
Foto: Bufa Subversiva.
Cuando un asalariado del sector público de la sociedad cubana actual es invitado a cenar en un restaurante privado las motivaciones de reflexión son retadoras. Ganamos un salario, pagamos energía y algunos otros bienes dentro de la economía estatal oficial. Pero una parte creciente de la población se desenvuelve en otras escalas de valor económico que se manifiestan claramente a la simple observación durante una visita placentera e invitada a un restaurante privado. Los asalariados nos convertimos entonces en testigos externos del mercado paralelo del dinero en nuestra actual trama del valor económico.
Es muy probable que en más de una decena de vuelos que entran y salen diariamente entre los EEUU y Cuba, aun sin existir una expedición normal de visas, deben estar entrando y saliendo también del país cantidades considerables de dólares en efectivo. Una parte desconocida de ese dinero nunca se convierte en alguna de las múltiples denominaciones y tasas de cambio oficiales que padecemos. Circula en un mercado libre, pero borroso para todos y oculto totalmente al fisco, pero al que sí tienen acceso todos los ciudadanos y el sector privado. La componente popular de la economía está instrumentalmente excluida de este mercado.
En los años 90 esos dólares ingresaban mayormente al estado a través de un sistema de tiendas verdaderamente abastecidas y con bastante calidad. La inmensa mayoría del mercado interno era propiedad del pueblo de Cuba y el dinero circulante tenía cambio universal, aunque fuera moneda nacional, a través de las CADECA. En aquel momento nos sacaron a flote junto con el turismo naciente. Después de una caída cercana a un tercio del producto interno bruto entre 1989 y 1993 comenzamos a crecer de nuevo, aunque mínimamente, tan temprano como en 1994. Las tiendas de MLC actuales deben estar recaudando solo una fracción ignota del dinero convertible que entra en el mercado nacional, por muchísimas razones que no caben en este comentario.
Ahora, esa parte desconocida del dinero que ingresa al país alimenta un mercado paralelo donde se pueden encontrar, sin control alguno, las peores manifestaciones del capitalismo. Hemos hecho imprescindibles e irreversibles reformas económicas, dando un espacio necesario al mercado, pero no reconocemos sus reglas y por ello no lo hemos puesto al servicio del socialismo.
En el escenario actual, los grandes gastos en portadores energéticos, medicinas, sus principios activos y medios para la salud pública, alimentos básicos como el maíz, la soya y el arroz, y las inversiones para mantenimientos infraestructurales y de los medios de transporte verdaderamente masivos los hace o autoriza a hacer el estado central de alguna forma. Los bienes y servicios resultantes de estas importaciones se realizan o venden a la población a precios del mercado controlado al que tienen acceso igualmente todos los ciudadanos, sean trabajadores privados, estatales o pensionados. Estos son derechos constitucionales e independientes de los ingresos personales de cada uno.
La contradicción de un mercado libre y poco controlado frente a la economía popular que es un baluarte de nuestros principios recuerda la anécdota de la competencia del león contra el mono, y el mono amarrado. La historia de los que transformaron su economía a partir de sistemas centralizados similares al nuestro buscando el mercado como paradigma está plagada de contrasentidos y de regresiones éticas. La de los que hicieron la transformación reconociendo y tomando en cuenta las reglas del mercado para preservar el poder popular, poniéndolo al servicio de este puede mostrar éxitos y beneficios innegables para las mayorías, sin que estas hayan perdido todo el poder, como le ocurrió a los primeros.
Estas simples observaciones y deducciones de un ciudadano que visita el mercado paralelo del dinero deben ser evidentes para nuestros ministerios de economía y de finanzas, así como el Banco Central. La tremenda deformación debe tener salidas. Una de ellas es, sin dudas, la de dejar las cosas como están y exhortar a personas que cada vez se acomodan más en ese mercado paralelo, donde rigen éticas diferentes a las del socialismo, para que no piensen como viven. Esta puede ser suicida para los principios de una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. Las demás pasan por un reconocimiento del mercado y de sus reglas, poniéndolas sabia y científicamente al servicio de las mayorías, que es la fórmula del socialismo.
La convertibilidad única, irrestricta y transparente de la moneda nacional para todas las instancias particulares, públicas y privadas de la vida del país puede ser un paso decisivo. Obviamente implica muchas transformaciones, desde las pensiones y las escalas salariales hasta las tarifas y precios de todo. Estas deben flotar, igual que el peso, según la situación económica de cada momento y con tasas adaptables, determinadas por el estado y no por el mercado ilegal. Deben hacerse minuciosamente y con ajustes instantáneos cuando sean necesarios. Solo así podemos gobernar la economía y hasta planificarla correctamente. Es una tarea muy compleja, pero parece evidente que debería marchar con premura, porque es inevitable.