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La escuela que vive

Primer día de clases. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Hay vida en la escuela que mantiene flores en el busto de Martí, que guarda el primer puesto en la fila al niño especial, que suma voces en el matutino para cantar felicidades al pionero de cumpleaños, que cierra sus puertas a las ocho de la mañana y no las abre más hasta las 4 y 20 de la tarde, porque el proceso docente merece respeto.

La vida corre intempestiva donde se canta el himno a viva voz, no como en un lamento, y se camina al asta con la bandera en el pecho y allí ondea toda la jornada; amanece hermoso en la escuela que recibe a sus niños con los buenos días, que pregunta por la familia, que se interesa por la batalla que quizás está librando el niño más triste del aula.

Vive la escuela que exige el uniforme como es y no como las modas dictan; que cuelga en sus paredes cuadros de héroes y también de dibujos animados; que hace la gimnasia matutina con música de moda, la que no agrede.

Muere la escuela donde a los maestros no se les regala abrazos, ni flores; donde escasea la pregunta de “profe, en qué podemos ayudarle”; donde ellos no tienen la última palabra porque un padre osó imponerse con el hijo delante; donde se alza la voz porque los argumentos también murieron.

Le falta el aire a la escuela donde los niños no juegan y a aquella en que el silencio reina. Se seca como árbol cansado la que no tiene pioneros exploradores, ni disfraces, ni fiestas, ni canciones, ni acampadas, ni juegos del pon, de yaquis o escondidos…

La escuela que vive y la escuela que muere están separadas solo por un par de cuadras. Pero ante las mismas carencias, a una le nacen alas.