
Nada hace más feliz a un aficionado al fútbol que el éxito de los suyos. Foto: Getty.
Tenía una cara de furor que pocas veces había visto: una especie de estallido interno que amenazaba con reventarle la piel y salirse por fuera. Y aunque presa de un arrebato ajeno a su personalidad, con aquella bufanda enroscada en el cuello engañando el calor horrendo que le sacaba los sudores, pudo explicarme luego, casi en un susurro y avergonzado por la actitud previa:
—¿Sabes lo que pasa? Ese niño que acaba de marcar gol fue formado en la cantera. Ese niño se besó el escudo, compadre.
Comprendí entonces muchísimas verdades. Primero, que nada hace más feliz a un aficionado al fútbol que el éxito de los suyos. Puede ver a los mejores jugadores del mundo correr tras el olor de los millones, levantar copas y derramar cerveza sobre la grama en el éxtasis del triunfo, mas ninguna sensación emula la de testificar a un crío pulir su talento y cumplir sus sueños en el club que ama.
También entendí, aunque fuese algo evidente —a veces ratificar lo obvio también es descubrir— que lo del fútbol rebasa los límites de una simple afición. El fútbol no es solo fútbol. Y me lo demostró él, fuera de sí, o cualquiera de los que han querido confundir lágrimas con gotas de sudor, o con pajillas en el ojo, por disimular su endeblez sentimental.
“Tipos rudos”, mujeres fuertes, personas estrictas: todos han sucumbido al envión anímico del gol. Podrán decir ahora que es una cursilería esto de comparar el fútbol con el amor, por coincidir con fechas próximas al 14 de febrero. No les quito razón. Parece un poco forzado.
Acudo hoy a aquel amigo que me dice siempre, dueño de un convencimiento que contagia: solo entiende nuestra locura quien comparte nuestra pasión. Amén.
La frase:
“No ganan siempre los buenos, ganan los que luchan”.
Diego Simeone.