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José Martí, el ejemplo irradiante

Para los cubanos el 19 de mayo es un día sagrado. Con la conmemoración de la caída en combate de Martí, se renuevan ese día los votos de fidelidad a la memoria del Apóstol y a la Patria. La efeméride se multiplica en el respeto y la gratitud de cada cubano digno, dispuesto a seguir su ejemplo. Pensemos su  mausoleo  en Santa Ifigenia del mismo modo en que escribió él respecto al deceso de otro grande de Cuba, Antonio Bachiller y Morales: “Pero estas tumbas son lugares de cita, y como jubileos de decoro, adonde los pueblos, que suelen aturdirse y desfallecer, acuden a renovar ante las virtudes, que brillan más hermosas en la muerte, la determinación y la fuerza de imitarlas.”[1]

Este año la fecha está enmarcada por circunstancias especialmente difíciles debido al endurecimiento del bloqueo que sufre el pueblo cubano desde hace más de seis décadas, y a las difíciles condiciones de existencia cotidiana de los que vivimos en Cuba. La amenaza real de una agresión armada por parte del gobierno de los Estados Unidos pende sobre la Isla, dándole una vez más la razón a Martí y a sus previsiones sobre la voracidad y el espíritu conquistador del insaciable vecino.

Hoy no vale lamentar una vez más la pérdida prematura de su vida, y sí pensar su partida física de la manera en que él concibió el cese de la existencia terrenal: “Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida.”[2]

La capacidad fecundante de su legado es indudable en el presente, y persiste por encima de los años transcurridos desde  su caída en combate. Repasar sus textos relativos a la Conferencia Panamericana (1889) y a la Conferencia Monetaria (1891) nos ayuda a entender mejor los orígenes de la agresividad de los Estados Unidos respecto a Nuestra América y también hacia la Humanidad. Sorprende el alcance visionario de Martí, su manera de comprender las contradicciones internas del país norteño, de avizorar los peligros que desbordan hoy todo el absurdo imaginable, de encontrar las “razones ocultas” en las propuestas “amigables” del “pueblo pelirrubio” en el ápice de su movimiento expansionista hacia Nuestra América.

Estamos conmemorando el aniversario 135 de la Conferencia Monetaria. Los  texto que escribió Martí sobre el cónclave, en el que participó directamente como delegado por Uruguay,  conservan hoy una actualidad palmaria.

El primero de ellos fue el Informe de la Comisión creada para elaborar las conclusiones de la cita. El mismo fue leído por Martí el 30 de marzo de 1891, en español e inglés. Aunque la conferencia no aprobó las propuestas de los Estados Unidos respecto a la adopción de una moneda única, aduciendo que no había llegado el momento oportuno,  y recomendó continuar los debates en  conferencias futuras, cuando existiesen mejores condiciones, el texto expresa consideraciones interesantes desde el punto de vista político y diplomático, de absoluta utilidad aquí y ahora. Sus presupuestos teóricos apuntan hacia la construcción de un mundo de paz, regulado por la diplomacia y el diálogo como horizontes utópicos. Son atendibles los siguientes fragmentos del informe, que debe ser leído completo para tener una dimensión real de su alcance:

No ha de haber prisa censurable en provocar, ni en contraer entre los pueblos, compromisos innecesarios que estén fuera de la naturaleza y de la realidad. Ni han de negarse los pueblos, por reparos pueriles, a tratar unidos cuantos asuntos tiendan a fomentar, por el cambio amistoso de las ideas, y el creciente conocimiento y respeto mutuos, los intereses legítimos, cuyo comercio natural asegura, en vez de comprometer, la paz de las naciones.[3]

Como puede apreciarse, el fragmento citado atañe a los acuerdos tomados prematuramente, sin el examen detenido e imprescindible. El segundo se dirige a otras consideraciones, relativas a  la colaboración amistosa y al respeto y cortesía indispensables entre los individuos y las naciones:

