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¿Por qué?

Ya hace más de una semana de aquel día en el que nos levantamos con una noticia que nos sobresaltó el alma. Un policía cubano había sido asesinado en servicio por una persona que se dio a la fuga, tras dejarle varias heridas de arma blanca en el cuerpo y darle un disparo en la cabeza.

No puedo negar que este hecho me conmocionara. Estamos en Cuba, un país seguro, donde los haya. ¿Que ha crecido el crimen y el delito en los últimos años? Sí. ¿Que puede haber más violencia en las calles? También. Pero quizás los que se centran en esto, están algo aislados del mundo en que vivimos. De una Latinoamérica en la que hay muertes, violaciones, ajustes de cuentas, mafias, venganzas. Con esto no quiero justificar que en Cuba no pasen cosas, pues forma parte del mundo, pero que el porcentaje con respecto al territorio alrededor es ínfimo, es una realidad.

Dicho todo esto, es normal que el pueblo, y yo misma, desde mi condición de extranjera residente, nos sobresaltáramos. El mundo acoge a cuerpos policiales acostumbrados a reprimir, a golpear, a controlar, y también a proteger. Pero se trata de una protección que a veces cuesta cara.

Y nos preguntamos qué tuvo que pasar para que un hombre uniformado, al servicio de su pueblo, tuviera un final tan trágico y para que su vida fuese arrebatada de ese modo tan violento.

Desde ese momento, la nueva forma de comunicación que nos rige y guía, las redes sociales, empezaron a llenarse de emociones, de verdades y también de mentiras.

A mí, que me ha sensibilizado especialmente este caso, me surgen varias preguntas sobre Leonel Mesa. ¿Cómo sería su vida? ¿Qué le motivaría cada día a levantarse? ¿Cómo empezó a amar a su patria revolucionaria?

Me dispongo a leer lo que, en redes, los que le conocían, dicen de él.

Y me encuentro con un hombre humilde y sencillo, que cultivaba la ética y la coherencia en su manera de vivir y trabajar. Un hombre valiente, que no temía en denunciar sobornos ni actos corruptos.

Un hombre con una familia e hijos a los que nunca dejó de atender con cariño. Que, a pesar de sus jornadas extenuantes de trabajo, siempre estuvo presente del mejor modo que pudo y con lo que pudo. Que en estos días habría cumplido 63 años.

Y sin darme cuenta se me caen las lágrimas. Porque el capitán Mesa no era un burócrata abrazado a un sillón frente al aire acondicionado, o ventilador (en su defecto). Leonel era y es para todos los que le recuerdan, un hombre como tantos otros gracias al cual, este proyecto de libertad que tantas vidas costó, sigue vivo. Aunque a veces se tambalee, aunque otras sea incomprendido. Este proyecto que mantiene viva la esperanza de la mayor parte de un país que cree en él. Un proyecto que bien sabemos todos que es la guerra de todo un pueblo.

Me pregunto a veces, cada vez que veo a un policía en la calle en Cuba, cuantas horas llevará de pie, bajo el sol, trabajando, lejos de su casa. No porque en su centro de trabajo no sea bien atendido, me consta que no es así. Sino porque a veces creo que la mayoría de la gente no sabe que detrás hay sentimientos, hay cansancio, hay esperanza. Muchas historias de vida. Lágrimas.

No, esta no es la policía de Escandinavia. No es un cuerpo de seguridad en el que la gente entre por tener un futuro asegurado o ser un funcionario público con un buen sueldo y la vida resuelta. Hay que tener convicción profunda para estar expuesto a lo más duro de la sociedad, a cualquier hora y cualquier día. Y ¿nos corresponde cuidarlos? Sí, la respuesta es sí. Pero, ¿cómo?

Tan sencillamente recordando a diario qué es la Revolución. La que lleva casi 70 años sobreviviendo a un enemigo sin caerse, aunque a veces haya estado a punto. Dignificando el trabajo. Haciendo rendición de cuentas y denunciando lo que está mal por las vías que correspondan.

