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La Vida

Río del Parque Kruger, en Sudáfrica, con un paisaje parecido al que pudo haber sido el del inicio de la vida, pero miles de millones de años después y ya mostrando vida en forma de plantas acuáticas con huellas de animales superiores. Foto: Luis A. Montero / Cubadebate

Los seres humanos somos unos recién llegados muy curiosos, ávidos de información, en este mundo. “¿Qué somos?”, “¿Por qué y para qué estamos aquí?”, son preguntas inevitables que nos hacemos. Esas interrogantes son el fruto natural de nuestra condición de tener funcionando un sistema que hemos denominado “nervioso”, tan sofisticado, que nos permite asimilar, almacenar y procesar muy eficientemente la información que obtenemos por diversas vías sensoriales acerca de lo que nos rodea. Es ese, precisamente, uno de los caracteres que nos diferencian como especie.

La respuesta inmediata que solemos encontrar es la de que alguien como nosotros nos fabricó con algún propósito y nos puso en este mundo para algo. El efecto de que existamos induce la creencia de que nos hicieron, al igual que nosotros hacemos muchas cosas que nos convienen para que existan y nos sirvan de alguna manera. Al no poder identificar ese creador universal entre nuestros congéneres, más allá de los propios padres y madres que nos engendraron, una explicación aceptable puede ser la de que quien nos hizo no es tanto como nosotros. Se trataría de un ser inmaterial, que no podemos detectar con nuestros sentidos directamente, y mucho más poderoso (¡nos pudo inventar!). Esto nos conduce a la mística como una explicación plausible de nuestra existencia. Además, puede llevarnos a innumerables deducciones que actúan sobre, y hasta auto condicionan, nuestro comportamiento según las reglas religiosas que escojamos como más confiables. Las propias características que atribuimos a esas deidades impiden que se pueda demostrar lo mismo su existencia que su no existencia, y eso nos hace libres de creer en ellas o no. Se trata de la absoluta libertad de que gozamos todos en nuestro pensamiento más íntimo.

Una explicación no mística de nuestra existencia es mucho más compleja. De hecho, todavía descansa parcialmente en teorías cuya comprobación total es una asignatura pendiente de la ciencia contemporánea. Y cuando se demuestre fehacientemente una explicación científica de la vida, siempre quedará espacio en la mente humana para la creencia de algún origen espiritual, si así lo deseamos. Nuestra computadora nerviosa suele estar demasiado orgullosa de si misma.

Ya se ha comentado que mientras estimamos que la Tierra puede existir desde hace unos 4540 millones de años o 4.54 Giga-años (Ga), las evidencias más antiguas de lo que hubieran sido seres vivos datan de 4.28 Ga, “solo” 130 millones de años después de que se formaran los océanos. Esta es una historia que se construye por piezas procedentes de muy diversas disciplinas. Los historiadores de nuestras guerras de independencia, por ejemplo, tienen el arduo trabajo de escarbar en documentos y hasta alguna declaración de protagonistas registrada en otros soportes para llegar a sus verdades científicas. Sin embargo, los que estudian el origen y la historia de la vida en nuestro planeta tienen que juntar componentes rústicos de un rompecabezas de informaciones de astrónomos, físicos y químicos, que al final se convierten en biología.

Aun así, en las condiciones actuales en las que tanto se conoce acerca de las complejísimas reacciones y procesos que ocurren en el nanomundo para dar lugar al fenómeno de la vida, a muchos les cuesta pensar que no exista una boca sobrenatural que haya provocado el soplo vital inicial. Otros piensan que las moléculas primigenias llegaron del espacio exterior, como pasajeras en o sobre una piedra, cuando no había atmósfera que pudiera calcinarlas antes de llegar a la superficie de la Tierra. Esta hipótesis, hoy objeto de incansables investigaciones en busca de su comprobación, deja de cualquier forma sin atar el cabo de cómo tales moléculas ocurrieron en el rincón del universo donde se hayan originado.

Hace 65 años la revista Science1 publicó un trabajo científico incontrovertible del Prof. S. Miller, entonces en la Universidad de Chicago, cuyos resultados se han verificado y hasta ampliado mucho en estos años. Se trató de un experimento en el que se encierran moléculas de metano (cuya composición se basa en el elemento carbono), amoniaco (proveedor de nitrógeno), agua (de oxígeno) e hidrógeno molecular dentro de un reactor estéril de vidrio. Dentro de esta cámara cerrada se hacen saltar descargas eléctricas. Este es, ni más ni menos, que un simulador de lo que fue la atmósfera de nuestra madre Tierra en las épocas en las que se formaron los océanos, muy diferente de la actual de oxígeno, nitrógeno, agua y dióxido de carbono. Las descargas eléctricas que hoy llamamos rayos son capaces de alterar la estabilidad de los electrones y núcleos atómicos de aquellas moléculas y de cualquier otra, provocando que ocurra con ellas casi cualquier cosa en cuanto a la producción de nuevas estructuras de electrones y núcleos, también estables.

Por cierto, este experimento se declaró inspirado por las ideas del científico soviético A. Oparin, que desde 1922 había emitido una elegante hipótesis acerca del origen de la vida sobre la Tierra. Afortunadamente, la ciencia, la verdad científica, no debe tener ideología, y la Guerra Fría imperante y en pleno auge entonces no impidió esta inspiración y este experimento del norteamericano, 31 años después.

Lo que halló Miller fue muy interesante. Él mismo logró identificar glicina y alanina como productos de las moléculas simples anteriores y en tales condiciones, que son dos aminoácidos relativamente complejos y esenciales para la vida. También, de forma científicamente muy responsable, escribió que consideraba que estaban presentes otros dos aminoácidos, uno de ellos el aspártico. Otros compuestos tan complejos como estos aparecieron y no se atrevió a denominarlos, por carecer de suficientes evidencias. Lo más maravilloso es que muchos años después otros investigadores, con instrumentación muy eficiente, identificaron a todos los aminoácidos de la vida y algunos compuestos esenciales más en los tubos de vidrio sellados del experimento de Miller.

Tengamos en cuenta que la semana que duró el experimento es prácticamente
un instante en términos de los tiempos cósmicos de millones de años en los
que debe haber ocurrido el surgimiento de la vida. En otras palabras, si
en una semana ocurrió todo eso en un simple reactor de vidrio del
laboratorio, ¿qué no podría ocurrir en las condiciones de un planeta en
formación, con mares calientes, y con cataclismos telúricos propios de un
juguetón pedazo de universo en formación, como era nuestra madre Tierra en
esos tiempos?.

La saga de nuestra existencia también se hace mucho más compleja por la
progresiva socialización de informaciones y el egocentrismo que nos es
inherente. De cualquier forma, la leyenda de nuestro posible origen
sobrenatural se ha escrito y reescrito muchas veces a través de la
historia culta de homo sapiens como especie, tanto en forma de ciencia
como de creencia. Se ha convertido también con frecuencia en aparato
ideológico religioso con éticas intrínsecas, que pueden hacer más o menos
feliz nuestra efímera existencia individual y social. La libertad
religiosa de nuestras constituciones es mucho más necesidad que riesgo, si
se es verdaderamente culto, aunque no se profese creencia religiosa

1. Miller, S. L. Science 1953, 117, (3046), 528-529.