Las puertas de cada nación deben estar abiertas a la actividad fecundante y legítima de todos los pueblos. Las manos de cada nación deben estar libres para desenvolver sin trabas el país, con arreglo a su naturaleza distintiva y a sus elementos propios. Los pueblos todos deben reunirse en amistad y con la mayor frecuencia dable, para ir reemplazando, con el sistema del acercamiento universal, por sobre la lengua de los istmos y la barrera de los mares, el sistema, muerto para siempre, de dinastías y de grupos.[4]

Ese párrafo puede ser leído como un llamado a la creación de una comunidad de naciones unidas  o algo parecido, capaz de poner coto al derecho de conquista y demás prácticas neocolonizadoras, con lo cual se adelantaba en décadas a la práctica del derecho internacional.

Veamos seguidamente su artículo “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”, publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York, en mayo de 1891. Luego exponer brevemente los antecedentes de la Conferencia, convocada por los Estados Unidos, los cuales concluyeron declarando que la moneda de plata era solo “un sueño fascinador”, afirmó Martí de manera aleccionadora:

A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos. A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas.[5]

Esa definición de lo que debe ser la política sana e inteligente, tanto hacia el exterior como a lo interno de las naciones, constituye un aporte sustantivo, digno de figurar en los programas de estudios de las carreras dedicadas a las relaciones internacionales. Además, es una lección de cautela y modos de hacer no solo para políticos en ejercicio, sino para todos aquellos ciudadanos preocupados en construir mejores países.

Los llamados a la responsabilidad y dignidad de los jefes de estado en Nuestra América es notoria, toda vez que advertía desde hacía tiempo las apetencias de los Estados Unidos, ya materializadas en conflictos bélicos, como la guerra contra México (1846-1848), que costó al país azteca la pérdida de cuantiosos territorios, y ahora en las maniobras de las conferencias y tratados comerciales leoninos:

Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado, y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende, con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la invitación. Y el que resuelva sin investigar, o desee la unión sin conocer, o la recomiende por mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la poquedad del alma aldeana, hará mal a América.[6]

El clímax de su alerta en este artículo respecto al peligro que representaban ─y representan─ los Estados Unidos para la Patria  grande, está dado en el siguiente fragmento, que parece escrito en el presente. Las nociones jurídicas del país norteño aparecen despojadas de toda ética, y se patentiza de manera directa el supremacismo blanco y el racismo de aquella sociedad:

Creen [los Estados Unidos] en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: “esto será nuestro, porque lo necesitamos”. Creen en la superioridad incontrastable de “la raza anglosajona contra la raza latina”. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan. Creen que los pueblos de Hispanoamérica están formados, principalmente, de indios y de negros. Mientras no sepan más de Hispanoamérica los Estados Unidos y la respeten más […]¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispanoamérica a una unión sincera y útil para Hispanoamérica? ¿Conviene a Hispanoamérica la unión política y económica con los Estados Unidos?[7]

Las preguntas retóricas conque cierra el párrafo para mover al lector a la reflexión y a la respuesta negativa, son interrogantes permanentes para todos los pueblos del sur del río Bravo. Corresponde a nuestros gobernantes y ciudadanos garantizar la soberanía de las naciones, mantener la dignidad y la defensa y fortalecimiento de nuestras culturas y territorios frente al agresor: ese será, hoy y siempre,  el mejor homenaje a José Martí.

[1] JM: “Antonio Bachiller y Morales.” Obras completas, edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2025; tomo 31, p. 72. (En lo adelante OCEC).
[2] JM: Discurso pronunciado el 27 de noviembre de 1891, en Tampa, conocido como Los Pinos Nuevos, OC, t. 4, p. 283.
[3] JM: Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  tomo 6, p. 153.( En lo adelante OC).
[4] JM: OC, t. 6, p. 153.
[5] JM: OC, t. 6, p.158.
[6] Ibídem.
[7] Op.cit. p. 160.