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El asalto a los molinos de viento

Se acabó. La sorpresa es ahora un boomerang volando contra nosotros mismos. El Moncada se nos va... El único carro que entró al cuartel fue el de Ramirito y Montané, ellos sí pasaron la posta, pero solos no pueden contra un regimiento de más de mil hombres...

¿Qué rayos sucedió? ¿De dónde salieron esos guardias del infortunio ¡Claro!… los carnavales. A estos dos los pusieron a dar vueltas para cuidar el cuartel desde afuera, para velar el sueño y la borrachera de los demás soldados. Nunca los vimos, pero hoy estaban ahí, maldita coincidencia, a la misma hora, en el mismo minuto de las cinco y cuarto de la mañana de este 26 de julio de 1953. ¡Dos imbéciles bien armados!

Y venían a atrapar o a matar por la espalda a la gente que ya tenía tomada la posta tres. Después se viraron hacia nosotros, dispuestos a dispararnos. Ahí les tiré la máquina encima y salí con la Lugger en la mano… Era lo único que podía hacer, neutralizarlos a como fuera, había que salvar a los muchachos y seguir a tomar el cuartel.

La sirena, cómo hiere el ruido de la sirena… Ensordece el pensamiento, paraliza los instintos, pero las balas picando cerca… movilizan... ¿A quién? ¿Hacia dónde? ¿Contra qué? La gente se dispersó, los muchachos que me seguían en las máquinas de atrás lo hicieron bien, simplemente cumplieron lo ordenado: cuando yo me bajara, las barracas de los soldados era todo lo que estaba a la izquierda, pero nosotros nunca entramos al Moncada… Y se han lanzado contra el hospital militar, a menos de una cuadra de distancia… Hay que atajarlos ahora. ¡Arriba, para acá, debemos seguir y tomar el cuartel!…

Imposible detenerlos, demasiado ruido, la sirena, los tiros, la oscuridad… No me escuchan, no me ven… Están combatiendo contra los molinos de viento…

La ametralladora compite con la sirena. Los tiros pican más cerca. A este tipo de la cincuenta me lo llevo yo a escopetazo limpio… No importa. Ya no sé qué estoy atacando, disparo por el futuro de Cuba…

Los guardias comienzan a cazarnos... Hay que irse de aquí ya. Que todos se monten en las máquinas, las que caminen, con las gomas ponchadas, salir a como sea… ¡Arriba muchachos, nos vamos! Nos retiramos, nos retiramos…

Santana que maneje directo al Caney, tomamos el cuartel y nos empatamos con la gente de Bayamo. ¿Somos tres, cuatro en esta máquina ¿no?, tenemos las armas y nos queda parque aún… Pues sobra para asaltar también El Caney, hay gente nuestra combatiendo todavía, ¡No podemos quedarnos así, yo sé que hay gente batida en Santiago todavía!…

Buen chofer este muchacho, pero es de los artemiseños, no conoce la ciudad… Sin embargo tiene razón, no vale que le siga gritando. Es verdad, El Caney debe estar ya movilizado, y nos van a estar esperando. No vamos a regalarnos por gusto, muertos no servimos... Bueno… de acuerdo, es una locura. Doblamos a la derecha, nos vamos a Siboney. Seguimos el plan original. Allí en la granjita quedaron algunas armas y llegará todo el que pueda salir de Santiago...

No creo que nuestro grupo tuvo tantas bajas, nos fuimos a tiempo, al menos la mayoría, en medio de aquel infierno. Me monté en el último carro, luego apareció el herido y no cabíamos, me bajé para que se lo llevaran a él. Salí caminando de espaldas al cuartel, me viraba y disparaba, me quedé solo, solo en medio de la balacera, y entonces me reí de la muerte… Fue cuando apareció el artemiseño loco este, vi su carro pasarme por el lado y luego venir volando de marcha atrás, me reconoció, y casi me monta él mismo en la máquina…

Llegaremos a la granjita… allí que cada quién decida qué quiere hacer. Yo me voy con los que me sigan a las montañas, y allá reiniciamos la lucha contra la tiranía. El grupo de Bayamo quizás tuvo mejor suerte y tomaron aquel cuartel, gente dura, la otra pata del plan… Ellos nos apoyarán…

¿Cómo estarán los muchachos del Saturnino Lora? Espero que hayan recibido la orden de retirada que les mandé con Chenard, y seguramente escaparon también… Para ellos el plan era perfecto. Nosotros sacábamos a los guardias del cuartel, borrachos, dormidos, asustados, en calzoncillos por el fondo de las barracas hacia el patio posterior, y ellos, desde las ventanas del hospital, tenían un blanco seguro si alguno intentaba resistencia…

Allí no había peligro. Después de rendir la guarnición, del Saturnino salía el grupito de Muñoz y Gómez García a tomar la Cadena Oriental de Radio. Muñoz además de médico es radio aficionado y Gómez García tuvo un programa en la emisora de Güines, podía leer perfectamente el manifiesto que redactó… ¡buena cabeza esa!, luego ponían los discos, el discurso de Chibás… Las instrucciones estaban claras: sólo si tomábamos el Moncada movilizábamos Santiago, al pueblo le dábamos las armas que sacáramos de allí…

Lo más difícil fue convencer a Abel para que no viniera al cuartel, tuve casi que ordenarle su misión de sobrevivir y continuar la lucha si nosotros caíamos. Mira que me insistió con el argumento de que no fuera yo al lugar de mayor peligro, para que no se repitiera la historia funesta de Martí… Él, las muchachas y el resto de esa tropa ya tienen que haber salido del hospital, ellos conocen Santiago y los planes de seguir a Siboney. Abel es el mejor de todos nosotros…

¿Y Raúl? Hice bien en mandarlo con el otro grupo, desde allá arriba de la Audiencia podían disparar al polígono del cuartel también sin correr tanto peligro. Ni siquiera sé si lo lograron. Mira que aparecerse ese muchacho aquí, a última hora sin decirme nada. Los viejos no me perdonan si le pasa algo. Pero ese es gallito de pelea, ya sé que no hay quien lo pare… Le estoy debiendo un abrazo…

Me mata la incertidumbre, me mata lo que pasó, el Moncada podíamos tomarlo casi sin disparar… Meses de silencios compartidos, de conspiración, de entrenamientos, de definiciones, de convencimiento; meses de burlar el miedo a la represión, a la tortura y a la muerte. Meses de acopiar las armas, el dinero, la gente donó todo, salarios enteros, vendió lo poco que tenía… Meses de pulir una y otra vez el plan del asalto a los dos cuarteles, la toma de la emisora… Y luego mover a esa tropa por todo el país, más de ciento treinta hombres, y las dos muchachas, nuestros fusilitos, las escopetas y las pocas ametralladoras, carros, tren, granjita Siboney… Tantos esfuerzos para quedarnos en esto...

Ya amaneció… ¿Cuánto duró el asalto? Quince, veinte minutos, creo que no mucho más… Al final lo hicimos, o al menos lo intentamos… Ahora Batista sabe que esto no es un paseo, que Cuba no es suya. Encendimos otra vez el motor de la historia. Y no hay marcha atrás. Nos vamos a la Sierra, a nuestra manigua redentora. ¡Martí no murió en el año de su centenario! Se me cierran los ojos ¿Cuánto días llevo sin dormir?...

César Gómez Chacón, 24 de julio 2020