La sonrisa de Víctor Jara, imborrable en mi memoria, quedó atrás. La fila india de prisioneros -manos en la nuca- siguió su marcha. Avanzábamos hacia el camión frigorífico de la Pesquera Arauco que esperaba en la puerta del Estadio Chile para trasladarnos (aún no lo sabíamos) al Estadio Nacional. Era la noche del 16 de septiembre de 1973.
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