
Imagen generada con IA.
Hace un tiempo sufro una extraña sensación de ahogo, ocurre en diferentes momentos del día, puedo estar sentado informándome, concentrado y trabajando en alguna cuestión particular o contemplando la nada. Aparece suavemente, como pidiendo permiso, sin embargo, se apodera irremediablemente de mi pecho y me impide respirar con normalidad, pareciera como si no me alcanzara el oxígeno que a mi cuerpo ingresa, o como si, a pesar de saciar las necesidades fisiológicas del elemento vital, no fuera suficiente.
Enero fue el inicio, estupefacto ante la certeza de que una nación del mundo podría arremeter sin sentencia previa por sobre las estructuras formales de otro y hacer lo que creía necesario según su entender, para dar respuesta a resolver situaciones que consideraba requerían tal feroz intervención (con más de cien seres humanos fallecidos en la contienda). Lo difuso del discurso no me permitía obtener certeza objetiva de las causas, en el caso que existiera alguna capaz de habilitar tal acción. Cierto es que no era la primera vez que sucedía, yo mismo he vivido dos años en un país del caribe en que un día ingresó un helicóptero al palacio presidencial (que yo conocí en ruinas por el terremoto) y se llevó a su presidente, casualmente estuve presente a su regreso 20 años después, luego de un largo exilio, recibido por multitudes que nunca olvidaron su prédica y sus esfuerzos por conducir al desarrollo de su nación.
Los intentos por saciar la sed de información ocasionaron mis primeras experiencias con esta extraña sensación, sentía además una irrefrenable necesidad de permanecer conectado ante la inminencia de nuevas noticias, de algunas certezas que permitieran clarificar un escenario tan complejo. También buscaba reacciones contundentes que impidieran que pudiera suceder nuevamente algo tan grave como que una nación o mejor dicho sus gobernantes, arremetieran contra otro para defender intereses propios, disfrazado de lo que sea.
Pero, al igual que nos ha sucedido cuando el fascismo se hizo corriente, no hubo contundencia, como civilización no tuvimos las herramientas para marcar el límite a ese grave precedente. En cierto modo, mi extraña sensación tenía que ver con no encontrar una manera de ser parte de algo mayor que exprese tal posición de rechazo, los representantes de mi país expresaban exultantes los diversos (vacíos, inconsistentes, comprensibles o banales) argumentos esgrimidos, las voces que representaban algo tan claro y contundente como la defensa del sistema de gobernanza global vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial eran sutil y no tan sutilmente acalladas o rebajadas o teñidas de apreciaciones negativas.
Se trataba de una situación en cierto modo ajena a mis experiencias personales, quiero decir, no conocí personalmente ese país, no tengo vínculos con personas que allí habitan para formarme mejor opinión o para conocer lo sucedido de primera mano. Tampoco la tengo de ese otro país de Oriente Medio al cual, en vísperas del cierre de una relevante negociación relacionada con la no proliferación de armas nucleares, recibió una sorpresiva y cruenta agresión, los muertos allí se cuentan por miles, incluyendo desde los principales liderazgos políticos y espirituales hasta niñas de escuela y población civil.
Este país que llevaba muchos años en preparación de escenarios posibles de agresión supo responder de una manera certera, firme, removiendo los cimientos mismos de la decrépita superpotencia en declive, la cual pareciera ya no responder a intereses estratégicos de su nación sino más bien cediendo a la presión de ciertas facciones con intereses particulares. Allí no habían perdido el tiempo y en verdad estaban preparados: un minucioso conocimiento del terreno, una potenciación tenaz de sus capacidades, herramientas propicias para igualar la contienda ante el desbalance de recursos en favor de los atacantes, cadenas de mando profundas que aportan firmeza ante las contingencias y líneas estratégicas de acciones previamente acordadas, en palabras simples hacen la guerra con política. Vienen a mi memoria las palabras de José Martí: “La política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios, de convertir los reveses en fortuna; de adecuarse al momento presente, sin que la adecuación cueste el sacrificio, o la merma del ideal que se persigue; de cejar para tomar empuje; de caer sobre el enemigo, antes de que tenga sus ejércitos en fila, y su batalla preparada”
La guerra no le gusta a nadie, a mí tampoco, sin embargo, la acción de resistencia se vuelve un hálito de esperanzas, en el sentido de que es posible el freno antimperialista, que es la bandera que todo ser humano progresista del mundo ha de pregonar, para poner fin a los designios particulares de sectores con intereses puntuales y dejar que los ciudadanos de las naciones del mundo puedan llevar las riendas de su futuro. Martí en su ensayo nuestra América lo expresaba así “Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada … las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados”
Viene entonces a mi mente una imagen de la infancia, era pequeño y me encontraba entre cientos de personas, el aire me faltó de pronto, sentía que no alcanzaba el oxígeno que ingresaba a mi cuerpo y comencé a llorar, mi padre inmediatamente me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus hombros, comencé a llorar profusamente, dando gritos no cesaba de repetir a viva voz: “Los yankis invaden Burzaco”, refiriéndome a la pequeña localidad del conurbano bonaerense en la que transcurría la marcha. Aquella movilización antimperialista se realizaba como respuesta a la agresión norteamericana a Libia, bajo el nombre de Operación El Dorado Canyon, quienes esgrimieron motivos asombrosamente similares a los actuales. En hombros de gigantes, los de mi padre, pude comprender que nadie puede arrogarse el derecho de avasallar a otros estados, no existen motivos posibles para ello, ser antimperialista es reaccionar ante tal afrenta y encontrar recursos para alzar la voz en favor de la civilización humana. En palabras de José Martí: “Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas!”
