
Imagen creada con inteligencia artificial usando Copilot.
Estas líneas no evocan el inolvidable clásico de Quentin Tarantino, aunque la escena —violenta y descontrolada— pudiera sugerirlo. La violencia, manifestada en gestos agresivos durante el partido, ha traspasado la cerca del estadio y se ha instalado con alarmante frecuencia en los diamantes de nuestra Serie Nacional. Aquel noble duelo de bolas y strikes, forjado con entrega y amor por el juego, corre el riesgo de transformarse en una riña de gallos, donde el pico y la espuela sustituyen al talento, y la intolerancia y la agresividad nublan la vista ante un simple lance adverso.
El caso más reciente y bochornoso lo protagonizó el joven lanzador guantanamero Álvaro Damián Savón Tejeda. El pasado 7 de septiembre, tras ser expulsado por propinar un pelotazo intencional a un bateador de Camagüey, su reacción sobrepasó todos los límites del fair play: agredió al árbitro principal lanzándole el guante al rostro.
La Comisión Disciplinaria, tras analizar los informes pertinentes, actuó con rigor ante esta grave indisciplina y decidió imponer al serpentinero una sanción de veinte partidos. Una medida necesaria, pero que evidencia la profundidad de un mal que va más allá de un hecho aislado.
Lo más lamentable y preocupante es que este incidente no sea una excepción. Solo una semana después, el 14 de septiembre, el partido entre Leñadores de Las Tunas y Piratas de la Isla de la Juventud en el estadio Julio Antonio Mella —más parecido a una batalla campal que a un encuentro de béisbol— volvió a exponer estos actos de violencia ante todos. Nuestro mayor espectáculo deportivo, patrimonio cultural de la nación, se ve empañado año tras año por hechos que, amplificados en redes sociales, se consumen a menudo como un mero espectáculo circense.
Estas imágenes se multiplican desde el exterior como caja de resonancia para denigrar y cuestionar la educación en valores que sustenta nuestro proyecto social. Lejos de presentarse como incidentes aislados, se convierten en munición ideológica contra la Revolución, mostrados como síntoma de una decadencia general. Pero la pregunta clave nos interpela: ¿hasta cuándo permitiremos que estos hechos vulneren la esencia de nuestro pasatiempo nacional?
Ante esta realidad, las sanciones disciplinarias —aunque imprescindibles como medida correctiva— resultan insuficientes si se limitan a meros parches. El desafío requiere una reflexión colectiva profunda y acciones transformadoras. Es imprescindible replantear desde sus cimientos la formación integral de nuestros deportistas, donde el respeto al rival, la aceptación serena de las decisiones arbitrales, el civismo y el aprecio al público tengan la misma preeminencia que la técnica y la táctica.
El béisbol cubano, forjado durante décadas con leyendas, hazañas inolvidables y reconocida calidad mundial, merece ser celebrado por su grandeza, no empañado por recurrentes episodios de guapería que en nada aportan al desarrollo del deporte. Cada pelotazo intencional, cada agresión verbal o física, es un atentado a la herencia de un juego que es reflejo de cubanía y orgullo nacional.
Vamos con retraso: el juego de pelota, inscrito en el ADN de cada cubano desde aquel desafío inaugural en el Palmar de Junco matancero, corre el riesgo de degradarse hasta convertirse en un drama de sinsentido y violencia, digno de un plano secuencia de Tiempos Violentos, que nada tiene que ver con el alma del verdadero béisbol.
Vea además:
Lanzador guantanamero fue suspendido por 20 partidos de la SNB tras acto de indisciplina