Sabiendo que el enemigo no desespera, pero que también está al acecho siempre esperando cualquier descuido.
Y exigiendo responsabilidades.

No solo en que se haga justicia por el asesinato de este hombre bueno, como diría Antonio Machado, sino que la justicia llegue a cada rincón de la isla. A cada proceso no terminado por desidia. A cada ciclo no cerrado. Con cada funcionario que usa públicamente los bienes estatales en beneficio propio. Con los que, sin saberlo, o quizás sabiéndolo, le roban al estado. Con los que le hacen el juego al enemigo. Con los que se ríen del pueblo. Con los que viven de ella y no por ella.

Con los que aceptan prebendas. Con los que se olvidan del pueblo. Con todos ellos debe llegar la justicia. A todo y a todos. También a los que, en nombre de la Revolución, no se parten ni una uña por ella.

Porque, la vulgarmente conocida como gusanera, poca incidencia tiene en la solidez de un proceso tan grande como este. Pero los que desgastan y corroen, son los grises. Los que no son ni blancos ni negros. Los que siempre tienen un no por respuesta. Los que no les importa el problema y lo tratan como un documento con número dentro de una carpeta. Los que no le ponen el corazón.

Todo eso, también tiene que pasar por la justicia, la que no se hace solo en los tribunales. La que se aplica en la vida. La que hacemos todos.

Por ello, se hace mandatorio confiar en el partido. El heredero más grande de la obra imperecedera de Fidel. En que, su mano, sea omnipresente. En que sea selectivo. En que sienta punzante la responsabilidad del crecimiento ideológico de esta sociedad.
El trabajo ideológico. El primero que hay que salvar, de la mano de la cultura.

Porque precisamente, ese trabajo matará la grisácea. Ese trabajo ideológico nos unirá y nos hará sentirnos más cerca los unos de los otros. Nos hará sentir fuertes conforme crezca.

Ese trabajo fomentará (y a muchos les hará crecer) una conciencia de clase, que no han podido forjar todavía. Porque no han vivido de cerca a Fidel. Porque no lo han sentido en su corazón. Porque no conocen las entrañas del monstruo.

Por eso, sinceramente espero, que la muerte de nuestro bien recordado capitán Leonel Mesa, no solo sirva para hacer justicia con el terrorista que le arrebató su vida honorable. Sino con todo lo que debe ser cambiado, y que, por una cosa u otra, no termina de cambiar.
Y no puede cambiarlo una persona. No se puede responsabilizar a nadie de nada. Pero sí a muchos. A pesar de que siempre dé la cara la misma persona, incansable, abnegado y victorioso; porque le tiraron a matar y sigue vivo, digno y con el puño en alto. Debemos cambiarla todos. Los de aquí dentro y los que sin ser de aquí dentro, amamos lo de aquí dentro.

Con cada acto, por pequeño que sea. Depurando lo inmoral en nuestras filas. Poniendo el corazón por delante. Sin olvidar que es lo primero que debe guiar a un revolucionario; y recordándoselo a quien parezca haberlo olvidado.

Haciendo realmente firme la frase de esa Revolución que debe bajar a los puños. Al día a día.

Pudiendo tener la conciencia tranquila de que seguimos adelante, como dijo Silvio en la escalinata de la universidad la semana pasada: que hay que seguir.

Y cada vez que recordemos a los caídos por la dignidad de esta tierra, que se hace bandera, podamos preguntarnos: ¿seríamos capaces de caer nosotros también por esta causa más grande que nosotros mismos, o solo la apoyamos mientras no nos toque jugárnoslo todo?

¿Por qué?

Repito. ¿Por qué seríamos capaces, o no seríamos capaces?

No se trata de responder con un sí o con un no. Se trata de responder cada día en cada acto, pensamiento, palabra, obra u omisión.
Gloria eterna a los que, teniendo poco, lo dieron todo por nosotros.

A la memoria del Capitán Leonel Mesa.

“Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una”.
Retrato, Antonio Machado