
El mismo día 11 de septiembre de 2025 en que el Tribunal Supremo Federal condenó a Bolsonaro y su organización criminal, el ministro Edson Fachin aprobó un plan de trabajo para la creación del Parque Nacional Tanuru. Situado en la frontera de Rondonia con Bolivia, su territorio abarca cerca de ocho mil hectáreas.
Allí vivió aislado durante 26 años el último representante del pueblo tanuru, conocido como “el indio del hueco”. Según el ministro, la decisión es “una reparación histórica por la violencia y la vulneración sufridas por los pueblos originarios de Brasil”.
El pueblo tanuru se extinguió debido al genocidio cometido por el latifundio al derribar bosques y exterminar indígenas para ampliar sus pastizales. Solo quedó un individuo. Le llamaban Tanuru. Falleció en agosto de 2022 tras adornarse con un tocado y acostarse en su hamaca.
Su nombre resuena como un susurro del viento o como el sonido del río que nunca deja de correr. Tanuru, un indígena aislado, solitario, sobreviviente de tiempos en que su gente era numerosa, se resistía al contacto. No le quedaban hermanos ni aldea. La selva entera era su casa, el cielo su techo.
En su soledad había una libertad que pocos logran concebir. Lo que a nosotros, habitantes de la ciudad, nos parece un aislamiento insoportable, para él era comunión con los árboles, los ríos y los animales. Cada gesto de Tanuru llevaba en sí la memoria invisible de su gente, el último hilo de una tradición de resistencia sin necesidad de testigos.
Tanuru despertaba con la salida del sol. En seguida salía en busca de sustento. Sus trampas eran ingeniosas, fruto de siglos de conocimiento ancestral. Construía cercados sencillos con palitos para capturar animales pequeños. A veces cavaba sus trampas en el suelo del bosque. Otras, buscaba raíces y frutos. Ningún alimento era casual, cada selección revelaba un pacto antiguo con la tierra.
No cazaba por placer, sino por necesidad. El animal abatido recibía un gesto de respeto y su carne se aprovechaba con parsimonia. Al recolectar frutos, nunca agotaba un árbol, dejaba lo suficiente para que los pájaros y otros animales también tuvieran su parte. Con su práctica silenciosa y solitaria, Tanuru enseñaba una ética del compartir, una ecología del corazón.
Muchos dirían que Tanuru era infeliz porque vivía sin compañía y rechazaba con sus flechas toda aproximación de extraños. Pero eso sería mirar el mundo con los ojos del prejuicio. Para Tanuru, la soledad era un espacio pleno, nunca un vacío. No necesitaba espejos humanos que le confirmaran su existencia. Se sabía vivo porque sentía el viento en la piel, oía los susurros de la selva y cada noche contemplaba el crepitar del fuego que encendía con paciencia para preparar sus alimentos.
Había una alegría misteriosa en el hecho de no tener que explicarse. Bailaba cuando quería divertirse, cantaba cuando la memoria le traía un canto antiguo. Su música no estaba destinada a oídos extraños, sino al bosque que lo acogía como una madre. Era una felicidad que no dependía de la aprobación ajena, sino de la simple experiencia de existir en armonía.
Un indígena aislado no acumula bienes. No levanta cercas, no mide la vida por sus pertenencias. Su tesoro está en el conocimiento de las plantas, en la memoria de los caminos, en la lectura atenta de las señales de la lluvia y la luna. Tanuru atesoraba el saber de muchas generaciones, aunque era el último que lo articulaba sin que nadie lo oyera.
Tal vez su mayor virtud fuera la humildad ante el mundo natural. No se ponía por encima de los ríos ni los árboles, se sentía parte de un organismo mayor, como la hoja, que es también árbol. Esa percepción, rara entre nosotros, convertía su vida en una oración constante.
No se apresuraba. Esperaba que la fruta madurara, que la caza apareciera, que la noche cubriera el cielo de brillantes constelaciones. El tiempo de la selva no es el tiempo de los relojes, sino el de la respiración del mundo.
Tanuru nunca supo que se convirtió en un símbolo. Para el mundo exterior era “el indio del hueco”, el último de su etnia, observado a distancia por indigenistas y documentalistas. Eso no le importaba. No vivía para ser visto. Su sencillo existir era una forma de resistencia, un recordatorio de que no todo debe incorporarse a la lógica de la sociedad de consumo.
Los misteriosos huecos que su pueblo excavaba (se encontraron 1 300) para esconderse, cazar o reverenciar a los espíritus de la selva son también una metáfora de su vida, un refugio en medio de la inmensidad de la floresta. Allí, acostado, se recogía como quien vuelve al vientre de la tierra. Con cada nueva excavación renovaba su pacto con lo invisible, con la ancestralidad que lo sustentaba.
Paradójicamente, Tanuru era el más libre y el más vulnerable de los hombres. No tenía armas contra el avance de la frontera agrícola, las motosierras que abren claros ni los virus invisibles que podían matarlo. Su libertad era absoluta, no dependía de un salario o un patrón ni conocía el peso de las deudas. Vivía de lo que la tierra le daba y lo retribuía con respeto.
En su soledad, Tanuru revelaba que la vida puede ser suficiente en sí misma. No es necesario cercar y acumular para existir con plenitud. Su felicidad solitaria nos interpela. Tal vez lo que llamamos progreso sea, en gran medida, una pérdida.
Por la noche, cuando el fuego iluminaba su figura delgada, Tanuru conversaba con las estrellas. Sus cantos, preservados en la memoria ancestral, resonaban como oraciones. No había escenario ni testimonio humano. Pero la selva escuchaba. El viento llevaba lejos su canto, como si le devolviera al universo la voz de un pueblo extinguido.
Ese canto invisible era una ofrenda. Prueba de que la humanidad no se define solo por la multitud, sino también por el individuo capaz de sostener por sí solo toda una tradición.
Tanuru era la imagen de la dignidad indígena llevada al extremo. No por opción, sino por destino. Vivía solo y, sin embargo, alcanzaba una forma rara de felicidad, imposible de traducir a nuestros términos urbanos. Su mundo, pequeño en apariencia, era vasto en esencia.
Cuando pensamos en él tal vez sentimos pena. Pero es probable que, si nos observara, fuera él quien sintiera pena por nosotros que vivimos siempre rodeados de ruidos, prisioneros de la prisa, incapaces de escuchar el simple aletear de un pájaro.
Tanuru es el recuerdo vivo de que la felicidad no está en poseer ni en la cantidad, sino en la comunión silenciosa con lo existente. Nos enseña, sin nunca dirigirnos la palabra, que estar solo también puede ser una forma de ser muchos y ser plenos.
* Frei Betto es autor, entre otros libros, de Tom vermelho do verde (Rocco), una novela sobre la dictadura brasileña y los indígenas amazónicos.