- Cubadebate - http://www.cubadebate.cu -

La Habana que hay en mí: El Barrio Chino

En 1999 se inauguró el pórtico de entrada al Barrio Chino, única obra arquitectónica china dentro de él, y en toda América Latina. Foto: ACN

De pequeña los consideraba seres fantásticos, misteriosos, superdotados, de virtudes como la de permitir al mesero de una Fonda ir de mesa en mesa sin hacer anotación alguna, gritar al cocinero cada plato y no equivocarse ni de mesa, ni de cliente. Tal detalle impresionó tanto mis cinco años que llegué a soñar con tener la memoria de un chino para aprenderme las tablas de multiplicar.

Estoy segura que para todos los de mi generación, el espacio enmarcado entre las calles habaneras: Belascoaín, Reina, Galiano y Zanja, era una feria permanente, con portales llenos de golosinas, quincallas repletas de sorprendentes artesanías, de abanicos circulares de papel con forma de acordeón que mostraban dibujos alegóricos a figuras y paisajes de ese recóndito mundo. Todo allí estaba iluminado con pequeños y grandes letreros dorados con fondo rojo, escritos con letras chinas.

¿Quién de nosotros no se convirtió alguna vez en campeón de damas o palitos chinos? ¿Quién no compartió su labor o su aula con alguien de ojos oblicuos y apellidos de fonética típica de esa región asiática? Pero la incógnita se agrandaba cuando uno de los más avispados se preguntaba: ¿cómo llegó el primer chino a Cuba?

Una fragata estampada con el nombre de Oquendo, entraba en la bahía de la Habana una mañana de junio de 1847. Inglaterra y España estaban tratando de ponerse de acuerdo sobre la abolición de la esclavitud; sin embargo, el documento legal no ofrecía garantías a los esclavistas, seguían necesitando fuerza de trabajo barata para las labores agrícolas y domésticas. El primer cargamento de contratados chinos llegó a la isla en el Oquendo, venían llenos de sueños y proyectos, muchos de los cuales se hicieron realidad.

Estos braceros, conocidos como culíes, eran tratados peor que los propios esclavos, y según narra el historiador cubano Julio Le Riverend. Entre los años 1848 y 1874, fueron traídos a La Habana alrededor de ciento cincuenta mil.

A partir de 1860 llegó la primera migración de chinos libres, llamados californianos porque procedían de esta zona estadounidense. Huían del rechazo y la discriminación racial que sufrían en Estados Unidos, y decidieron probar suerte en Cuba.

Los llegados de América comenzaron a instalar sus pequeños negocios, y los contratados que lograban liberarse de los recios contratos se unían a sus coterráneos. Como no les estaba permitido asentarse en La Habana intramuros fueron buscando acomodo alrededor de lo que hoy es la calle Zanja.

Poco a poco comenzaron a surgir comercios, fondas, restaurantes, un cine y un teatro hasta llegar a conformar una comunidad con sus sociedades tradicionales de instrucción y esparcimiento. Así nació el exótico barrio chino de La Habana.

Los chinos californianos -según el historiador José Baltar Rodríguez- introdujeron en Cuba otras actividades como medio de explotación. Organizaron los juegos de La Charada, el Chi Fa, el KuPai, el Si Lo, el Mahjong; abrieron casas de prostitución con mujeres traídas de China y de Estados Unidos, e introdujeron la droga, fundamentalmente, el opio.

En febrero de 1878 abrieron una Casa dedicada a la importación de opio y de los utensilios para su consumo en el establecimiento llamado Han TayLon y Cía, ubicado en Galiano 116. De esta forma, según refiere el investigador cubano Juan Pérez de la Riva, ellos fueron desmoralizando la tradición de los culíes.

La condición social de los chinos estaba por debajo de las altas esferas de entonces, eran motivo de frases despectivas, como por ejemplo: “Cualquier cosa es la mujer de un chino”. Sin embargo, para las mujeres más humildes eran considerados como “buenos partidos”, porque resultaban ser hombres emprendedores, buenos comerciantes y laboriosos, de ahí aquello de “Búscate un chino que te ponga un cuarto”, para indicar la solución económica y social de tales mujeres, también marginadas.

Por las penurias que pasaron la mayoría al llegar a la isla,  en ocasiones eran sinónimo de mala suerte. Si alguien tenía una mala racha se solía decir: “tengo un chino atrás”.

Otra de la cualidad más popular que se le atribuía al “paisano” era la del hermetismo, a punto de no tomar partido en nada, y la forma de expresarlo era: “Yo soy chino” con lo que se señalaba: “no sé nada de tal asunto”.

Los culíes eran realmente subestimados. Habían sufrido vejaciones ilimitadas, el contrato de trabajo firmado por un número de años se les convertía en tiempo indefinido porque así lo imponían sus patrones, y no tenían ni a quien ni cómo reclamar tales engaños. Esta es la causa de otras manifestaciones del habla popular de: “Te embarcaron como a un chino” y “Voluntario como un chino”.

Con el transcurrir de los años, culíes y californianos se fueron integrando en un mestizaje biológico que los convierte hoy en un componente étnico significativo en la formación del carácter cubano de nuestra nación.

