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Habitaciones cubanas, calor ambiental, celdas solares y meditaciones cicloneras

Publicado el 26 septiembre 2017 en Ciencia y Tecnología,Opinión
Publicado por: Cubadebate

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Los individuos de nuestra especie sentimos calor cuando calentamos las capas de aire que rodean nuestro cuerpo hasta nuestra propia temperatura. Dejamos entonces de disipar el calor que tenemos que producir nosotros mismos debido a las reacciones químicas metabólicas que nos permiten vivir. Una ligera brisa que la remueva nos refresca. La logramos naturalmente bajo un frondoso árbol o a la orilla del mar. También artificialmente balanceándonos en un sillón, o abanicándonos, o con un ventilador, o disfrutando una eventual corriente de viento entre dos ventanas.

La arquitectura cubana de los espacios de estar se transformó a mediados del pasado siglo. Un esquema de altísimos puntales predominaba antes en cualquier salón. Así se mantenía elevado y lejos del espacio de las personas lo más caliente del aire habitacional, que siempre está cercano al techo. También se hacían abundantes ventanales, sobre todo altos y en paredes contrapuestas de los locales. Así provocaban refrescantes brisas internas por leves diferencias de presión entre una ventana más soleada y otra menos. En la segunda mitad del pasado siglo pasamos a la construcción de locales con bajos puntales y ventanales de fácil hermeticidad, a veces reducidos o con persianas densas. Todo de acuerdo con la modernidad y las tendencias mundiales. El aire acondicionado resolvía la habitabilidad y el confort. Ya después los altos puntales construidos en décadas anteriores dieron origen a pisos dobles, llamados popularmente barbacoas. Esto se hizo masivo cuando la disponibilidad de vivienda decente se volvió más escasa y las migraciones internas forzaron sobrehabitaciones. También los altos puntales son muy caros para hacerlos masivamente, cuando todos y no solo una parte de la sociedad requieren de una vivienda decorosa.

Cuando en nuestro clima, por cualquier razón, falta la ventilación artificial o el aire acondicionado las nuevas arquitecturas se convierten en pequeños infiernos. Todo lo que se ganaba con el alto puntal y los ventanales se ha perdido y lo que nos queda es la peor disposición posible para nuestras condiciones tropicales habituales.

Los tiempos difíciles de situaciones extremas suelen alumbrar la imaginación o reforzar añejos razonamientos existenciales. Una calurosa noche de verano ciclonera sin los medios habituales de ambientación artificial y habitando recintos concebidos para otras latitudes o forzados para sobrehabitación puede conducir a un verdadero estado de tensión ambiental por un calor sofocante. También puede motivar razonamientos con las lógicas más diáfanas, las que no se influyen por circunstancias ocasionales o la moda predominante.

La forma en la que la luz interactúa con los objetos fue siempre misteriosa para los humanos hasta hace poco más de un siglo. La importancia que el sentido de la vista tiene para nuestra existencia en este mundo ha provocado que hayamos creado por eso infinidad de leyendas en torno a la luz. Ahora sabemos bien que se trata de radiación electromagnética, idéntica como fenómeno a los rayos X o a las ondas de radio que nos permiten trasmitir información a grandes distancias de forma inalámbrica. Solo que cada una de estos nombres que damos a radiaciones se caracteriza por su peculiar energía asociada y no por la esencialidad del fenómeno, que es la misma en todos los casos. La de los rayos X afecta la estructura electrónica de los átomos, mientras que la de las ondas de radio solo bastan para hacer rotar, danzar, a las moléculas. La vida no es posible en un entorno de rayos X porque estos destruyen las estructuras moleculares biológicas mientras que si lo es en un entorno de ondas de radio que no las afecta, a no ser que estén intencionadamente moduladas.

La luz visible es un tipo de radiación cuya energía es capaz de interactuar con los electrones que están moviéndose en moléculas o materiales, redistribuyéndolos instantáneamente entre la multitud de núcleos que los acompañan. Esto puede dar lugar a posiciones tales que los hacen muy lábiles. Tanto que pueden ser expelidos y provocar un desplazamiento de su carga en el espacio del material de forma bastante libre. Eso es la “electricidad”, un flujo de electrones o de cargas de electrones a través de un material o una molécula. Las celdas fotoeléctricas están construidas de forma tal que pueden absorber luz y con ella poner a circular electrones, con las cargas que ellos portan: producen electricidad a partir de la luz.

Una parte importante de la luz solar también puede ser usada por los materiales y las moléculas para que sus átomos se muevan más, aunque no despidan electrones. Esa es la conversión de energía solar en el calor que nos sofoca al no permitir que el que producimos se disipe.

Una vivienda construida con los cánones arquitectónicos actuales, lo mismo en el campo que en la ciudad, tiene el techo muy cerca de las cabezas de sus habitantes. Ese techo recibe durante todo el día una intensa luz solar que solo se usa para producir calor, y elevar su temperatura, si no se logra convertir antes en electricidad. Si se trata de una placa de acero y cemento, ocurre que entonces se convierte en un almacén de calor del sol que se disipa, al menos en parte, durante toda la noche sobre nosotros. Con sistemas de aire acondicionado podemos extraer calor del aire de la habitación, el mismo calor que se absorbió durante el día.

Las noches sin ventilación, por falta del fluido eléctrico después de un desastre natural, fuerzan los razonamientos. ¿No es irónico que la energía solar que se derramó en el techo podía haber sido usada para producir electricidad? De esa forma, al menos durante el día, nuestra casa, y la de cualquier vecino, y la escuela cercana, y el puesto del médico de la familia, podían haber dispuesto de alguna electricidad diurna. Podía paliarse así la escasez, en tempos de tragedia, o vendido esa energía eléctrica a la empresa para servicio público, en tiempos normales. Además, nuestro techo recibiría mucho menos calor del sol, porque una buena parte de la luz que lo produce se habría usado en producir electricidad durante todo el día. Tendríamos así una habitación mucho más fresca, de día y de noche. Casi como aquéllas que antes se construían de altos puntales y ventanales. Y en términos sociales se lograría también un inmenso ahorro de electricidad.

¿Y si además de ello dispusiéramos de equipos de climatización de última tecnología, que suelen ahorrar hasta un 60 % de la energía que consumen los más eficientes de los convencionales? ¿No podríamos, en tiempos normales, darle la energía al sistema eléctrico nacional durante el día y consumir una proporción de ella por la noche con el aire acondicionado? Además de que esos equipos modernos que poco consumen, no tendrían mucho trabajo, porque una buena parte del calor que deben extraer de la habitación durante la noche nunca llegó al techo: se usó produciendo electricidad mediante una celda solar.

Este esquema no es un sueño irrealizable para Cuba. Es más bien una motivación para el emprendimiento socialista. Entre las muchas ventajas reales de un sistema de este tipo está que el estado de todo el pueblo, genuinamente democrático, no tiene obstáculo alguno de intereses comerciales y si una gran facilidad para implementar planes masivos de tecnología de esta índole para beneficio de todos y con mínimos costos. Producir y vender a precios no lucrativos paneles solares a las familias que tienen una azotea o superficie donde ponerlos es perfectamente viable como un plan nacional. La masividad lo abarataría todo aún más. Producir y vender equipos de climatización de última tecnología que puedan instalarse por los propios vecinos también. La culturización masiva de cómo usar los paneles, los climatizadores, y mantenerlos operativos el máximo tiempo posible es también más viable para un sistema socialista. ¿Ponemos manos a la obra?


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