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Goles buenos, malos y otras intrahistorias

Keylor Navas. Foto: XGM.

Quien me conoce creerá al instante, sin dar demasiadas vueltas al asunto, que este trabajo versa en torno a mis nefastas cualidades como futbolista. Tozudo sin remedio, he dedicado cada sábado del último año de mi vida a lanzar patadas a la pelota en alguna cancha funesta de mi pueblo, con tan mal acierto que, ni con la suerte a favor, los goles han querido adquirir mi nombre.

Y si en algún alarde de osadía y talento inaudito mis piernas han chutado entre los tres palos, ha sido por un despiste del rival o sencillamente porque entre amigos también existe la solidaridad hacia los más desposeídos.

Sin embargo, los goles malos no son aquellos esporádicos disparos de este redactor, quien de momento se conforma con andar sobre el escaso césped de los terrenos cubanos con actitud de jugador de quinta y el único mérito de divertirse pese a su impericia futbolística.

Goles buenos y malos no son más que la denominación empleada por algunos arqueros para calificar los remates que entran en sus cabañas. La nomenclatura la aprendí hace unos meses de un portero amigo, acaso futuro guardameta de grandes equipos por su enorme talento.

La terminología, aparentemente simple, recoge en su significado un contenido contundente. Los goles buenos, como casi todos les llaman, son aquellos disparos destinados inobjetablemente a besar las redes de la portería por zonas lejanas e inalcanzables para los cancerberos; dianas estéticamente infalibles, pero también balones que entran sin dar chance a nada a los guardianes del arco. Sea como fuere, el portero califica como gol bueno a aquel que le es imposible atajar.

Por descarte, entonces, los disparos malos son aquellos que se cuelan por el desatino de guardametas, en ocasiones tiros sin potencia o escasa colocación que, por diversos motivos, terminan rebasando la línea pese a su imperfección o a ser sencillamente una jugarreta de la casualidad.

Puede parecer algo simplón, mas el fútbol tiene intrahistorias que a veces sorprenden sobremanera y resultan del desconocimiento del público general. Y eso que ahora, con las gradas huérfanas de hinchas, el sonido ambiente nos ha regalado algunas de las imágenes más límpidas, camufladas últimamente por grabaciones impostadas sobre las señales en directo.

Entonces, quien solo conoce de fintas, disparos y sombreros y cuanta bisutería balompédica podamos citar, puede descubrir en las confesiones de sus protagonistas o al pie de una cancha algunas denominaciones o costumbres que no hubiera imaginado desde la lejanía de la pantalla.

Hace poco, en medio de búsquedas por Internet, descubrí que Didier Drogba detuvo la guerra en Costa de Marfil, que Ronaldinho salió a la palestra pública marcando 23 goles en un partido con 13 años y que Groenlandia nunca ha tenido equipo de fútbol reconocido por la FIFA al no poder cultivar césped en sus terrenos debido al clima gélido del país. Interesante, ¿verdad?

La frase:

Ganar queremos todos, pero solo los mediocres no aspiran a la belleza. Es como pretender elegir entre un imbécil bueno o un inteligente malo. (Jorge Valdano)