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A quien no quiere limonada…

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Díaz-Canel intercambia con el pueblo en una de sus visitas a Trinidad. Foto: Estudios Revolución.

Hay quienes viven un idilio eterno con el odio; son los que “buscan coléricos la mancha o defecto y gozan cuando la hallan”. Así retrató José Martí a esas “almas ruines”, que han reverdecido en las últimas semanas en las redes sociales y en medios de prensa, que vegetan —financieramente hablando— mientras profesan su ojeriza hacia la Revolución cubana. Vienen a ser —ahora me sale la estirpe montuna— gallos y gallinas con el pico abierto, debajo de la mata de ateje, en espera de que caiga el racimo, no de frutos rojizos, sino verdes, verdecitos.

En esas coordenadas se inscribe el reciente capítulo de la campaña de satanización de los líderes cubanos, específicamente del Presidente de la República Miguel Díaz-Canel, blanco de mofas que pretenden ridiculizarlo ante la opinión pública, porque les carcome que la Revolución no terminara con sus guerrilleros.

Como siempre, buscan o inventan algún pretexto, un pie, en este caso más que forzado; esta vez todo comenzó a raíz de una información publicada en el Noticiero Nacional de la Televisión (NTV) el pasado 24 de mayo, centrada en un tema de la agenda gubernamental: la producción de alimentos, análisis encabezado por Díaz-Canel y el primer ministro Manuel Marrero Cruz.

Además de citar a Marrero Cruz y a los titulares de la Industria Alimentaria y de la Agricultura, Manuel Sobrino Martínez y Gustavo Rodríguez Rollero, en ese orden, el reporte en cuestión incluyó el llamado del mandatario a incrementar la producción de alimentos.

Ese sector adquiere un valor estratégico —recordó Díaz-Canel— refrendado por documentos rectores como los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, la Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista y el Plan Nacional de