Soy martiano, si, profundamente. La vida me dio la oportunidad de vivir durante 12 años en la isla de Cuba, territorio que hoy se encuentra bajo el asedio total de la decrépita superpotencia. Desde los acontecimientos de enero han arreciado con fuerza las restricciones económicas impuestas de forma unilateral hace más de 60 años, por la cual la economía y el desarrollo de esa nación, se vio profundamente afectada, sin posibilidades reales de explotar, por ejemplo, una de sus principales bondades geoestratégicas: la posición de puerto entre continentes.
Desde inicios de año, la superpotencia a expensas de facciones de intereses concentrados (que permitieron su acceso al poder), prohíbe ya de forma explícita e indiscriminada, la llegada de combustible. Otros Países y diversos actores del mundo, interesados en desarrollar interacciones comerciales con la Isla no son capaces de evadir la severidad de las sanciones, en una arquitectura que permite al agresor imponer sanciones de todo tipo. De este modo, desde entonces, existe en el mundo, en pleno siglo XXI, una nación que se encuentra bajo una agresión total y permanente, la cual está acarreando severas pérdidas materiales y causando estragos sociales en una población que resiste, se trata de una crisis humanitaria de gran escala, resistida heroicamente por un pueblo que ha sabido materializar los preceptos martianos de unidad y de dignidad humana. Ya no me asombra que no sea un motivo de preocupación general, me he habituado, casi resignado a que no forme parte de la agenda pública mucho de lo que considero importante. La situación actual en la isla no permite llevar adelante la vida habitual, las escuelas y los centros laborales funcionan con regímenes especiales, para no hablar de los apagones o de las dificultades para transportarse. Mientras que ni siquiera asoma, en la opinión pública del mundo, una sencilla pregunta: ¿Puede existir motivo alguno para aislar completamente a una nación?
A todo ello, se agrega ahora, una amenaza emanada de la desesperada voz de quienes no encuentran salida en Oriente Medio, la superpotencia decrépita, dentro de una encrucijada que luce irreversible, se anima a esbozar que ahora toca la agresión militar a la isla.
El ahogo se me va transformando en fuerza de a poco, al menos me salen estas palabras, que pretenden llegar a oídos de mis hermanos cubanos, de los cuales aprendí la solidaridad, con los cuales forjé las armas del humanismo. Fui estudiante de medicina, médico generalista, epidemiólogo e internacionalista, pude sentir ese hondo y hermoso crecimiento de las cualidades humanas, que le brinda más a quien lo presta que a quien lo recibe. Creo en la utilidad de la virtud, desde ese precepto, actúo y vivo mis días intentando estar a la altura del esfuerzo de un pueblo que pudo formar a más de 31 mil profesionales médicos del mundo, así como a miles de profesionales de otras disciplinas, con el solo requisito de hacerlo valer, de aportar la virtud construida en forma concienzuda, comprometida y creativa, en cada uno de los rincones del mundo en que nos encontremos.
Tengo la suerte y el orgullo de contar con familia en la isla, así como muchísimas personas con las cuales compartí 12 años de mi vida. Espero con todas mis fuerzas que no suceda una agresión militar, pues sé que hay cientos de miles de personas dispuestos a hacer real aquellas palabras de Maceo: “Quien intente apoderarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la contienda”.
En cierto modo, la falta de aire va cesando, los brazos que me alzan hoy son los de un pueblo que aprendió a defender su dignidad, que es capaz de autodeterminar el destino de su sociedad, no dejarse avasallar por nadie que ose colonizarlos. Tantas otras personas y estados del mundo, que han recibido la acción real y concreta de la solidaridad de cubanas y cubanos, están reaccionando, han alzado la voz, organizado contingentes, trasladado elementos de todo tipo, juntado dinero, insumos, medicinas, paneles solares. Como dijo el poeta: “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”
Deseo que no pase, pero si llegara a suceder deberían tener cuidado, no vaya a ser que los tumbe otra honda como la de David. Lo dijo Bonifacio Byrne y tuvimos una gloriosa muestra en los sucesos de enero con los 32 hermanos: “Si desecha en menudos pedazos llega a ser mi bandera algún día, nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía”