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Un día en el que nos unimos en el dolor de todos los que sufren por las pérdidas

Definitivamente somos más los que sentimos este como un día trágico. Foto: Karina Rodríguez.

Llegué a las cercanías del hotel Saratoga minutos después de enterarme de la terrible explosión. Las imágenes impactan, sobrecoge el desastre. Estar allí estruja el alma, más aún pensar en el dolor de los heridos y el sufrimiento de quienes perdieron allí a un ser querido. Espanta pensar que en los escombros puede haber personas atrapadas.

En medio del dolor asquea ver a robots deshumanizados que alzaron las manos no para rescatar vidas de los escombros sino para hacer una directa en Facebook y jactarse de la explosión mientras aún el edificio humeaba... Asco y pena de los oportunistas que se alegraron de ver derrumbarse una esquina de La Habana. Por suerte son pocos, los politiqueros de siempre, los que “cambiados por mierda se pierde el envase”.

Por último, me recontraenorgullecen mis colegas de la prensa cubana, quienes llegaron al momento, como pudieron, haciéndose espacio entre el tumulto, y han hecho una cobertura extraordinaria, responsable y veraz, sin escatimar las horas bajo el sol fortísimo, las temperaturas del mediodía, los riesgos de una posible nueva explosión a pocos metros y con la conexión inestable por la lógica congestión de las redes.

Definitivamente, somos más los que sentimos este como un día trágico. Mucho. Los rostros polvorientos de los rescatistas dibujan el rigor de la tarea que tienen, pero al mismo tiempo son la esperanza. Los cabellos desordenados y las caras sudadas de mis colegas periodistas son testigos del esfuerzo de muchos. Un día en el que nos unimos en el dolor de todos los que sufren por las pérdidas.