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La gloria de Rosita será eterna por mandato de millones de cubanos

Rosita Fornés. Foto: Granma

La noticia de la muerte de Rosita Fornés es de esa que nos hace llorar por dentro y por fuera. ¿Qué joven de mi época no se enamoró de ella?

La vida me hizo un regalo cuando yo tenía 18 años y ella algo más de 40, con vitalidad y belleza inigualable. Coincidimos en un vuelo desde Santiago de Cuba a La Habana en octubre de 1966. Yo para iniciar mis estudios en la Escuela de Matemática de la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Habana. Ella de regreso de una visita a mi tierra natal.

Cuando abordé el avión ya ella estaba sentada, pero el asiento adyacente estaba desocupado. Ella se percató que yo con cierta timidez quería sentarme a su lado, y con ese desenfado que siempre le caracterizó, me dijo: "si quieres puedes sentarte a mi lado, no espero a nadie".

Fueron 55 minutos maravillosos para mí. Cuando le conté que estudiaría Matemática se le erizaron los pelos, y de inmediato me dijo que ya sabía a quien acudir cuando se trabara con los números.

Yo le confesé que tenía temor de poder triunfar en una ciudad como La Habana. Me dijo tantas cosas alentadoras que me bajé del avión con la convicción de que todo, o casi todo, me iría bien. Al despedirme de ella me dijo que ella me auguraba muchos éxitos, y que tal vez un día ella me llamaría para confirmar su premonición.

Unas semanas después de que yo asumiera la presidencia de la FEU de la Universidad de la Habana, recibo una llamada y la secretaria me dice que era Rosita Fornés, pero que pensaba que era una broma.

Como yo me acordaba perfectamente de lo sucedido cinco años antes, respondí con optimismo. Con su gracejo habitual me preguntó si tenía unos minutos para atender su llamada, y para que no me pusiera nervioso, me cantó un pedacito de "Son de la loma".

Yo lleno de emoción dije, entonces es verdad, es usted. Volvió a regañarme por no tutearla, y me recordó su augurio. Conversamos un rato y terminó diciéndome que la FEU podía contar con ella.

Todo homenaje que se le rinda será poco. Decir Rosita, así sin apellido, es decir Cuba. Si el avance tecnológico lo permitiera, dejaría caer sobre la pantalla unas lágrimas que ahora están cayendo cerca del teclado de la computadora. No pido Gloria eterna para Rosita, porque su gloria es y será eterna por mandato de millones de cubanos.