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“Una promesa de ayer, hoy y siempre: ¡Cuba no se acobardará!”

Vigilia en honor a las Víctimas del Terrorismo contra Cuba, Plaza de la Revolución, 5 de octubre de 2016. Foto: Ismael Francisco / Cubadebate

El pasado 30 de abril de 2020, la Embajada de Cuba ante Estados Unidos sufrió un acto terrorista, cuando un individuo desconocido disparó con un fusil de asalto más de 30 balas contra el edificio de la misión diplomática cubana. A pesar de la gravedad del acontecimiento y en una instalación ubicada a escasa distancia y en línea recta de la Casa Blanca, el gobierno estadounidense no ha emitido una declaración oficial condenando los hechos.

Esa es otra manera de apoyar al terrorismo. Dejar de condenarlo y enfrentarlo, también es una forma de promoverlo. Existe una la larga lista de actos de esta naturaleza que desde hace seis décadas fueron alentados y financiados por diferentes administraciones norteamericanas contra Cuba, que provocaron grandes pérdidas económicas y la muerte de 3 478 personas y 2 099 incapacitados.

Desde los primeros años del triunfo de la Revolución las acciones de sabotaje, terrorismo, quema de cañaverales y ataques piratas, fueron una constante. Entre los más violentos estuvieron el sabotaje del vapor francés La Coubre en 1960, con un saldo de más de 100 muertos y 400 heridos; la voladura en pleno vuelo de un avión civil cubano en 1976, con 73 personas a bordo; la introducción deliberada de la epidemia de dengue hemorrágico en 1981, que causó 158 fallecidos, dentro de ellos 101 niños; y las bombas en 1997 en instalaciones turísticas, en la que perdió la vida un joven turista italiano.

Otro de los proyectos terroristas estuvo dirigido a eliminar físicamente a los máximos dirigentes cubanos. Luego del fracaso de la invasión mercenaria por Playa Girón, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos organizó la “Operación Patty”, que consistía en atentar simultáneamente contra el Primer Ministro Fidel Castro Ruz en el acto central por el aniversario del 26 de julio de 1961 en la Habana y contra el comandante Raúl Castro Ruz en Santiago de Cuba. Con armamento facilitado por la Base Naval de Guantánamo, se simularía una agresión a esta, de fuerzas cubanas como represalia por el asesinato de sus dos principales líderes, lo que justificaría la reacción del gobierno estadounidense y el comienzo de la agresión militar directa contra Cuba. El plan se logró neutralizar y fue uno de los 634 intentos de asesinato a Fidel.

Otro de los complot más peligrosos se organizó en el 2000, durante los preparativos de la X Cumbre Iberoamericana en Panamá. Los asesinos introdujeron 43 libras de explosivos plásticos C-4 y planificaron detonarlo en el Paraninfo de la Universidad, lugar donde se reuniría el líder cubano con un numeroso grupo de estudiantes y profesores, lo que hubiera constituido una verdadera masacre.

Las representaciones diplomáticas cubanas y funcionarios del servicio exterior también han sido objeto de hechos terroristas. Varios de ellos ocurrieron en el propio territorio de Estados Unidos. Entre los más significativos estuvieron el ejecutado en 1964, por un comando terrorista que disparó una bazooka contra la fachada del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York, donde pronunciaba su discurso el Comandante Ernesto Che Guevara y en la que estaban presentes diplomáticos y líderes de varios países del mundo; el artefacto explosivo lanzado en 1979 contra la misma instalación atacada recientemente, que entonces funcionaba como Sección de Intereses de Cuba en Washington, que al estallar causó considerables daños materiales; y el asesinato un año después, del diplomático cubano Félix García que se desempeñaba en la Misión Cubana ante las Naciones Unidas.

A pesar de las reiteradas denuncias de las autoridades cubanas y las pruebas presentadas de manera directa, argumentada y exhaustiva, los involucrados en los hechos terroristas quedaron impunes ante la justicia y se han paseado libremente por las calles de Estados Unidos. Por cierto, varios de ellos estuvieron como invitados, el 16 de junio de 2017, al acto del presidente estadounidense Donald Trump, donde anunció la política de su gobierno hacia Cuba.

El lugar y las personas escogidas para participar en el acto constituyeron un regreso al pasado hostil contra la Revolución. En el Teatro Manuel Artime de La Pequeña Habana en Miami, que lleva el nombre del jefe civil de la brigada mercenaria 2506, Trump rodeado de un reducido grupo de mercenarios, esbirros de la dictadura batistiana, terroristas y politiqueros, apostó por el retroceso, la presión y la retórica. Desde entonces, las acciones de guerra económica e ideológica han ido en aumento. Lo más lamentable es que han arremetido contra la Mayor de las Antillas en medio de la pandemia de la COVID-19, afectando seriamente la capacidad de adquirir equipos médicos y medicamentos para salvar vidas humanas.

De ahí que el atentado terrorista contra la sede diplomática cubana en Washington, no debe verse como un hecho aislado. Es el resultado de una política de agresión que se ha practicado contra la Revolución por más de 60 años y que exacerba el odio de la extrema derecha anticubana, que se siente estimulada por las declaraciones hostiles de altos funcionarios del actual gobierno estadounidense.

Ante esta nueva provocación, retumban las palabras del líder histórico de la Revolución Cubana pronunciadas hace seis décadas, durante las honras fúnebres de las víctimas de la explosión del barco “La Coubre”, el 5 de marzo de 1960:

“Y al despedirlos, en el umbral del cementerio, una promesa, que más que promesa de hoy es promesa de ayer y de siempre: ¡Cuba no se acobardará, Cuba no retrocederá; la Revolución no se detendrá, la Revolución no retrocederá, la Revolución seguirá adelante victoriosamente, la Revolución continuará inquebrantable su marcha!”.