
Portada del libro Una deuda impostergable.
Una deuda impostergable cayó en mis manos hace unos meses, cuando su autor conservaba un ejemplar impreso como copia para revisiones; sin embargo, el verdadero objeto era cumplir con el sueño del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, quien varias veces le había comentado la necesidad de que se conociera más la vida de los protagonistas de la lucha; y ese propósito, no se había cumplido aún por razones diversas: el tiempo, la imprenta, ausencias tristes.
En calidad de préstamo lo leí por ese entonces y, al devolverlo, agradecí la posibilidad de conocer más sobre algunos combatientes que acompañaron a Fidel en momentos cruciales de la guerra. Con cuidado y siempre a riesgo de lucir intrusa, pregunté por qué no se retomaba el intento. La respuesta, para felicidad de muchos y justicia con la Historia, la tuvimos este 12 de agosto cuando se presentó el libro. Este sería entonces un texto nuevo, fiel al anterior, pero al que se sumaron otros minutos y sudores de nuevos impulsos del autor y su equipo, de la Casa Editora Abril y el Centro Fidel Castro Ruz, en un homenaje además a una muchacha especial que lo editó con mucha dedicación desde el inicio: Diana Lío Busquet.
Una deuda impostergable tiene el valor de resumir en su primer apartado, los difíciles años de lucha insurreccional de 1952 a 1958, y lo logra de manera clara, directa y bien argumentada, listo para que un joven se lleve de manera general lo más importante de ese periodo. Les siguen entonces catorce semblanzas: Abel Santamaría, Juan Manuel Márquez, Frank País, Julio Zenón Acosta, Carlos Mas, Andrés Cuevas, Ángel Verdecia, Geonel Rodríguez, Braulio Curuneaux, Ignacio Pérez, Ramón Paz Borroto, René Ramos Latour, Lucas Castillo y el pequeño Orestes Gutiérrez.
Sin embargo, decir el nombre puede no descubrir del todo a quienes no los conocen, pero si digo que se habla de Abel y Juan Manuel, los segundos de Fidel en el Moncada y el Granma, respectivamente; o de Frank País, un personaje de los de las películas, que hacen muchas cosas sin que les pase nada- como dijera Fidel-; si digo que el libro habla de Julio Zenón, un campesino de los que más ayudó en los inicios, y que estaba aprendiendo a leer con el Che como profesor; o de Ignacio -hijo querido del legendario comandante Crescencio Pérez-, que cayó combatiendo cuando la victoria era inminente. Si digo que rinde tributo a Carlos, un joven de 18 años del Ejército Rebelde que, sabiendo que iba a morir por las quemaduras de una granada de mortero, solo se preocupó por que rescatasen su arma de las llamas; si digo que el capitán de 25 años Ángel cayó combatiendo durante la Ofensiva de Verano y su cuerpo cayó en manos de la tiranía y nunca pudo recuperarse; y que otro capitán de 24 años, Geonel, también fue de los valientes 300 que enfrentaron a diez mil, pero tampoco pudo ver el triunfo…
Si hablo de Cuevas, cuya heroica entrega al combate en Purialón le mereció póstumamente el grado de comandante; o que el valiente Curuneaux –no Coroneaux- el de la ametralladora, que dijo a Fidel:“¡No pasarán, Comandante!”, había sido del ejército batistiano y luego de los hechos del Moncada se sumó al MR-26-7 y subió a la Sierra; o de Paz Borroto y Ramos Latour, comandantes valiosos que cayeron combatiendo a finales del mes de julio –hace 65 años-, conscientes del empuje del pueblo que haría triunfar su Revolución. O si hablo del campesino Lucas Castillo, asesinado a bayonetazos por los soldados de la dictadura; y del pequeño de 6 años, Orestes Gutiérrez, víctima de un bombardeo de la tiranía al poblado en Cayo Espino, hecho que Fidel nunca pudo borrar de su memoria y que Jorge Ricardo Masetti narró en Los que luchan y los que lloran….

Presentación del libro Una deuda impostergable.
En la presentación de este sábado en el Centro Fidel, uno de los ayudantes del líder histórico de la Revolución confirmó lo cierto de la idea que defiende el título del libro, pues el Jefe se sentía en deuda con aquellos compañeros; y narró que en una ocasión, por el año 2016, un día les dijo que había que ir por la Sierra a ver cómo estaban las tumbas de Julio Zenón y otros compañeros cuyos cuerpos habían quedado para siempre allí. Fue gracias a él, que constantemente los recordaba, que ellos se acercaron a la vida de esos rebeldes y comprendieron la lealtad del Jefe hacia ellos.

Presentación del libro Una deuda impostergable.
Es por esa razón que este es un libro motivador y de conexiones, porque impulsa a seguir conociendo y se enlaza además con otros textos que nacieron antes o durante su publicación, y que amplían y enriquecen el contenido que él logra concentrar con fidelidad en un volumen. Viene a mi mente entonces que invita a leer Abel Santamaría y el Moncada; Juan Manuel Márquez, en cada latido del combate; Frank, entre el sol y la montaña; No pasarán, Comandante. Semblanza de Braulio Curuneaux; Andrés Cuevas, un hombre de su tiempo; Daniel, comandante del llano y de la Sierra; Los que luchan y los que lloran –de Masetti-; y La victoria Estratégica y La Contraofensiva Estratégica, del Comandante en Jefe. Leer Una deuda impostergable concentra saberes y revela otros, permite el conocimiento esencial y provoca la necesidad de investigar y escribir para seguir saldando la deuda con ellos.
Hay muchas otras historias por contar aún de estos 14 valientes… Por eso, como dijera en presentación de lujo el doctor Eduardo Torres Cuevas, su autor, al saldar la deuda que sentía con Fidel en un libro que une un contenido fundamental, nos ha creado una nueva a esta generación de cubanos: la de crear y enriquecer esa parte de nuestra memoria histórica para el futuro.
Son historias inolvidables, conmovedoras, que merecen ser conocidas. Este libro es un regalo a la Historia cuando se cumplen 70 del Moncada y 65 de la victoria sobre la Ofensiva de la tiranía y luego de la contraofensiva –etapa donde cayó la mayoría de los héroes mencionados-, porque ha sido capaz de recopilar datos de todos, escribirlos para la juventud; porque está pensado y escrito desde el sentimiento y el compromiso, que es el mejor homenaje que pueden tener los hombres. Su autor, Alberto Alvariño Atiénzar, soldado de la Revolución, salda esa deuda del corazón con Fidel, y así nos lo entrega hoy para que figure en cada paso del combate cotidiano.