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Conexión Miami: El sinfín de lo real maravilloso

Foto: AP

Hace menos de una semana me llama por teléfono Lázaro Fariñas. Es mi amigo de los años, periodista, un cubano radicado en Miami desde que yo usaba pantalones cortos. Me pregunta por la salud y en tono imperativo increpa mi silencio en las redes. “Oye, que no son momentos de estar callados”, dice, y me pone a la defensiva. Sé bien a qué se refiere: a que no bajemos los brazos en la lucha diaria por Cuba, y hoy por Palestina.

Lázaro salió de “la isla” a finales de 1961. Extraigo, y sin su permiso arremolino aquí, pedazos de sus muchos artículos, que asiduamente publica en la prensa cubana, en la de Miami y más allá…

“Recuerdo, como si fuera hoy, la tristeza que sentí al ver la ciudad de La Habana desde la ventanilla del avión, con la incertidumbre de no saber cuándo podría regresar (…) Salí de Cuba, pero Cuba nunca salió de mí. Nunca le deseé mal a su pueblo ya que lo consideraba, lo consideré y lo considero, el mío. Mis discrepancias políticas con el Gobierno revolucionario en el pasado nunca me llevaron al anticubanismo, ni al odio a mi patria”.

Nadie describe mejor que Lázaro Fariñas la historia y actualidad de la comunidad de cubana radicada al sur de la Florida:

“Aquí he pasado parte de mi adolescencia, toda mi juventud, mi madurez y ahora mi vejez, tiempo suficiente para ver evolucionar a los cubanos durante años. Así es que a mí no hay quien me haga un cuento de esto que algunos trasnochados se empeñan en llamar «el exilio», una entelequia que no existe ya, si es que en realidad algún día existió.

(…) no se pueden meter todos en el mismo saco. Existen cubanos que estaban aquí antes del triunfo revolucionario del 59, ya de esos quedan pocos. Existen los batistianos que llegaron al triunfo de la revolución, también de esos quedan muy pocos, aunque los odios que traían se los dejaron en herencia a sus hijos y nietos. Existen los cubanos que no estaban de acuerdo con lo que estaba haciendo el gobierno de Fidel Castro y de diferentes maneras carenaron en Miami. Existen los que llegaron desde Camarioca y los llamados vuelos de la libertad que duraron hasta el principio de la década de los setenta. Existen los que llegaron por el Puerto del Mariel en el ochenta y los balseros que llegaron en el noventa y cinco, y existen los recién llegados de los últimos dos años. Esa división es por la fecha en que llegaron, pero existen otras diferentes divisiones, como los que tienen dinero y los que no lo tienen, los que son chusmas y los que son personas decentes, los que se han americanizado y los que mantienen su cubanía, los que solo hablan de política y los que no les interesa, los que se pasan la vida tratando de hacerle daño a Cuba y los que se la pasan defendiéndola, los que estamos radicalmente en contra de la criminal política norteamericana contra Cuba y la morralla miamera que pide a gritos una invasión a Cuba de soldados de EEUU. No importando en qué lugar caes, lo peor de lo peor es esa morralla anticubana…”

Sin llamar al universo

Como muchos cubanos, tengo tíos, hermanos, primos y cualquier cantidad de amigos y conocidos en Miami y en otras ciudades de los Estados Unidos. Algunos, muy pocos por suerte, pertenecen a esa morralla que describe Lázaro. Ellos mismos cayeron en ella, y a veces tengo la impresión de que no saben ahora cómo salir. Allí los dejo, en su propia y voluntaria lejanía.

Pero quiero y admiro mucho a esos otros parientes, amigos, conocidos y no, que nunca han hecho de la política anticubana, la del odio, su razón de ser, y solo quieren comunicarse con cariño y respeto con todos nosotros, los que decidimos echar suerte en esta su (nuestra) “isla”, a donde llegan cada vez que pueden, y entonces volvemos a ser, por unos días, parte de la misma familia.

Algo está cambiando y para bien. La conexión Miami me ha sorprendido una y otra vez en estos últimos días. Y sí, mi muy estimado Lázaro, tengo que escribirlo. Es mi manera de desquitarme el sonrojo que no pudiste ver cuando con toda razón me increpaste a través del teléfono.

Solo me reservo los nombres, porque no seré yo quien “eche palante” a esos que han hecho el bien sin mirar a quién, o –a lo martiano- han hecho las cosas buenas sin llamar al universo para que los vea pasar.

Participo en dos chats de WhatsApp de las escuelas donde estudié: la secundaria y el pre, en los “Camilitos”, y la de cadetes donde hice la carrera de periodismo en la URSS.

