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¿Producir todos los alimentos que necesitamos con la misma economía, con las mismas estructuras y haciendo lo mismo? IV. Lo local y lo nacional

La academia y los productores tienen un punto de confluencia con un potencial casi infinito, porque todos deben tener el mismo objetivo. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

La gestión local de la producción y consumo de alimentos es muy importante. Es en las fincas y grandes plantaciones distribuidas en el país donde realmente se produce y se puede crear un valor primario de procesamiento industrial y es en las tiendas y mercados de todo tipo, también a lo largo del país, donde se consume. Se hace por ello evidente que en la localidad deben tomarse muchas decisiones trascendentales. La gestión municipal, provincial y nacional cumple su papel también insustituible y sistémico al balancear y promover sinergias entre ellas. El beneficio y procesamiento de los productos básicos a diferentes escalas, así como el abastecimiento a los muchos y diferentes tipos de establecimientos minoristas y mercados que deben existir en todo el país, dirigidas sobre todo a los grandes núcleos poblacionales, forman parte de un sistema que tiene que ser coherente y generalmente requiere de gestiones que trascienden lo local.

Desafortunadamente, las estructuras actuales de gestión, planificación y subordinación de la producción y consumo de alimentos no parece que tengan en cuenta esto. Las empresas, y sobre todo las fincas y pequeñas propiedades suelen ser en la práctica solo unidades de base de sistemas de organizaciones verticales nacionales con una misión única. También carecen de la diversidad e integralidad necesarias y de los incentivos para alcanzarlas.

En las condiciones de un creciente reparto de tierras en parcelas incomparablemente más pequeñas que las grandes extensiones de las plantaciones estatales, no queda otra alternativa que buscar formas de gestión favorables y que resuelvan las contradicciones inevitables de la mejor forma posible. En este sentido, desde el nivel local es preciso que haya la mayor capacidad de decisión y sabiduría para ello, estableciendo los enlaces correspondientes con las políticas nacionales y provinciales.

Ante todo, parece evidente la necesidad de delimitar bien cuál es la gestión de gobierno y cuál la empresarial. La de gobierno es fundamentalmente para el bien de todos, a veces incluso a pesar de algunos. La empresarial es para el bien de la empresa o el pequeño productor, esencialmente en el valor del trabajo creado traducido en beneficios, aunque en un buen socialismo debe ser también determinante el interés de todos. Las prioridades están claras en ambos casos: para el gobierno el bien de todos y para el productor el de su economía. Lo que parece bastante disfuncional es que una empresa, aunque sea estatal, tenga funciones de gobierno, y que un agente gubernamental tenga funciones empresariales. Los conflictos de intereses son evidentes. Se ha trabajado para resolver esta contradicción, pero aún no ha madurado lo suficiente.

Existe un tercer factor además del gobierno y el productor: la sociedad civil socialista. En las localidades puede ser muy rica porque tenemos un nivel de escolaridad muy elevado en toda la población en comparación con muchos países. Esa sociedad civil siempre va a poder ver los problemas desde un punto de vista que enriquecerá el del productor de valor económico y el del gobierno, para el bien de todos. Puede facilitar la capacidad de sincronización y colaboración de todos los factores. El socialismo, por principios, está mejor preparado que el capitalismo para que esta sociedad civil sea muy democrática, pues en ella no deben predominar los integrantes más ricos sino los que mejor representan los intereses de la mayoría y su sabiduría.

Si consideramos dentro de esa sociedad civil a los centros de educación media y superior de las localidades, tanto como instituciones como con sus trabajadores intelectuales y a otros conocedores locales, también puede aportar ciencia e innovación de forma considerable, además de buenos consejos. Los grupos de expertos asesorando a los gobiernos a partir de las entidades académicas en la sociedad civil, pueden ser una fuente muy importante de progreso.

En ningún sistema humano de este mundo se puede lograr que absolutamente todos los cuadros de dirección sean los idóneos. Pero un buen desarrollo de la cultura de dirección colectiva lo optimiza todo. Tener en cuenta la sabiduría acumulada por las personas y también la disponible en la información mundial, hoy al acceso de todos y en todas partes, en los teléfonos, gracias a internet, es decisivo. La promoción del saber popular, la investigación científica y la innovación que esto conlleva es la vía del progreso sistemático. Todo esto puede hacer menos decisivo el papel de cada cuadro individual y mucho más efectiva la realización de las misiones de cualquier sistema con una dirección colectiva. Y el de la producción de alimentos es quizás uno de los más indicados para esta forma de gestión.

La academia y los productores tienen un punto de confluencia con un potencial casi infinito, porque todos deben tener el mismo objetivo. Eso en Cuba no es difícil de lograr, aunque haya competencia entre los productores, porque el gobierno es de todos y además ha quedado muy fortalecido localmente después de la reforma constitucional. Nada mejor que una reflexión colectiva de este tipo para proyectar qué y cuánto producir para lograr soberanía alimentaria y nutricional y crear riquezas adicionales con el único límite de las posibilidades.

Los sistemas agroalimentarios locales abarcan naturalmente toda la cadena, incluyendo industrias procesadoras y la comercialización mayorista y minorista. Deben incluir también incentivos y posibilidades para la creación, y también desaparición, de formas productivas y empresas de diversa escala, incluyendo sistemas de financiamiento. Es así como pueden tener en cuenta las demandas y criterios de todos y de los consumidores sin precondición dogmática alguna.

El accionar de los expertos tiene muchas aristas y debe funcionar hasta para los niveles nacionales. El reconocimiento de que una cosa son las decisiones y otra las opiniones es muy importante. La diferencia entre un decisor y un opinante está en que el primero tiene que responsabilizarse con lo bueno y lo malo de lo que decida y el segundo debe poder emitir el criterio que estime sin temor a consecuencias por equivocarse. El decisor tiene la libertad y la responsabilidad final de hacer lo que estime tomando en cuenta o no las opiniones.

Una organización de esta índole se materializaría así en Sistemas Agroalimentarios Locales Soberanos y Resilientes. Estos pueden abarcar todo el proceso, desde el consumidor conociendo sus demandas y su satisfacción, hasta el productor, tanto de las grandes empresas como de las pequeñas parcelas y fincas, atendiendo a las conveniencias y capacidades reales de todos y cada uno. El socialismo próspero y sostenible pasa por crear modos de gobierno y vida también sostenibles donde todas las personas tengan derecho con equidad a lo esencial, de lo que la alimentación forma parte inalienable. La única finalidad y responsabilidad de un sistema verdaderamente socialista es el bienestar material y espiritual del ser humano.

Estación Experimental de Pastos y Forrajes “Indio Hatuey” y Baltimore, 28 de junio de 2020