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La lealtad tiene premio

Klopp, entrenador de fútbol. Foto: Fox Deportes.

Un premio a la lealtad inmarcesible de sus hinchas: nadie podría objetar, en una
valoración fría del reciente título del Liverpool —primero que consiguen los reds bajo el actual formato de Premier League— que este matiz puede definir el logro reciente del conjunto de Anfield. Cuando el club atravesó momentos duros, incluso ajenos a las principales competiciones europeas y con el overol manchado por el esfuerzo destinado a consolidar un proyecto ganador, quienes nunca fallaron fueron los aficionados. En su templo, antes de cada partido, lo demostraron a gritos. You´ll never walk alone (Nunca caminarás solo) fue, más que un eslogan, la tenaz declaración de fidelidad que mantuvo en pie a una entidad histórica.

Y como suele sucederles a casi todos los persistentes, también a los fanáticos reds les ha llegado su momento de disfrutar. El punto de partida de una nueva etapa arrancó, probablemente, con la llegada del alemán Jurgen Klopp al banquillo de Anfield y la posterior paciencia de la grada y la directiva para permitirle construir un equipo acorde a sus ideas futbolísticas, sin importar la carencia prematura de resultados. Bien lo sabían, en este deporte la premura suele resultar un obstáculo demasiado dañino para la consecución del éxito. Y Klopp, que supo escoger bien su destino cuando muchos gigantes susurraron jugosas ofertas en sus oídos, ha devuelto gratamente la confianza.

Pero no solo eso: el puesto de privilegio que se ha ganado a pulso el Liverpool en Europa durante los últimos años ha sido, contrario a muchos proyectos con iguales ambiciones, sin despilfarros escandalosos ni movimientos rimbombantes en el mercado. Tienen plata y la han gastado para paliar sus necesidades en posiciones estratégicas de la cancha, pero las ansias de victoria no les han llevado a lanzar la casa por la ventana. Su dupla de laterales, por ejemplo, ha sido fruto del ojo clínico de sus ojeadores y el trabajo de los técnicos de la cantera.

Andrew Robertson y Trent Alexander-Arnold son —y aquí tenemos un nuevo y atractivo debate— la mejor pareja de carrileros de toda Europa. Habrán otras, lógicamente, pero el nivel alcanzado por este par de jóvenes en tan corto tiempo ha sido un regalo a los amantes del fútbol vertical y propositivo que defiende Klopp en su estilo. Rapidísimos en el recorrido por la banda, incisivos en el ataque y potentes en el uno contra uno, su frescura representa un bálsamo cuando el equipo está atascado en jugadas ofensivas. Ponen una cuota de irreverencia indispensable en el vértigo que suele definir al conjunto de la ciudad de los Beatles.

Sin embargo, una mirada en retrospectiva nos obliga a recordar los años en que
Brendan Rodgers, actual entrenador del Leicester City, rozó la gloria en sus
aspiraciones de devolver al Pool a la cima de la Premier, así como la extensa obsesión del lado rojo de Merseyside por un trofeo esquivo durante tres décadas, que equivale casi a una eternidad para aquellos acostumbrados a las mieles de la élite. Ni con Gerrard, el eterno capitán y líder dentro y fuera del césped, pudieron saciar la sed de las décadas mirando a los rivales de abajo hacia arriba.

Por ello cobra un significado aún mayor este reinado. Cuando los nietos de los hinchas que frecuentan hoy Anfield pregunten a sus abuelos por el regreso del Pool al trono de la Premier, estos les contarán sin dudas de las gestas de Salah, aquel egipcio llegado de la Roma que encandiló al mundo con su zurda, Mané, llegado de Southampton y convertido en gigante, Van Dijk y su estratosférica cifra de fichaje que, en inicio, muchos calificaron como un dinero echado en la basura.

Pero sobre todo, recordarán que este Liverpool avasalló a cuanto equipo se le plantó enfrente, incluido el temible Manchester City de Pep Guardiola, esculpido a golpe de talonario y solidificado por uno de los entrenadores más influyentes de la historia. La diferencia en la tabla de posiciones no es solo una cuestión estadística; si algo identifica a los de Klopp es su vocación para derrotar a los rivales con un estilo directo, vertical, acelerado, casi tan eléctrico que cuando la mayoría de los contrarios se percatan, ya están debajo en el marcador. Esta vez, cuando los clubes grandes de la Premier han abierto los ojos, han visto otra vez al Pool en el sitio de mandamás. Y el aspecto hegemónico de un grande renacido de sus cenizas les ha impedido siquiera reaccionar.

El Bayern, un clásico

Sería un despropósito culminar nuestra columna semanal sin dedicarle unas líneas al Bayern, cuya supremacía en Alemania apunta a una de las épocas más gloriosas de la entidad bávara y de cualquier club teutón en sentido general. El inicio titubeante de temporada hasta el despido de Niko Kovac no fue más que un espejismo en Munich. La llegada de Hansi Flick al banquillo devolvió la moral a un equipo que no tiene rivales en la Bundesliga. Cierto es, en cualquier caso, que el descenso inexplicable en cuanto arendimiento y resultados del Borussia Dortmund, que desperdició una ventajaconsiderable —y una oportunidad de oro de romper con la hegemonía de suarchienemigo— les facilitó el camino hacia su ¡octava corona consecutiva! Casi nada...

La frase:

“Entrenar es una historia de amor con un club; tienes que esperar que dure para siempre y aceptar que podría acabarse mañana.” (Arsene Wenger).