
Joaquín celebra el gol del Betis ante el Girona. Foto: @RealBetis.
Dijo una vez Joaquín que al regateador era mejor no decirle nada. El regateador es un tipo díscolo que concibe el juego como un espacio público para ensayar diversas formas de vida. Algunas más profanas. Otras menos desquiciadas. El regateador debía ser un alma nefasta que nunca terminaba siendo nefasta porque era, llegado el momento, próspera. De eso se dieron cuenta primero los laterales: cerca de las líneas de banda, avanza quien tenga mayor confianza en las formalidades de la anarquía.
Decía el ruso Bakunin que los anarquistas no protestaban porque los llamasen así. Era una cuestión conceptual relacionada con la inconformidad: el enemigo de la autoridad no debía rebelarse por culpa de las denominaciones, sino por las derivaciones del poder.
En el fútbol, el poder se define a partir de una sociedad de instrucciones donde cada movimiento debería limitarse a extensiones y objetivos casi exclusivos. Un trequartista, por ejemplo, es un delantero condicionado al recorrido; un tipo que acumula kilómetros de traslado; un hombre al que el poder exige cierta resignación. El regateador es, en cambio, el típico anarquista que la autoridad utiliza por conveniencia, para seguir manteniéndose como autoridad reconocible por todos. Hacen falta, a veces, elementos así para buscar la legitimación del resto: no ha habido Barcelona más autoritario que el de Messi, ni Betis más resueltos que los de Joaquín.
El gaditano de 36 años, en los costados, se vuelve un líder rítmico. Cuando le restan responsabilidades en los regresos, actúa como si nunca fuese a retornar para comenzar el ataque, porque todo debería comenzar en Fabián –una versión con quite del antiguo Ceballos- o en Guardado –una versión de nada que es, a la vez, versión de demasiadas cosas. El último viernes, contra el Girona, Joaquín descendió para generar un desorden dual. Recorrió alrededor de cincuenta metros. Todo el que atraviese esa distancia genera tras sí un caos con efecto doble: desequilibra a su equipo y tuerce las posiciones del rival. Dejó atrás a uno, con un quiebre, pegado a la línea. Dejó atrás al segundo, por velocidad, cerca del centro del campo. Casi cayéndose, filtró un balón entre dos para que Loren Morón definiera picado ante la salida de Bounou.
Después del gol, dijo a la prensa que celebró como Ibrahimovic. En realidad, se quedó solo en alguna parte del campo, con los brazos abiertos, como si esperase de forma irreverente. Como lo ha hecho, aunque no lo parezca, durante toda la vida: alguna vez le preguntaron si en Florencia había visto algún monumento y respondió: “¿He ido a ver a Da Vinci? Que venga él a verme a mí”.
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