- Cubadebate - http://www.cubadebate.cu -

Mirar el toro desde la barrera

El observador disfruta ver al toro sangrando, en una posición cómoda y cobarde. Cualquier semejanza es pura coincidencia. Foto: Flickr

La covid-19 me ha dejado muda, sin palabras, sin escribir. Creo en Dios, y a pesar de eso, una pregunta irreverente, como pesadilla, se repite en mis pensamientos: ¡Dios, ¿dónde has estado?!

Los cubanos de Cuba hemos padecido de todo durante 60 años, y aunque a algunos le parezca “muela” ha sido gracias a las sanciones de Estados Unidos, cuyos Gobiernos de turno han insistido en apretar la tuerca que cierra cualquier resquicio por donde esta noble isla pueda respirar.

No haré un recuento de cifras ni de daños, porque en mi opinión, lo peor de todo es ese día a día que vive el cubano en la búsqueda y captura de alimentos, medicamentos, o de cualquier necesidad doméstica como un bombillo, una zapatilla para detener el agua, un clavo, una vela, y por ahí hasta el infinito. Para la incertidumbre que vivimos no se ha inventado sistema de medidas alguno.

Si sumamos la pandemia, los nasobucos, el cloro, el alcohol, la tensión de salir a la calle y ver, como ven algunos, a todo el que te rodea como tu enemigo, la angustia sube.

Nunca vi como opuesto a un amigo o familiar que se fuera a Estados Unidos o a donde fuese, legal o ilegalmente, fuera en 1960 o en otros momentos. Era su decisión, y la respeté siempre. Si a veces compartían en las redes algo que no coincidía con mi pensamiento, pues lo obviaba, y pasaba página.

Pero ahora está ocurriendo algo inaudito, veo esos injertados en el “american way of life” expresarse cual águilas del imperio, se afilan dientes y uñas, en la espera de que nos maten a todos para luego venir a comer nuestras entrañas. ¡Qué pena!

Veo actitudes malsanas, vengativas, resentidas, que al parecer estuvieron veladas todo el tiempo y ahora, oportunistamente, se les salen por la boca.
Esos, también nacidos aquí, piden que masacren a los que aquí permanecemos. ¿Ahora somos culpables por no haber abandonado nuestro país?

Parece que la frustración de sus tristes vidas en Cuba, porque no tenían determinados bienes materiales, aún persiste, y la muestran a través de un resentimiento malsano. Si querías irte y lo lograste, disfrútalo, pero deja en paz al que se quedó, respeta también su decisión.

Lo más patético es que la mayoría se presentan como triunfadores “expropiados” por el Gobierno cubano. Pero he vivido bastante para poder afirmar que los ricos se fueron entre 1959 y 1960, y los expropiados de pequeños negocios (por la ofensiva revolucionaria) se fueron en 1968. De ahí en adelante, lo que cayó en Miami –salvo excepciones– fue demográfica y económicamente más diverso.

Aquí incluyo algunos artistas y “artistas”, que se han ganado el sustento echándole “con palabras” a la Cuba donde nacieron, mordiendo la mano que les dio de comer, incluido lo espiritual y lo artístico. Conozco decenas de casos de quienes tuvieron la ocasión de estudiar y de convertirse en universitarios porque fueron favorecidos por el sistema social cubano. Muchos eran de apartados sitios de la geografía de esta isla, y llegaron a La Habana, se hicieron personas, militantes de la Juventud y del Partido, fueron, como decían entonces a los comunistas más definidos, “come candelas”, y ahora están en Miami con los ojos bota'os pidiendo intervención militar en Cuba.

Esos “amigos” tenían tanto miedo de ser intoxicados por la doctrina comunista, que se han dejado envenenar por lo que les dicta la doctrina capitalista. Algunos son personas cultas e inteligentes, pero se tragan todo lo que les ofrecen las fake news y los marginales que se han volcado a las calles.

Wichy Nogueras, ilustre poeta cubano, con quien tuve el privilegio de compartir muchas veces con su familia y la mía, tenía una frase clave: “La mediocridad no perdona”.

Mirar el toro desde la barrera quiere decir: presenciar un acontecimiento peligroso o controvertido con tranquilidad y sin correr riesgo, al no intervenir en él. Eso es válido, también respeto a los que no toman partido, a quienes tienen como país los metros cuadrados de su vivienda y como compatriotas a sus familiares y amigos. El egoísmo es una dolencia de la cual a veces el propio enfermo no es consciente.

Se puede notar desde un avión que a esos incitadores, quienes piden nuestras muertes y angustias con una intervención militar, los devoran el resentimiento y la envidia. Quieren estar aquí y allá, pero el estar aquí –física o espiritualmente– no lo entienden ni lo tienen humanamente definido.

La cuenta que no han sacado es que las balas no tienen nombres ni apellidos, y las bombas, por muy dirigibles que sean, no llevan dirección exacta. Y para quienes no tienen a nadie que quieran o aprecien en esta isla, les recuerdo que allá, en ese paraíso donde viven, también golpean y dejan huellas oscuras los ataques que pueden dañar a sus hijos y nietos y a cuanta persona inocente esté en el lugar y el momento inadecuados. ¿O se han olvidado del horror de las Torres Gemelas?

Incitar a la guerra, a la violencia, no conduce a nada bueno, sobre todo si se hace desde un cómodo sofá, en una actitud fría y calculadora. No digo más, solo aclaro: al que le sirva el sombrero, que se lo ponga.