
La ley que eliminó el latifundio en Cuba. Revista Bohemia
Las revoluciones son procesos subversivos encaminados a trastocarlo todo y a todos, material y espiritualmente. En el caso del proceso cubano que conquistó el poder en 1959, al percibirse y declararse tempranamente socialista, radicalizó la línea de transformaciones que había abierto desde el comienzo de aquel enero heroico. De esa forma, las numerosas leyes tomadas por el gobierno provisional a pocos días del triunfo, servirían de cimientos sólidos para lo que vendría después.
Sin embargo, la encrucijada que se abrió para la Revolución y sus jóvenes dirigentes dos años antes de Girón (más simple si se piensa desde la distancia epocal) era otra: para construir un país basado en la justicia social como bandera del pueblo se necesita conformar una base material que lo sustente y posibilite. La Revolución podía no ser (aún) comunista; pero una certeza era colectiva: el campesinado cubano sería reivindicado luego de tantos años de sacrificio y vejaciones. Para lo cual había que cambiar el statu quo.
El detalle no menor estuvo en que el gobierno de Batista había dejado profundamente endeudada a la nación, hecho que se conocía dentro y fuera de la isla. Amén del panorama a enfrentar, los planes para transformar la estructura de la tierra y de la propiedad en Cuba no se detuvieron. Con todo y las desfavorables condiciones reales, el gobierno revolucionario estaba convencido de la trascendencia de realizar la tan necesaria Reforma Agraria, piedra angular del proceso subversivo en curso y vía para liberar —al fin— al olvidado campesinado cubano.
Por un lado la ausencia de fondos para emprenderla y del otro la emancipación de los campesinos, el desarrollo agrícola, técnico e industrial del país. Lo que sucedió a partir de aquí marcaría profundamente al contemporáneo de aquellos años.
Consciente de las dificultades económicas para la realización de la Reforma Agraria, la prestigiosa revista Bohemia lanzó un editorial que logró movilizar a las masas y captar la atención pública, incluso allende los mares. “La colecta de la libertad. (Pueblo de Cuba: Responde)”[1].

Ley de Reforma Agraria. ¨Nuestra es la tierra¨. Revista Bohemia
El llamado se concibió general e integrador. “La tarea es de todos: ricos y pobres, negros y blancos, niños y ancianos, mujeres y hombres. La Revolución no hace distingos; nos unió a todos para derrotar a la tiranía nos necesita ahora a todos para consolidar el triunfo. Nadie puede negar su aporte por pequeño que sea”[2].
Con esta convocatoria a participar masivamente, pidiendo el concurso de los esfuerzos por modestos que estos fueran, Bohemia –de forma inconsciente tal vez- aglutinó e igualó, en cierto sentido, a los que participaron. Ello aportó un elemento común a través del cual todo el que acudió al llamado se despojó –aunque fuera momentáneamente- de cualquier otra característica, apropiándose de una misma determinación: participar voluntariamente en el proyecto más radical (hasta entonces) dentro del proceso subversivo cubano.
La iniciativa contribuyó a fomentar un sentimiento de colaboración y pertenencia hacia la Reforma Agraria y la causa revolucionaria como totalidad. A dos meses del triunfo, la construcción del sujeto colectivo, condicionada por la propia vorágine cotidiana, estaba en marcha.
Si en febrero la “Operación Verdad” había motivado una concentración popular sin precedentes para respaldar el derecho de la joven Revolución a su (libre) autodeterminación frente a las calumnias de la prensa extranjera; en marzo, la Colecta catalizó el paso del ciudadano cubano de mero espectador a partícipe (como oportunamente señaló la profesora María del Pilar Díaz Castañón en su libro sobre este periodo: Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962).
Bajo el título: “Cubano: esperamos tu contribución”, la revista comunicó que la evolución de la Colecta se llevaría con total transparencia. La aclaración no se hacía en vano, entre los tantos males que caracterizaron a los gobiernos anteriores al 59 sobresalían, junto al entreguismo yanqui, la corrupción y la malversación de los fondos públicos. Por eso Bohemia recurrió a Fidel como figura central para conectar con sus lectores; el político que en nada tenía que ver con los dirigentes precedentes.
