
No existirá la perfección mientras exista la subjetividad humana. Foto: Getty Images.
No existirá la perfección mientras exista la subjetividad humana. Así de claro. Ni en el Var, esa tecnología tan cara y vilipendiada, ni en la vida misma, veleidosa como las propias decisiones arbitrales. Por este motivo sorprende muy poco el ruido mediático en torno al empleo de los monitores, con las repeticiones de jugadas desde muchísimos ángulos, para pitar con certeza los partidos de fútbol y evitar las injusticias.
El Var funciona a medias. Y cuando lo hace, casi nadie le reconoce el mérito. Son cuestiones tan antiguas como el deporte mismo: el silencio es el aplauso de los jueces. Si nadie los menciona tras culminar el partido, pueden darse por satisfechos. No obstante, ni siquiera la bondadosa cámara lenta ha impedido que, entre tantas “situaciones grises” acontecidas cada fin de semana en las canchas de fútbol, la gente vuelva a cargar contra los colegiados para encargales la culpabilidad de las derrotas de sus equipos.
Aquí aparecen dos elementos fundamentales. En primer lugar, suceda lo que suceda, la tendencia del fanático de atribuir responsabilidades a los árbitros y no a los jugadores parece carecer de fecha de caducidad. Siempre será así. Al hincha le cuesta asumir el grado de imparcialidad suficiente para disfrutar del fútbol sin sesgos. El segundo punto es aún más complejo, puesto que apunta al funcionamiento de una tecnología que, tras par de temporadas de uso, todavía despierta dudas incluso hasta en los momentos en que debe o no usarse.
Dicho esto, algunas personalidades de peso como José Luis Mendilíbar, entrenador del Eibar, apuntan en el VAR un instrumento cancerígeno para el fútbol, rompedor de los romanticismos y un puñal para el ritmo de los encuentros y la espontaneidad de todos los actores de la cancha. En este punto tiene razón. Ya ni los goles se celebran con la misma vehemencia o, en todo caso, se celebran dos veces: una cuando el balón impacta con las redes y otra cuando los jueces lo ratifican con la venia de sus colegas ante los monitores.
El problema no es el VAR per se, sino su funcionamiento. En España, sobre todo, quizás la liga de peor arbitraje entre las grandes de Europa, cada fin de semana llueven las quejas y los escándalos, los tweets irónicos de los clubes o la fiesta amarillista de los medios de comunicación. En realidad, aunque muchas veces las reacciones sean exageradas, sobre todo en busca de generar estados de opinión desfavorables, los verdaderos culpables de este entuerto son los mismos árbitros.
El escándalo nace cuando el mundo entero ve una cosa y los de amarillo otra. ¿Casualidad? ¿Desconocimiento? Tantos ojos no pueden estar equivocados y, aún sin el conocimiento de las reglas, la cámara nunca miente. Esta temporada hemos sido testigos de veredictos errados incluso tras varios minutos de impaz. Si el fútbol va a convertirse en un deporte sin vértigo a causa de detener el balón para analizar situaciones complejas, y luego un señor ve distinto a todos los demás, entonces el VAR resulta un fiasco.
Poniendo en una balanza estos factores negativos, que han disminuido ostensiblemente las simpatías en torno al videoarbitraje, con lo que aporta para regular las injusticias por apreciaciones incorrectas, cada quien podrá sacar su propia conclusión. Algo está clarísimo en todo este dilema: el problema no está en el VAR, sino en quienes lo manejan.
La frase:
“El error cero es imposible, la unificación absoluta de criterios, es imposible, es lo que queda con el VAR, no esperéis otra cosa” (Carlos Velasco Carballo, ex árbitro español).
Capturas de Súperdeportes.
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