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Pagamos en libras y se pesa en kilogramos

Está generalizado que las balanzas electrónicas más modernas que aparecen en nuestros mercados marcan sus valores en kilogramos. Foto: Cubadebate.

Las mediciones han contribuido decisivamente al progreso y a la condición humana. La información que intercambiamos entre los individuos de nuestra especie se hace más rica en la medida que es más precisa y comparable. Y eso lo proporcionan las buenas mediciones, y los buenos patrones de referencia para ellas. Por eso los países que han logrado mejores resultados en su gestión y en su bienestar tienen sistemas de normalización o estandarización bien establecidos y respetados por todos. No es siquiera demasiado importante cual es la unidad que se utiliza para medir. Lo más importante es que siempre se mida igual.

Con respecto a las medidas de longitud, la carencia de uniformidad ha sido siempre motivo de problemas. Don Ramón de la Sagra, un gallego ilustre y perseguido por progresista, que vivió un por unos años y fundó en La Habana nuestra primera cátedra de Botánica en 1824, publicó un interesante libro en 1932 donde comenta la variedad entre la “vara cubana” y la “vara castellana” o “de Burgos”. Se sabe que la que se usó en Cuba para determinar las “leguas”, el “cordel” y la “caballería”, como unidades de longitud y superficie, era un poco mayor que la de referencia en la Península. Sin embargo, él se lamenta allí de que en La Habana se usaba una “vara habanera” cuyo patrón era “un mal cajón que posee el arrendador de la contrata de marca” y que era también mayor que la de Burgos, pero menor que la cubana.

Alguien ha comentado, por cierto, una simpática historia de que la razón por la que la vara cubana era mayor que la española radicaba en que el patrón enviado desde España venía en un estuche muy bien hecho. Aquí se pensó que el contenedor era la mismísima vara de referencia. Según esta anécdota, la verdadera vara de referencia solo apareció al romperse el estuche y ya después de que se habían hecho muchas copias del mismo para su uso local en nuestra isla.

Una experiencia muy costosa fue la pérdida en 1999 del “Mars Climate Orbiter” por un valor de $ 125 millones de dólares. Los ingenieros que construyeron el equipo de Lockheed – Martin usaron el sistema inglés, de pulgadas, pies y libras, para proporcionar los cruciales datos de aceleración. Por su parte los científicos de la NASA que lo lanzaron usaban el sistema métrico. Un error de conversión, o de consideración, dio al traste con la nave, que por suerte no era tripulada, con todo el experimento y con los beneficios que hubiera aportado.

Los cubanos de a pie todos los días pagamos una mala experiencia de unidades bastante costosa. Está generalizado que las balanzas electrónicas más modernas que aparecen en nuestros mercados marcan sus valores en kilogramos. Se sabe que esta unidad pertenece al llamado sistema internacional (SI), oficial y único legalmente admitido en Cuba. Hasta aquí todo es correcto. Lo asombroso es que los precios se expongan en libras, que es una unidad del sistema inglés que ni los propios ingleses usan actualmente. Y en las conversiones los errores los carga casi siempre el cliente al pagar, si no está muy atento.

No resulta posible entender con una lógica elemental por qué esto ocurre en un país alfabetizado y culto como el nuestro. Se conoce que ha sido incluso objeto de planteamientos en las asambleas de electores del poder popular. Pero el fenómeno lleva varios años así y no parece que se resuelva. ¿Es una barrera técnica? De hecho, los dispositivos electrónicos modernos suelen poder cambiar fácilmente de kilogramos a libras con solo ajustarlos. Pero si la unidad oficial en Cuba es el kilogramo, ¿por qué poner los precios y cobros en libras, que equivalen a 0,454 kg?

Ningún argumento puede explicar aceptablemente la razón de una situación tan anormal y prolongada en el tiempo. Queda claro que no solo tiene consecuencias técnicas, sino que es un caldo de cultivo obvio para el robo y la corrupción. Tales problemas pueden costar mucho más que 120 millones de dólares en un país pequeño como el nuestro. El costo social que tiene el deterioro tan masivo y generalizado de la honestidad en la actividad comercial es mucho mayor. En esto participa todo el pueblo tanto como cliente y víctima, como en la función de vendedor victimario. Usar términos más suaves para calificar este fenómeno es también ser cómplices, de alguna forma. Se traiciona así al Fidel que nos dijo que la Revolución “es no mentir jamás ni violar principios éticos” .