Son numerosas las comunidades chinas en casi todo el mundo. Pues se agrupan y preservan sus tradiciones. Sobre este aspecto, Eusebio Leal, historiador de La Habana nos comentó hace 25 años, ¡un cuarto de siglo!:

“Debemos situarlo como un barrio extramural que de pronto accedió a la riqueza, por así decirlo, a partir de que se construye la Zanja Real a fines del siglo XVI. La Zanja venía sorteando La Habana desde sus fuentes en el Río Almendares. Desde el Puente Grande y toda esa zona alta, seguía por El Cerro, atravesaba la franja de El Castillo del Príncipe, serpenteaba la Quinta de los Molinos y se desviaba en un ángulo para penetrar por lo que es hoy la calle Zanja.

“A partir de que esa agua entró allí, después de recorrer medio territorio de la actual provincia, se fomentaron huertos y cultivos hasta de caña de azúcar, por ser una zona muy cerca de La Habana, con buenas tierras, y con irrigación propia.

“Se hicieron acequias permitidas por el Cabildo, y antes de entrar en la ciudad intramuros, pasaba por esa línea a techo descubierto, lo cual hacía de ésta, un agua contaminada, ya que por ahí pacían animales. Su último destino era el corazón de la ciudad vieja y particularmente la Plaza de la Catedral hasta el Callejón del Chorro, que era el punto final del primer acueducto habanero.

“La mayoría de los chinos culíes que terminaban su contrato, se establecían en lugares donde pudieran hacer sus huertos. Los que tenemos ya algunos años recordamos que en la zona de la actual Plaza de La Revolución donde está el monumento a Martí, eran enormes campos de flores y los sembrados de los chinos. Allí íbamos a comprar cebollas frescas, acelgas y todo aquello típico de su huerta que sólo podía encontrarse allí: apio, perejil, en fin esas maravillosas hierbas que añoramos hoy porque eran el fruto del amor y el trabajo de los chinos, que ancianos, descalzos con canilla al aire, con sus pantaloncitos recogidos y sombreros de cono, permanecían guataca en mano sobre sus campos preciosamente organizados.

“Con el tiempo, el desarrollo y auge constructivo de la ciudad hizo que encarecieran los terrenos más allá de los productos de la tierra y todos aquellos cultivos fueron sustituidos por edificaciones. Como hombres ingeniosos que son, los chinos comenzaron a abrir diversos negocios, establecieron pequeñas fondas, boticas, un cementerio, zapaterías, tiendas, restaurantes, periódico propio, cine y teatro, el famoso Shanghai, donde se exhibían obras que hoy formarían más parte del mundo del arte que del mundo de lo chispeante y tocado de malicia.

“Sus asociaciones fraternales se reunían y actuaban con gran dignidad haciendo que trascendiera a otras generaciones de jóvenes, las tradiciones, la cultura, y el idioma.

“Si me preguntaras por el destino del Barrio Chino, yo te diría que va extinguiéndose lentamente la presencia asiática allí y que sólo una obra vigorosa desde el punto de vista cultural, que a mi juicio comienza con la restauración de la zona, podría significar el rescate de toda esa arquitectura de finales del siglo XIX y principios del XX.”

En 1999 se inauguró el pórtico de entrada al Barrio Chino, única obra arquitectónica china dentro de él, y en toda América Latina, además de una de las mayores fuera de ese país asiático. Fue financiada por el gobierno chino con materiales traídos de esa nación. Lo llamaron «El pórtico de la Amistad» y se halla en la calle Dragones, esquina a la calle Amistad.

Es una marquesina de hormigón, con un peso de tres toneladas, dieciséis metros de ancho y doce metros de alto, cuya parte más baja está a seis metros a nivel de la calle. Su estructura de columnas y vigas es de hormigón armado revestido de granito gris, y la cubierta es de tejas de cerámica esmaltada en color dorado. Posee características técnicas que la protegen de sismos, huracanes y descargas eléctricas, y sus guirnaldas y luces pueden soportar la intemperie. Este fue un trabajo que proyectaba una visión de los muchos intercambios económicos y culturales que les esperaban a ambos países. Y así ha sido.

Hoy, aquellos sueños de Eusebio Leal se han convertido lentamente en realidad: el China Town de La Habana revive, y es otra vez restaurado con motivo de los 500 años de La Habana. Tales acciones no solo repercuten en la belleza urbanística, restaurantes o comercios, puedo ver cómo se reivindican las aspiraciones de culíes que vinieron descalzos y hambrientos buscando apoyo y sólo encontraron desprecio y humillaciones.

Quienes viven ahora en este espacio habanero, y los descendientes de los culíes o californianos, son los llamados a perpetuar la historia en la que no podrán faltar figuras importantes mezcla de chino, negro y cubano. Ahí están las obras de ilustres como: José Luciano Franco, Wilfredo Lam y Regino Pedroso.

Todavía es posible andar por la calle Zanja y toparse con algún anciano de ojos rasgados, mirada penetrante y desconfiada, verlo avanzar con paso lento. Luego de conocer la historia de estos inmigrantes, es fácil suponer cuantas imágenes de congoja guardan sus retinas cansadas. Pero no denotan resentimiento alguno, su sabia cultura milenaria, sus tradiciones, su fuerza interior les han enseñado a enfrentarlo todo, en el decir de Confucio, con “paciencia, muuuucha paciencia”, como si no estuvieran más allá de El Pacífico.