
(A la eminente escritora Marilyn Bobes, querida amiga desde la secundaria, quien me acompañó y presentó mi librillo)
La mañana aún era fresca mientras la camioneta rodaba cortando el viento y dando bandazos con el fin de evitar las imperfecciones del asfalto. Mis eruditos acompañantes, ciertamente numerosos, hacían las delicias tempraneras comentando animadísimos los “recientes” descubrimientos científicos para la cura o el alivio de la artritis, la diabetes, el colon irritable, el insomnio y otros desmanes del cuerpo con medicamentos medianamente conseguibles en las farmacias nacionales. Promedio de edad de los viajeros: sesenta y cinco.
Los temas se alternaban entre el meprobamato, pastilla mágica pero en falta definitiva de nuestros dispensarios; el diazepam, también el nitrazepam, la benadrilina, la domperidona, el venatón, la metformina y sus sorprendentes efectos para controlar el azúcar o el peso corporal, y un milagroso jarabe natural para la tos extraído de la corteza del palo de guayaba mezclado con hojas de orégano, remedio infalible, según definieron entusiasmadas un par de poetas jóvenes cuya lozanía equilibraba el ambiente. “¡La medicina verde, claro!”, apuntaron vivaces.
Me sentía aturdido. ¿Cuándo se esfumaron aquellas estimulantes conversaciones sobre el último suceso editorial, o la más nueva exposición pictórica, el desgarro sentimental del cineasta en el mejor alegato de su filmografía, aquella canción musitada al oído predestinado en estado de embeleso, la espléndida coreografía de un ballet estrenado en el festín de la danza? Las píldoras para la hipertensión arterial han sustituido definitivamente a las bellas artes, pensé para mis adentros en franco desconcierto.
Sobre el mediodía, cuando estábamos a punto de arribar a nuestro destino, recorrí con la mirada la camioneta y lamenté que el ciclo final de la existencia humana llegara al crematorio o al cementerio con un ADN contaminado por la ingesta indiscriminada de sustancias químicas consumidas de forma aleatoria.
De repente, al lado mío, a segundos del descenso, una excelsa escritora afirmó con voz vibrante: “¡Pues allá ustedes con esos medicamentos, porque yo todo lo resuelvo con pomadita china!”. Y fue así que, como en un efecto coral larga e intensamente ensayado, la tropa en pleno extasiada, presa de una suerte de encantamiento, la interrogó: “¿Y tú dónde la conseguiste?”, a lo que la escritora respondió avergonzada y tartamuda: “¿Pues en dónde iba a ser? ¡En China!”. Un desanimado murmullo desmembró el momento.
Entonces, con un ímpetu que creí perdido, pretendí agregar: “¡Y también se soluciona casi todo engullendo un churrasco brasileño o un bife de chorizo argentino!”, pero sabio y prudente me contuve presintiendo un suicidio oneroso, intelectual, y colectivo.