En ambos chats nos comunicamos con muchos de esos hermanos y hermanas que viven en los Estados Unidos, unos son más activos, saludan, comparten recuerdos, nos cuentan de su vida y su familia por allá, envían fotos y videos. Otros, más parcos, mandan sus saludos, buenas vibras, o simplemente ponen “emociones”, corazones rojos y deditos levantados. Los terceros no dicen nada, pero todos sabemos que están ahí, nos leen y se alegran con nuestras noticias, o sufren cuando surge algún problema.

Tengo uno de esos amigos a quien mucho aprecio, que nunca comenta o reacciona en Facebook ante la mayoría de mis publicaciones, pero nunca deja de poner sus “me gusta” o “me encanta” cuando comparto fotos actuales de nuestras ciudades, o paisajes de la bella naturaleza de Cuba. Para él, y para otros buenos cubanos que viven fuera, busco y rebusco esas imágenes que hagan más llevadera su nostalgia por la Patria lejana.

Es lo real y maravilloso de las relaciones que hemos construido, donde hay una sola ley no escrita: las discusiones políticas es lo único que está definitivamente desterrado.

Con los hermanos de la URSS hace un mes organizamos en La Habana un encuentro por el aniversario 50 de la creación del colectivo de cubanos allá. Vinieron muchachones calvos y canosos de varias provincias del archipiélago. Y desde los cinco puntos cardinales, allende los mares, gracias a las nuevas tecnologías, compartimos felicitaciones y pudimos vernos, algunos por primera vez en 45 años.

Pero las más apreciadas sorpresas vinieron desde Miami: uno de nuestros “cadetes” se las arregló para hacernos llegar, dedicado de puño y letra, su libro que recién salió al mercado, y también algunas botellas de la sabrosa y fuerte “bebida del enemigo”. Otros dos, simples trabajadores allá, enviaron una cantidad simbólica de dinero, para que lo utilizáramos en la fiesta. Solo nos pidieron a los organizadores no hacer públicos sus nombres. Como otros graduados, ellos grabaron sus videos de saludo, y en los ojos se les veía la emoción, porque hubiesen dado lo que fuera por estar aquí con nosotros.

Dejo para el final lo que todavía me tiene maravillosamente anonadado.

La semana pasada se rompió una pieza del “sinfín” de mi viejo y fiel Lada ruso. El “brazo Pitman”, literalmente, y para no caer en tecnicismos, es un pedazo de hierro con unos huecos donde se engancha una parte importante de la dirección del auto. El mío tenía uno de esos huecos deshojado por el uso durante décadas, y era ya un peligro transitar en él.

Presto, acudí a varios de esos sitios en internet donde puede comprarse casi de todo en Cuba. Las respuestas de los vendedores llegaron en masa y enseguida. Sin embargo, los precios eran impagables, de cinco cifras, y me obligaban a comprar el sinfín completo, nuevecito, unos sinfines que parecían de naves espaciales, y no aquel pedazo de metal oscuro que mi mecánico me había mostrado con cara compungida.

Fue el mismo Molina quien por teléfono contactó con alguien que aseguraba tener el brazo famoso, en buen estado y a un precio muy razonable. Pero había que ir muy lejos a buscarlo.

Decidí entonces, sin grandes esperanzas, pedir ayuda en ambos chat a los compañeros de estudio. Fue cuando sucedió lo inesperado. Uno de esos camilitos que emigró hace años a Miami, y con el cual apenas me había comunicado, porque nunca fuimos propiamente cercanos, me escribió al privado: “César, tengo un amigo en Cuba que posiblemente tenga la pieza que necesitas”.

Esa misma noche me comuniqué por teléfono con aquel hombre, que no conocía. “Sí, lo tengo… y olvídate de cuánto cuesta”. Enseguida me envió un par de fotos por WhatsApp. Efectivamente, allí, en dos versiones distintas, ¡estaba mi hierro!

Al día siguiente lo fui a ver a su casa. Me puso delante un sinfín completo, de uso, pero con su brazo Pitman intacto; y otro brazo suelto, en perfecto estado. “Quédate con el que mejor te parezca. Solo devuélveme, no hay apuro, el que no vayas a usar. Ah, y al mejor precio que te dijeron por ahí, quítale cien pesos… y eso es lo que me vas a pagar”.

Ayer, en mi Lada recién reparado, regresé a devolverle al buen hombre el sinfín que no necesité, y le pagué super feliz los quinientos pesos mejor empleados del mundo.

“Hermano –le dije al despedirnos-, cuando te comuniques con L, reitérale mi agradecimiento por el cabo que me tiró. Esta noche le voy a escribir y contar por WhatsApp”… “Yo no –me contestó enseguida- mejor le cuento personalmente cuando lo vea. Nosotros somos vecinos, yo también vivo allá en Miami”.