinió principalmente a través de lo que se nombró Doctrina Nixon, consistente en que, en el marco de la guerra de Vietnam, en lugar de desplegar tropas terrestres, redujo su participación directa y pasó a la “vietnamización”, basada en el entrenamiento, financiamiento y equipamiento de las fuerzas de Vietnam del Sur, al mismo tiempo que incrementaba bombardeos masivos y minado de puertos.
A la par, ordenó a la CIA llevar a Cabo el golpe de Estado contra el gobierno del presidente Allende en Chile, visualizado como desafío a Estados Unidos en América Latina. Son antecedentes gráficos del espíritu represivo y bélico que anima hoy a la Cumbre Antifa.
Otro engendro que no debe obviarse, que aporta nutrientes a lo que se halla en curso, es el de Cointelpro, un extenso programa secreto de contrainteligencia y contrainsurgencia interno, conocido con ese nombre en la jerga del FBI, iniciado originalmente en 1956, expandido luego en los años de 1960, basado en tácticas encubiertas e ilegales, como la desinformación, el acoso y la infiltración, dirigidas a neutralizar y reprimir a líderes y organizaciones consideradas subversivas, incluyendo diversos movimientos sociales, como el de la lucha por los derechos civiles, el de los indios nativos, grupos pacifistas opuestos a la guerra de Vietnam, activistas juveniles, estudiantiles, feministas y, en especial, aquellos que eran exponentes del nacionalismo negro.
Cointelpro utilizaba, en resumen, métodos, aplicados por distintas entidades del gobierno, bajo la coordinación del FBI, para obstaculizar, desacreditar y liquidar el disenso dentro del país, violando los derechos constitucionales.
Los instrumentos que Cointrelpro utilizara contra los sectores del pueblo norteamericano fueron los mismas empleados fuera de sus fronteras contra regímenes considerados hostiles, a través de operaciones internacionales de subversión y represión orquestadas por la CIA, evidenciándose una coordinación profunda entre los Servicios Especiales e instancias del sistema político, que, por ejemplo, en los años de 1950 y hasta 1970, no distinguían diferencia alguna entre nacionalistas iraníes, partidarios guatemaltecos de la reforma agraria y opositores norteamericanos de la guerra en Vietnam.
Contra tales enemigos eran válidos todos los métodos y resultaba no pertinente u obsoleta cualquier consideración moral o frontera legal. La única opción válida ante tales “desafíos” --presentados como preocupantes o amenazantes para la seguridad nacional-- era la perpetuación del estatus quo, del orden nacional o internacional vigente, a cualquier precio.
En resumen, de alguna manera, Cointelpro anticipaba un esquema como el que se propuso en la Cumbre Antifa, o sea, abarcador, en el enfrentamiento a lo que se considera peligroso para la seguridad nacional, lo que supuestamente amenaza la democracia, según la concepción estadounidense, la de índole liberal, burguesa, representativa, la que se impuso en buena parte del mundo, luego de que Estados Unidos alcanzó su condición hegemónica, después de la segunda posguerra, saturando la llamada civilización occidental, asumida como de valor universal, desconociéndose su esencia clasista. ´´
En este sentido, resulta oportuno recordar a Marx, Engels, Lenin, Gramsci: las ideas que terminan por imponerse, dentro y fuera de una sociedad, son las de las clases dominantes. Desde ese punto de vista, la estrategia del retroceso actual, que, en rigor, da continuidad a una vieja ofensiva contra el progreso histórico, es una expresión de la lucha de clases, aunque no se hable mucho de ella en la literatura especializada ni en los medios de comunicación. Ahí están los residuos de las viejas teorías sobre el determinismo tecnológico y la desideologización, las que autores con orientaciones diversas como, Galbraith, Tinbergen, Bell, Manheim, Toffler, entre otros, cuarenta y cincuenta años atrás, en los que se difundieron ampliamente.
La cosecha intelectual en ámbitos del pensamiento social, como los de la ciencia política, la sociología, la teoría de las relaciones internacionales, revela que las semillas de aquella siembra, en apariencia estéril a través del tiempo, florecieron en determinados momentos y escenarios. Cabe preguntarse acerca de lo que fertiliza el terreno en el contexto actual. La claridad al respecto es necesaria, a la hora de comprender y actuar. La conexión analítica entre historia y contemporaneidad es, una vez más, imprescindible. La visión de conjunto, la que conecta las partes y el todo, la que no pierde de vista los árboles, pero tampoco el todo, es recomendable también.
