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Lo inaceptable

XVIII Encuentro Estatal de Solidaridad con Cuba, Gijón/Xixón del 3 al 5 de julio de 2026. Foto: Cubainformación.

 

Tratamos de abrirnos paso en el estruendo de resignación, servilismo, conveniencia y miedo que copa los medios occidentales.

Y aquí estamos, preguntándonos una vez más, sin una pizca de ingenuidad, qué podríamos hacer, qué vamos a hacer. Pues habrá que repetir: “Cualquier decisión que tome el gobierno de Cuba sólo cuestionará a quienes, desde fuera, asisten impasibles a la injusticia”. Y cuestionará, y cuestiona, a los tan traídos y llevados valores occidentales. “Cuba se abre al capitalismo”, rezaba, impreciso, un titular. En lo que tenga de cierto, para los valores occidentales queda la evidencia de que ni esos valores son tales ni los medios son acordes con los supuestos fines cuando resulta necesario imponerlos mediante la asfixia, el asedio y el bloqueo hasta límites que sobrepasan todo aquello a lo que se ha llamado humanidad.

Es fácil entender el fenómeno de la ilusión de la culpa en quien ha sido atacado. Cuando una injusticia gigante se comete, a menudo quien la sufre se convence de que la culpa es suya pues, en tal caso, le cabe la esperanza de pensar que si cambia la injusticia se irá. Y encontrará motivos, nadie es perfecto, las cosas siempre se podrían haber hecho mejor. Lo que no es fácil entender, lo que es difícil, lo que es inaceptable es que quienes toleramos esa injusticia cometida sobre personas o poblaciones enteras pretendamos acudir también a esa ilusión. Si la culpa fuese de la víctima, ya no seríamos cómplices, ya sólo seríamos testigos. Pero no hay tal espejismo, e incluso si hubiera alguna rectificación pendiente no absorbería ni justificaría la magnitud de la injusticia y nuestra inacción.

Julian Barnes hace decir a uno de sus personajes: “Las naciones pacíficas rara vez salen victoriosas: en las ideas, sí, seguro, pero las ideas rara vez prevalecen si no las respalda el cañón de una pistola. Es lamentable, estaremos todos de acuerdo, pero sería indolencia no reconocerlo. Porque, si no, lo único que nos queda es quedarnos de brazos cruzados, de cerebros cruzados, y aceptar: El botín para el vencedor, que significa también: La verdad para el vencedor”.

Y Juan Ramón Trotter, en su reseña de La moral del testigo, de Piera, dice: “Hay una cita de Sacristán que aparece más de una vez en la obra de Carlos Piera, y a la luz de la cual es posible comentar la postura moral, política e intelectual de éste: ‘Una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente’”. Aceptar la realidad moralmente consiste en dotarla de sentido y se corresponde, comúnmente, con “la operación que convierte lo que hay en necesario” (la cual, no pocas veces, lleva a añadir a renglón seguido “que lo necesario es óptimo”). Aceptar la realidad sólo intelectualmente parte de “la obligación moral de estar atentos” (de la que ya hablaba Carlos Piera en el ensayo Sobre traducción, paráfrasis y verdad) y nos exige “enfrentarnos a lo que hay sin esperar reducirlo a otra cosa”.

La atención, el “enfrentarnos a lo que hay sin esperar reducirlo a otra cosa”, podría ser pensar que ninguna nación pequeña sobreviviría mucho tiempo a las consecuencias del chantaje, la amenaza, las prohibiciones que se han ejercido para asfixiar a Cuba. Si otras naciones pequeñas, incluida la nuestra, fueran así acosadas, quizá la reacción de sus poblaciones no contuviera ni una décima parte de la fuerza, la calma y la dignidad de quienes en la isla viven y aman. Pero lo que un pueblo hace porque lo ha aprendido, porque lo sabe, porque es capaz, no puede convertirse en un reclamo de heroísmo procedente del lado cómodo de la realidad. Jamás se nos ocurriría reclamar que sigan durando el buen humor, la entereza y la calma cuando te roban el agua, los recursos, la luz, esto es, reclamar que alguien haga en las peores circunstancias lo que aquí no hacemos.

Escribe Máriam Martínez-Bascuñán: “La cuerda que estrangula a Cuba la aprietan también manos europeas, pero aquí nadie ha levantado la voz, ni por los cubanos ni por esas empresas que se someten a una potencia extranjera. Europa obedece en silencio. ¿Qué ha pasado para que un atropello así deje de ser reconocible como tal? Cuba es otro laboratorio donde se mide cuánto puede hacerse sin que nadie se inmute. Y la respuesta, de momento, es: todo”. Hay que agradecer, en estos tiempos, textos que no digan lo que de manera explícita o implícita se ordena decir a los grandes medios. Y hay que seguir, sin una pizca de ingenuidad. Y cuando el estruendo de quienes no reconocerán el atropello vuelva a entregar la verdad al vencedor, permítannos decir que si la verdad depende de poseer una maquinaria de muerte, quizá estemos hablando de otra cosa.

Recurro entonces a lo innegable. Pienso en una persona que envía medicamentos a Cuba. Los busca, los compra, los empaqueta, paga por un envío que no debería ser necesario, para hacerlo recorre su ciudad asturiana no sin esfuerzo. No lo hace sólo para parientes y amigos. Ni lo hace una vez, dos, diez, sino más. Y aunque se cansa, no se cansa. Si pudiera, enviaría también garrafas de gasolina. Por supuesto, no es la única. De ella, de cada una de ellas, depende que se sostengan las verdades no trucadas del mundo. Cuando digo mundo esta vez no digo planeta, ni digo cambio climático, ni ocho mil millones de personas. Esta vez digo, sencillamente, lo que no es la mierda.

Y ahora ¿qué? Ahora nada ha terminado. Ahora habrá cambios que ojalá puedan ser encauzados sin la presión brutal a la que la isla está sometida. Entretanto, ya nos va tocando el relevo, o al menos la suma de algunos hechos. Que los cerebros dejen de estar cruzados, y los brazos también.