
Díaz-Canel destacó el reconocimiento popular que acompañó las exequias: “En medio de la tristeza que acompaña su partida, vale agradecer el tributo popular con que toda Cuba lo ha despedido”.
Discurso pronunciado por Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, en la Ceremonia de Honores Militares e Inhumación de los restos mortales del Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, en el Mausoleo del Frente de Las Villas, en el Complejo Escultórico Ernesto Che Guevara de la ciudad de Santa Clara, el 25 de junio de 2026, “Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”.
(Versiones Taquigráficas - Presidencia de la República)
Querida Alicia, queridos hijos y nietos de Ramiro;
Familiares;
Compañeras y compañeros de batallas y tareas revolucionarias;
Compatriotas:
Ramiro está otra vez en Santa Clara, amada ciudad que él contribuyó a liberar como parte de la vanguardia rebelde bajo las órdenes del Che; la misma ciudad que tantas veces a lo largo de los años visitó en misiones estratégicas de la patria.
Ramiro está en la Plaza Ernesto Che Guevara, cuya construcción, incluyendo su impresionante Memorial, supervisó hasta el último detalle y donde un día de inolvidables resonancias, junto al Comandante en Jefe Fidel Castro y al General de Ejército Raúl Castro, depositó los restos sagrados de su jefe guerrillero y su destacamento de refuerzo.
Ramiro estará en el Mausoleo destinado a los bravos combatientes del Frente Guerrillero de Las Villas, Mausoleo que visitó cada vez que vino a Santa Clara para el homenaje sentido a sus compañeros de armas.
En medio de la profunda tristeza que provoca su partida física, porque por más años que haya vivido y por más que haya entregado nos sigue haciendo mucha falta, vale agradecer el tributo popular con que toda Cuba lo ha despedido y todo lo que se nos ha revelado de su ejemplar vida en testimonios propios y de sus compañeros.
Ramiro era un hombre de silencios, que todos los días de su vida reivindicaba el precepto martiano de que “el mejor modo de decir es hacer”, y hacía; pero cuando también decía, su palabra era una lección de vida.
De vida y de historia, porque le apasionaba la historia de Cuba y admiraba y respetaba tan profundamente a nuestros héroes que se convirtió en uno de ellos, no diciendo, sino haciendo.
Haciendo todo lo que le dio el lugar prominente que ya ocupa en nuestra historia; convirtiendo la pelea por la justicia social en el sentido de su vida, con entrega total y absoluta a la causa revolucionaria durante más de 70 años, en combate frontal contra el enemigo en todos los terrenos y en el trabajo infatigable por el desarrollo del país; tanto, que hace apenas unos meses, cuando no se le veía en la inauguración de parques fotovoltaicos o visitas a termoeléctricas, todo el pueblo preguntaba: “¿Dónde está Ramiro?”
Su laboriosidad impresionaba, activo y vital a punto de cumplir los 94 años con que lo despedimos.
Compatriotas:
Hoy no solo depositamos las cenizas de Ramiro en un lugar preñado de simbolismo. Rendimos homenaje a un hombre cuya vida se entrelaza, desde la raíz, con la propia historia de la Revolución Cubana. Un hombre que, desde sus orígenes más humildes en el barrio La Matilde, de Artemisa, supo forjar un espíritu indomable y una lealtad inquebrantable que lo convertirían en uno de los pilares fundamentales de la patria y la Revolución.
Ramiro Valdés no nació en cuna de privilegios, nació en una familia de origen muy pobre, casa con piso de tierra y techo de cartón, y donde, como él mismo recordaba, cuando llovía, llovía más adentro que afuera. Su madre, Ofelia Menéndez, una mujer íntegra, martiana y cespedista, le inculcó los valores que guiarían toda su vida: la dignidad, la honradez y el orgullo de ser pobre, pero honrado y limpio.
Fue en ese contexto de carencias e injusticias donde germinó su rebeldía con una claridad asombrosa para su juventud. Cuando el 10 de marzo de 1952 Batista asaltó el poder, Ramiro entendió de inmediato que el camino no estaba en los políticos tradicionales, sino en la juventud y en un hombre al que escuchaba por la radio: Fidel Castro Ruz.
Participó en los preparativos del asalto al Cuartel Moncada y fue quien quitó la cadena y entró primero por la Posta 3. Allí fue herido por una bala que lo acompañaría durante años y que él mismo, con su cuchillo de campaña, en una ocasión se extraería en la Sierra Maestra.
Soy uno de los privilegiados alumnos de su escuela revolucionaria y de su manera firme pero afectuosa de intercambiar criterios y experiencias, porque Ramiro Valdés fue un hombre de sentimientos profundos, aunque su aparente parquedad pudiera sugerir lo contrario.
Quienes lo conocieron saben que detrás del rostro severo y la mirada exigente latía un corazón de inmensa ternura. Lo demostró en la forma en que hablaba de su madre Ofelia, a quien atribuía todo lo que era, y recordaba cómo ella le inculcó la dignidad y la honradez que guiaron su vida. Esa veneración por la figura materna habla de un hombre que nunca olvidó sus raíces ni el sacrificio de quienes lo criaron.
También lo demuestra la relación con la familia de sus compañeros caídos y con la suya propia.
Ramiro fue un padre dedicado, un esposo atento y cariñoso. Su amada Alicia, la rectora de la casa, como él la llamaba con cariño, fue su compañera durante más de cinco décadas.
Sus hijos y nietos fueron testigos de un hombre que, a pesar de las responsabilidades inmensas, siempre encontraba tiempo para estar presente, para educar con el ejemplo, para transmitir los valores que había recibido de su madre y de la Revolución, y lo cito:
“La historia demuestra, por lo menos la cubana, que para ser revolucionario hay que ser romántico, idealista y enamorado, en primer lugar de la Revolución, es así, no hay otra manera”.
¡Hasta Siempre, querido Comandante de la Revolución Cubana Ramiro Valdés Menéndez!
No le pido que descanse en paz, por lo que ya se dijo en esta misma Plaza en 1997 al recibir los guerrilleros huesos del Che y sus compañeros de combate.
Como entonces escribió el villaclareño inolvidable Enrique Núñez Rodríguez sobre el Memorial, también el Mausoleo donde hoy depositamos sus cenizas “ha de ser un lugar para el combate / por la causa del pueblo, / una trinchera, / más bien un campamento, / un sitio de batalla / donde no habrá reposo ni en paz descanse / para el guerrillero”.
¡Gracias por la entrega, la consagración y el ejemplo, querido Ramiro!
¡Hasta la Victoria Siempre! (Ovación.)