
Confieso que hace rato el deporte cubano no me daba una tarde tan feliz como la de este sábado. La actuación de nuestros boxeadores en la final del mundial, sólo me es comparable en disfrute, en este 2017, al fabuloso concierto de tarde del Día Mundial del Jazz, lleno de virtuosos de Cuba y de otras partes del mundo.
Y es que hacía mucho que una escuadra cubana de cualquier deporte no mostraba el talento, la superioridad, la preparación de esta versión del equipo nacional de boxeo; en un contexto que ya no es aquel de 1992 donde arrasamos en la Olimpiada de Barcelona, pero donde sólo compitió un boxeador de la exURSS frente a una pléyade de uzbekos, kazajos, ucranianos, rusos, que ahora lo hacen con acierto.
Me sorprendió la demostración de Argilagos frente al superfavorito campeón olímpico; y disfruté la entrega de Veitía, pese a no ser el combate final su mejor demostración; el arsenal técnico y la enorme confianza que se tiene Andy Cruz; el espectáculo de La Cruz, a quien pocos le hacen sombra; y el triunfo tan esperado, al fin, de Erislandy Savón, en la mejor pelea de su vida.
Nada que reprocharles a Lázaro Álvarez (no lo vi perder), ni a Rosniel Iglesias, pues no rindieron armas hasta el instante final del combate. Así nos gusta ver a los deportistas cubanos: entregados y tenaces.
Podrá haber las teorías que se quiera, pero para los cubanos hay poco orgullo superior al de ver triunfar a sus deportistas. Es parte indisoluble de lo que nos enaltece como nación. Es algo que nos proyectó como país al mundo, gracias a la obra de la Revolución.
Fue una tarde feliz, porque mi pequeño de dos años y medio, que andaba ocupado con sus juegos infantiles, me gritó emocionado cinco veces "Cuba, Cuba, Cuba" cuando escuchó los acordes del Himno Nacional, que sus abuelos le enseñaron por estos días. ¿Puede haber manera mejor de sembrar Patria?