Con una intención análoga, no debería omitirse la referencia a otras iniciativas, que podrían valorarse como prematuras, inacabadas, pero que constituyeron precedentes o bases de la estrategia del retroceso que, en algunos casos, se desplegarían más tarde, ya que en su origen no se proyectaban con resonancia mundial, sino que estaban circunscritas a un expediente más estrecho, extendiéndose su horizonte de manera gradual, hasta alcanzar aplicaciones más generalizadas.
Una de ellas sería la perfilación de los estudios sobre lo que representaba la victoria de la Revolución de Octubre, en 1917, percibida casi de inmediato, como proceso que desafiaba al mundo capitalista, que requería de estudio, en aras de limitar desde temprano la difusión y contagio de su influencia. Así, tan pronto como en 1919, se crea la Hoover Institution On War, Revolution and Peace, que pronto se convertiría en un muy importante centro de pensamiento (think-tank). Fue el preludio y el enlace con el esquema subversivo que se expande luego, dando lugar a un abanico de modalidades para enfrentar al comunismo.
El nacimiento de la sovietología, que impulsó los análisis sobre la Unión Soviética (su sistema político, ideología, modelo económico, proyección externa, desarrollo científico-técnico y militar), sería el puente para la posterior definición de la comunismología, concluida la Segunda Guerra Mundial, a raíz de la constitución del campo socialista, que estimuló la aparición de otros centros, encaminados a la investigación de los procesos que se gestaban en los países de Europa Oriental que se sumaron ese camino. En la Universidad de Harvard, por ejemplo, surgió el Russian Center. En la de Miami, el Instituto de Estudios Soviéticos y de Europa del Este.
En la de Columbia, se estableció el Instituto para la Investigación del Cambio Internacional. Todos ellos aportaron diagnósticos que resultaban funcionales a la política gubernamental de Estados Unidos, incluidas las acciones dirigidas a la desestabilización. Por ejemplo, la estrategia de subversión de “Tendido de Puentes”, que pretendía lograr la erosión del socialismo desde adentro, concebida durante el gobierno de Kennedy, se benefició de los resultados investigativos proporcionados por los especialistas de tales instancias.
La mención a lo anterior ilustra la pretensión de la política exterior norteamericana por articular acciones que sobrepasen una percepción superficial del “otro”, atendiendo a lo señalado, según la cual a lo diferente se le considera en no pocos casos, como adversario, con la finalidad de enfocar de modo óptimo, cuando ha sido el caso, de diseñar estrategias que garanticen la reversión de determinados procesos y de lograr el cambio de régimen, como fue lo que inspiró la política hacia los antiguos países socialistas. Otro ejemplo sería el de la latinoamericanística, ese cuerpo de estudios sobre Nuestra América, que surge durante la segunda posguerra, con objetivos de conocerla mejor y de hacer más efectiva la política hacia procesos que podían conllevar supuestas amenazas a la seguridad de Estados Unidos, y de asegurar la dominación.
Tales prácticas, junto a las examinadas con anterioridad, se han mantenido hasta la actualidad, existiendo un nexo importante entre el mundo académico y los formuladores de la política exterior, especialmente la que está implicada en casos en los que se invoca la defensa de la seguridad nacional, la defensa de la democracia, y se ha promovido la represión, la contrainsurgencia, la estrategia del retroceso.
Bajo la sombrilla de los estudios latinoamericano, aparece el Plan o Proyecto Camelot, una investigación financiada por el Pentágono y encargada a la American University en 1964-1965, para crear modelos predictivos que evaluaran el potencial revolucionario en América Latina. Su objetivo real era la contrainsurgencia y el espionaje, filtrándose información en la prensa y la academia, de modo que el plan recibió una enérgica crítica y denuncia por parte de movimientos sociales, de sectores intelectuales y políticos, que concluyeron con su cancelación.
El Proyecto Camelot procuraba precisar y prever las causas de las revoluciones e insurgencias en las regiones atrasadas del mundo, comenzando por América Latina y a la vez pretendía proponer los medios para eliminar dichas causas, o decidir cómo actuar ante revoluciones y actos de insurgencia.
El estudio se inició en Chile, pero su propósito era realizar un estudio comparativo histórico de diferentes países de América Latina (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, El Salvador, Guatemala, México, Paraguay, Perú, República Dominicana y Venezuela), Oriente Medio (Egipto, Irán y Turquía), Extremo Oriente (Corea del Sur, Indonesia, Malasia y Tailandia.
