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No se trata de legados

El vocablo “legado” ha generado una repercusión mediática importante desde el pasado 20 de enero. Desmontar el legado de alguien es como la obsesión maligna de quien no puede sustraerse del egocentrismo que acompaña todos sus actos. Aparece esa actitud cuando se tiene un coto de poder, pequeño o grande, y se convierte en actividad permanente durante el período de tiempo que dura ese mandato.

Una de las acepciones de “legado” nos dice que es todo aquello que alguien deja o entrega a un sucesor. Puede ser negativo o positivo, en dependencia de quien fue el encargado de proveer lo hecho o logrado a la persona que le sigue en un lugar o puesto. Se comprende como más grande que una herencia, porque no es tanto material como fáctico.

No hay dudas que la mediocridad define a quienes intentan acabar con todo lo que otra persona que le antecedió pudo hacer. Y es que se pueden desmontar sistemas, leyes u otra cosa que se considere dañino, pero cuando esto se hace, según dicen, desde la inquina personal , es totalmente irresponsable. O peor aún, cuando se golpea para comprar favores.
Más repudiable es cuando el que destruye se considera tocado por los dioses. Que su accionar es único y el mundo es un coto privado, donde jugar al golf es su mejor estímulo deportivo, porque es propio de ricos y a todos los demás se les prohíbe el acceso. No importa que cada fin de semana cueste millones el trasladarse al lugar donde juegan, pues al final esos millones los pagan quienes no tienen entrada al campo de juego.

No importa que copiando rostros de tiranos anteriores, ofenda a pueblos enteros. Cada palabra pronunciada piensa que es un látigo de capataz sobre las espaldas de quienes, para él, son seres inferiores. Sus mentiras para justificar acciones pueden llegar a ser ridículas, pero no nos dejan margen a risa por lo peligroso de las consecuencias.

Normalmente todo legado de los poderosos se traduce en guerras, muerte y destrucción. Ninguno escapa a eso, por dulces y nobles palabras que hayan pronunciado. Aunque hayan hecho algo más racional que otros, cada uno de ellos responde al círculo que les permitió llegar al poder. Y harán todo para mantenerlo.

Shakespeare escribió, y cito: “Ningún legado es tan rico como la honestidad”. Por lo tanto, las noticias falsas, los ataques constantes, la ofensa diaria contra otros pueblos y países solo podrán conformar un legado de abusos y odios. Nada más. Y la historia los castigará con el olvido o el desprecio.

Yo no creo en legados autoimpuestos. Creo en obras concretas, esas que benefician a millones de personas. Las que les permiten acceso a lo que otros les han prohibido a lo largo de miles de años de Historia. Obras que permanecen porque todos las defendemos. Y sobre todo, porque traen sonrisa en lugar de tristeza y destrucción. Porque están basadas en ideas nobles y justas para con todos.

Pero creo especialmente en aquellos que han vivido para los otros, que no pensaron nunca en legados ni en glorias, sino en justicia e igualdad para todos. Los que nos enseñan que no hay temor ante los insultos, porque no existe nada más fuerte que las ideas en las que creemos. Son los que la Historia siempre ha absuelto.