
El Valle de Viñales es conocido como el Jardín de Cuba. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.
Desde el 2022 había un plan familiar de ir hasta Viñales, Pinar del Río, para tomar unos días de vacaciones. Todo el que lo haya visitado sabe que es uno de esos lugares (muchos) de Cuba que tiene encantos especiales, que quedan en la memoria como una deuda permanente. El ciclón Ian se encargó de retrasar los planes de muchas familias cubanas. Meses después, cuando volvimos a pensar en el proyecto, nos resultaba incómodo ir en plan descanso a un lugar que se recuperaba de tres pandemias: la oficial de la COVID, la situación económica adversa y el azote de vientos y lluvias.
Habíamos conocido por la prensa y de primera mano por varios compañeros que nos precedieron, que aún se observa, y seguirá estando presente por buen tiempo, el impacto de la tormenta climática y la económica. Finalmente un golpe de identidad, más que lazos de consanguineidad, terminó acercándonos al prójimo. Y las gratas sorpresas no se hicieron esperar.
Ya en las proximidades de Viñales pequeños basureros improvisados, cenizas de arbustos derribados y quemados, malas condiciones de varios tramos de carretera y techos de viviendas que aún no están, recuerdan una herida reciente que no ha cerrado. Pero no más entrar al pueblo de inmediato respiras un ambiente de vitalidad. Una población viva en el amplio sentido de la palabra, luchando, recibiendo al extraño y al amigo, sonriendo y soltando el último chiste sobre la coyuntura.
Desconocemos cuántos habitantes tiene actualmente la pequeña ciudad y cuántos turistas o visitantes de diverso origen reciben semanalmente. Pero lo que sí está claro es que se trata de un pueblo creativo a toda hora del día y en toda la extensión de la semana. Que en el séptimo día de esta va a plantar a lo largo de la avenida principal la celebración que denominan el Sábado Viñalero.
Hay actividad económica de todo tipo, desde el alojamiento en casas particulares, las ofertas gastronómicas variadas, los recorridos, alternativas de transporte ligero donde falta el convencional. En los alrededores puedes apreciar una agricultura afectada por los fuertes vientos y por la sequía severa, pero productos locales aparecen por aquí y por allá, la gente cultiva hasta en patios y jardines.
Y entonces nos dedicamos a tratar de entender el misterio preguntando una y otra vez. Las respuestas eran muy parecidas. Nos dijeron que durante los años se ha ido desarrollando una especie de pacto social no formal, por el cual unas familias fueron complementando las ofertas de otras, más allá de competir por una demanda de servicios que es de todos modos limitada. Como sucede en nuestros pueblos pequeños en población, la mayoría de los habitantes se conocen, o da la impresión de que así sea, porque las personas se saludan amablemente y hasta con intensidad, aunque hayan coincidido pocas horas atrás.
Pero de forma adicional, Viñales vive con orgullo la pasión por la limpieza de las mujeres y hombres que lo habitan, vive con emoción sin estridencias, sin contaminación sonora y, más impactante aún en estos tiempos, la felicidad se disfruta con una seguridad ciudadana que desgraciadamente ya no nos prestigia en toda nuestra geografía. Increíble la cantidad de portales, unos tras otros, en los que permanecen durante toda la noche, sillones, mesas y otras propiedades que amanecen en el mismo lugar, sin protección de rejas, ni candados, ni custodios.
Es un lugar humilde y maravilloso donde puedes estar varios días sin presenciar que la irritación de alguien se traduzca en exaltación o malos modales. La carta de presentación de cada ciudadano allí es el respeto hacia el otro.

Además del patrimonio geológico, en los itinerarios pueden ser apreciados los valores naturales, paisajísticos, de biodiversidad y culturales que aportan un valor añadido a ese recorrido y a la estancia en Viñales. Foto: Deny Extremera/ Cubadebate.
Los turistas extranjeros no visitan Viñales para ingresar en instalaciones suntuosas que no existen allí. En cierta medida lo hacen por sus bellezas naturales únicas y espectaculares pero, al parecer, esencialmente por el fenómeno social que se asienta en ese lugar. Los extranjeros no van a refugiarse en el aire acondicionado, sino a sudar por las calles en largas caminatas, a visitar las cuevas del Indio y el Palenque en bicicleta, los espectaculares mogotes, van a admirar el Mural de la Prehistoria y a indagar a quién se le ocurrió aquel proyecto descomunal, por qué y cómo aún se encuentra en pie. Quieren que les expliquen cómo el orgullo se reproduce y cómo, a pesar de que están presentes muchas razones para llorar, la gente sonríe. Sienten que la calidad del trago que toman o la comida que ingieren dependen menos de los ingredientes que se usan y más del afecto con que se sirven.
Los visitantes que viajan con niños no temen al advenimiento de la noche, ni a dejarlos con otros amigos que recién conocieron en el parque de la Iglesia, que se enriquece con el funcionamiento diario de tres instituciones culturales contiguas, distintas y modestas, pero vibrantes. En la Galería de Arte, la Casa de la Cultura y el centro Polo Montañez siempre hay algo que hacer y, si no, se inventa. Los artesanos están cerca todas las mañanas y tardes, no para vender algo importado y disfrazado, sino para proponer productos con cubanidad, más o menos refinada.
Y, por favor, que estas líneas no se interpreten como una pinturita para esconder falta de color. Todavía hay traumas, frustración y dolor en familias que lo perdieron todo, o casi todo. En agricultores que pasan una y otra vez por sus vegas lamentando literalmente lo que el viento se llevó, o la producción que aún no le pagaron. Muchas familias lamentan que haya jóvenes que relacionaron su posible recuperación con el acto de emigrar. Pero la mayoría del pinareño que está allí y por los alrededores se encuentra en permanente movimiento, como el planeta que habita, haciendo, empujando, opinando y también soñando hacia futuro.
Y aún hay más, niños y jóvenes que no permanecen pegados todo el día a la pantalla de un celular, cosa que se refleja en la actitud de los visitantes de las mismas edades, muchos de los cuales dejan sus propios androides o xiaomis en el lugar de alquiler, para no restarle atención al fenómeno social que encuentran allí.
En resumen, la principal atracción de Viñales es el ser humano que lo habita, con sus historias y orgullos. Aquel joven gastronómico que en una modesta instalación del sector te pregunta cómo aprecias la recuperación de lugar, la anciana que todas las mañanas limpia y pule el cemento de la acera frente a su casa, con poca o mucha agua, el que te hace parte de su familia sin conocerte, el que no bota basura en la calle aunque no haya un cesto, el experto que se hace cargo y protege al menor de va contigo en un canopy con normas de seguridad de alto standard, los pioneros que van y vienen con sus uniformes impecables y todo el que te da los buenos días amablemente, se felicita por recibirte y en la despedida te pide con pasión que regreses. No hay formalismos, solo espontaniedad.
En el poco tiempo que te queda disponible para reflexionar sobre lo que tienes delante, te preguntas qué sería de aquel lugar con otras condiciones materiales, con otros suministros, con otros presupuestos. También tratas de imaginarte lo mucho que aún tenemos por hacer para promover las singularidades de cada uno de nuestras regiones en el país.
Pensando con admiración en eso que ahora le dicen resiliencia, tanto de los viñaleros, los baracoenses, los trinitarios, como de muchos otros destinos en esta Isla, regresamos de unas cortísimas vacaciones educativas que nos reafirman la convicción de que representar, o hablar en nombre de los cubanos como nación es una altísima responsabilidad.

Detalle del Mural de la Prehistoria. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.