Aunque no tuvo trascendencia, el Proyecto Camelot sería, de cierto modo, un precedente de las potencialidades de la labor investigativa que podría abastecer y de información a las operaciones de inteligencia militar, enfocadas hacia el control, represión y exterminio de los grupos y organizaciones de izquierda en países como Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, mediante la articulación de una estrategia regresiva, encarnada en la tristemente célebre "Operación Cóndor", ese entramado o red de terror transnacional llevada a cabo a partir de 1975 por las dictaduras de esos países con el respaldo gubernamental de Estados Unidos, durante el gobierno de Nixon, incluida la CIA, que contemplaba desde acciones de inteligencia hasta la tortura, secuestros, desapariciones y asesinatos, de opositores en el continente.
La definición más amplia de la confrontación que Estados Unidos promueve con un revestimiento de coherencia, desde que comenzó el siglo en curso, cuya mención no debe omitirse, fue la que se divulgó por la Administración de George W. Bush, como reacción ante los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001: la Guerra Global contra el Terrorismo, con la cual se sustituía la amenaza internacional del viejo y desplazado comunismo, por la del terrorismo, un enemigo más difuso y confuso, que no se identificaba con Estados, sino con grupos, organizaciones e individuos.
Los procesos judiciales, interrogatorios y encarcelamientos sin que existiesen pruebas, las cárceles secretas, la tortura y el asesinato, aparecen en la orden del día de la política exterior. La reaparición de listados de países terroristas se suma a ello, junto a la aplicación de modo indiscriminado, de sanciones y medidas coercitivas unilaterales contra los Estados que el gobierno norteamericano decidiera. Dicha guerra desconocería límites.
Se llevaría cabo mediante las más disímiles modalidades y en las latitudes más diversas. Los criterios respondían más al voluntarismo que a las evidencias. La misma se amparaba en la llamada Ley Patriótica, aprobada tras los referidos atentados, otorgando un mandato para la represión y la subversión, que se entrelazaba con el arsenal de conceptos como los de Estados Fallidos y Cambio de Régimen, que justificaban acciones externas, contra supuestos enemigos.
En el fondo de los objetivos que movilizan a la política de Estados Unidos en sus esfuerzos por anular la protesta interna, la búsqueda emancipatoria, antimperialista, la lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo en el mundo, que configuró los grandes conflictos durante la Guerra Fría, se hallan, ante todo, los intereses de clase, de modo que, para expresarlo de la manera más sintética, con el riesgo de una gran esquematización, lo que ha estado en juego hasta el presente, es la lucha de clases.
Una lucha silenciada, escamoteada, manipulada en su derrotero y en las interpretaciones de que ha sido objeto. Fue el eje de la las confrontaciones en el siglo XX, desde que el capitalismo norteamericano se transforma en imperialismo y comienza a exhibir, según lo visualizara Lenin, el viraje de la democracia a la reacción en toda línea, su decadencia, su parasitismo y su descomposición.
La declinación que vive Estados Unidos, asociada a sus crisis y limitaciones económicas, así como a su disputa frente a otras potencias que rivalizan en su condición, antes hegemónica, por espacios de poder, polariza cada vez más la contradicción capital-trabajo, la riqueza y la pobreza, presupone contradicciones clasistas.
En ese marco, la lucha de clases se expresa tanto en las relaciones internacionales como al interior de la sociedad estadounidense y de su sistema político, como también en las relaciones internacionales. Se manifiesta en la aludida disputa hegemónica, que es también una disputa de sentidos, con expresiones propias en el campo ideológico, en la subjetividad, en la conciencia de clase.
A nivel latinoamericano, el llamado Escudo de las Américas, nacido hace unos meses, en marzo del año en curso, a partir de la convocatoria de Trump a la reunión que tuvo lugar en el estado de la Florida, presentado como una iniciativa de seguridad común que implicaba una coordinación de esfuerzos militares, judiciales y policiales entre Estados Unidos y varios países.
El propósito declarado: desmantelar, supuestamente, a organizaciones criminales, combatir el narcotráfico y regular la migración ilegal, lo que implicaba limitar la influencia comercial y la repercusión política, incluida la de seguridad, que acompaña la presencia de China, ante lo cual se requería un escudo defensivo. En realidad, se procuraba apuntalar una estrategia de contención de las posibles fuerzas contestatarias, de izquierda, antimperialistas, que desafiaran la hegemonía, que nunca se nombra, de Estados Unidos, y tributasen a su seguridad nacional.