“Vamos a poner ese dinero en las manos honestas del doctor Fidel Castro para que sea él quien disponga lo que debe hacerse. A ese efecto, todos los cheques y giros deben ser enviados así: Fidel Castro.- Revista BOHEMIA. La Habana. Y las cantidades recibidas se pondrán en una cuenta especial bancaria a nombre del máximo líder de la Revolución quien será el único que dispondrá el manejo de esos fondos que por ser de Cuba se ponen en las manos de quien la liberó, de quien es su más limpia esperanza, de quien ha demostrado que sabe servirla con desinterés y amor”.[3]
A solo un mes de iniciada la Colecta se habían recaudado más de 10 millones de pesos, aportes que se fueron publicando sucesivamente, gracias a lo cual es posible conocer detalles como que las cifras fluctuaron de 10 centavos hasta 2500 pesos recogidos en su primera relación. Tal acontecimiento señaló, de conjunto con la confianza que el pueblo había depositado en la revista y, por supuesto, en Fidel, que se comprendía a nivel general la importancia para el país de la transformación estructural que se llevaría a cabo.
Los latifundistas constituían la clase social más pequeña numéricamente, pero más poderosa en el orden económico. Sin tomar partes considerables de las tierras del país no hubiera sido posible la modificación del régimen de propiedad agrícola.
La Ley de Reforma Agraria que se firmó el 17 de mayo de 1959, tenía sus bases en la Ley No. 3 de la Sierra Maestra, la cual daba derecho a poseer gratuitamente la tierra a todos los que la cultivaban dentro de un límite de cinco caballerías. Con ella se aseguraba el proyecto de diversificación de la industria nacional, eje de las transformaciones económicas cuya urgencia demandaba y sostenía el gobierno revolucionario.
Además, se contribuiría a revitalizar las tierras no utilizadas por los grandes terratenientes, poniéndolas en producción y asentando en su propiedad a numerosas familias campesinas. Sentaría las bases para el desarrollo económico nacional, elevaría y diversificaría la producción agrícola, el nivel de vida del campesinado, del obrero agrícola y de la población rural en general. Motivados por la significación de la tarea, se desprendió la participación sostenida de diversos sectores de la población en la colecta, desde los más humildes, pasando por las clases medias y los grandes consorcios.
Como la justicia revolucionaria no fue nunca una abstracción, la debida planificación de la Ley de Reforma Agraria fue un imperativo. No se trató solo de entregarle las tierras al campesino, sino también de transmitirle los conocimientos necesarios para operarlas mejor.
Además del título de propiedad y las instrucciones acerca de la conservación y el debido aprovechamiento de la tierra, el campesino debía tener un pozo de agua y semillas, de conjunto con otras condiciones necesarias. Se le facilitó en su inicial adquisición los materiales para su vivienda, animales domésticos y útiles diversos mediante un sistema de préstamos estatales a largo plazo y bajo interés.
Las promesas hechas a los más humildes se iban cumpliendo. Las transformaciones estructurales y de la conciencia social fueron construyendo a su vez a ese partícipe activo del proceso subversivo cubano: el pueblo. El mismo al que Fidel, después de firmada la Ley de Reforma Agraria, le recuerda que la colaboración y el respaldo, dado el interés que el proyecto de industrialización despierta en las mayorías, “no está solo en los desfiles y en los aplausos; está en un estado de conciencia y responsabilidad, en no dejarse arrastrar por los demagogos, los agitadores y los politiqueros que quieren que esta revolución fracase”[4].
Ese estado de conciencia y de responsabilidad a la que se refiere el líder no era resultado de una posición idealista, por el contrario, estaba condicionado precisamente por los integrales cambios estructurales acometidos desde el principio, entre los cuales la Reforma Agraria ocupó históricamente un lugar simbólico y a la vez concreto en el imaginario colectivo.
Por eso cuando en 1960, nombrado “Año de la Reforma Agraria”, otros acontecimientos como la explosión del vapor La Coubre, la suspensión por parte de Estados Unidos de la cuota azucarera a Cuba o el inicio de los rumores de que el país sería invadido militarmente por la mayor potencia del mundo, sacudieron al pueblo; este no titubeó al apropiarse de la consigna que le escuchó primero al líder, y que desde entonces hizo suya: la de salvar primero a la patria a cambio de entregar la vida si fuera necesario.
La joven Revolución ya había creado condiciones objetivas para la articulación dialéctica entre las transformaciones materiales de la realidad nacional y la formación de la conciencia política del protagonista del cambio, garantes de la continuidad de la subversión social. Identidad sin la cual no habría sido efectivo el temprano grito colectivo de: “¡Patria o Muerte!”, o la permanencia hasta hoy de la Revolución Cubana.
[1] Editorial. En Bohemia, Año 51-No. 9, La Habana, marzo 1 de 1959, pp. 70 y 71.
[2] Ídem., p. 71.
[3] Ídem.
[4] En: “Sección En Cuba”. Bohemia, Año 51-No. 22, La Habana, mayo 31 de 1959, p. 86.