Bajo una lectura como la expuesta, no resultaría tan novedosa la citada Cumbre contra el terrorismo, efectuada hace apenas pocos días, dirigida a enfrentar lo que se identificó como “el resurgimiento del extremismo político trasnacional y las redes violentas de extrema izquierda”.
Según lo explicó oportunamente el Observatorio de Medios de Cubadebate, se construyó con ello la percepción de una supuesta amenaza terrorista global mediante hechos descontextualizados, cifras sin respaldo verificable, acusaciones no demostradas y una visión que convierte a la izquierda en un enemigo esencialmente violento y ajeno a la civilización.
Ante todo, el llamado a luchar contra la izquierda mundial es congruente con la orden ejecutiva que aprobó antes el presidente, en septiembre del año pasado, al referirse a las tendencias internas opuestas a su Administración, cuestionadoras de las direcciones del “Trumpismo” y su proyecto MAGA, constitutivas del movimiento de izquierda Antifa.
Se definía a este como un cuerpo no muy estructurado ---, más bien amorfo, sin líderes palpables, cuya identidad se ocultaba, formado por manifestantes y activistas, de carácter terrorista, militarista y anarquista--, que llamaba explícitamente al derrocamiento del gobierno de Estados Unidos), con un "patrón de violencia, diseñado para obstruir el Estado de derecho”.
El mensaje de dicha Cumbre también guarda coherencia con la identificación que haría tres meses después, en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, divulgada en diciembre, de los principales peligros: la injerencia geopolítica y económica de potencias rivales, la inmigración, el narcotráfico, el crimen organizado y, justamente, las amenazas internas: grupos, movimientos de izquierda radical y actores anarquistas, percibidos como amenazas al Estado y a la estabilidad social. Es obvio que ese mensaje entronca con la agenda del citado Escudo de las Américas, si bien circunscrito a un ámbito geográfico específico.
Nuestra América permanece en el cuadro general de la estrategia del retroceso que alentó a la Cumbre, coronando así, por el momento, el tratamiento que ha recibido nuestra región a través de la historia, desde las invasiones militares, durante la Guerra Fría, a Guatemala, Cuba, República Dominicana, Panamá, Granada, pasando por la crisis de Octubre, que pudo llevar a una Tercera Guerra Mundial, y la continuidad de un bloqueo recargado por más de seis décadas contra nuestro país, que sigue recrudeciéndose, y hasta el secuestro del presidente venezolano en enero pasado, que se realizó en el marco de una operación militar que conllevó destrucción y muertes.
No es, como se señaló desde el inicio, como para sorprenderse demasiado. No se trata de un hecho totalmente novedoso, habida cuenta de la larga trayectoria de construcciones ideológicas y agresiones que configuran la citada estrategia, en la que las aspiraciones por lograr de América Latina un traspatio controlado y subordinado, y en el caso concreto, el ansiado cambio de régimen, conforman un extenso expediente de injerencia.
La Cumbre Antifa emplazó a Cuba de ser el epicentro que articula y sostiene el extremismo de izquierda y el terrorismo en la región, contribuyendo a financiar y consolidar redes perturbadoras en el hemisferio occidental en su conjunto, incluyendo al propio Estados Unidos.
Con anterioridad, en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, Trump había situado a Cuba, junto a Venezuela y Nicaragua, dentro de lo que llamó la “troika de las tiranías. En el documento similar, de 2025, prometió restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, afirmando que los países latinoamericanos deben verse como una zona de exclusión para actores extra hemisféricos, y como un espacio de acceso preferencial a recursos que son catalogados como propios por Estados Unidos y esenciales para su seguridad nacional, en los que pueda afirmarse con confianza, donde y cuando lo necesite en la región.
Desde esta perspectiva, la relación entre historia y contemporaneidad, relativiza la consideración de lo novedoso al examinar la estrategia del retroceso. La visión bolivariana, tal y como se expresa en la Carta al coronel Campbell, en 1829, así como la martiana, en su ensayo Nuestra América, en 1891, y en su Carta a Manuel Mercado, en 1895, permanecen como anticipaciones históricas y advertencias preclaras, que iluminan y guían toda reflexión, como ha sido en este caso.