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El discurso del enano

messiCuando el cielo se iba a cerrar como un libro terminado y en el palco un magnate se afilaba las uñas para darle la mano a otro magnate y ya se oían trompetas en la Plaza de Cibeles, Aladino subió a una alfombra azul y grana, frotó la lámpara y le salió un enano.

El enano tenía la boca rota. Le habían tratado de zafar todas las muelas, pero apenas pudieron romperle los labios y no fue suficiente para que se callara. De todos modos, aquello había sido un burdo error de cálculo, porque el punto vulnerable del enano, su talón de guerrero, está en las piernas. Que es donde tiene él la boca y unas cuerdas vocales exquisitas como un Stradivarius.

El tiempo del partido caducaba, más aún desde que el colegiado asignó dos minutos (repito, dos míseros minutos) de añadido. A las puertas de una nueva proeza, el Madrid se batía con un hombre de menos como si en realidad tuviera dos de más. Había puesto el selector en Modo Heroico desde la expulsión de Sergio Ramos, y el espíritu de Juanito sobrevolaba el Bernabéu llamando a sacrificios y cojones.

El golazo de James Rodríguez pretendió ser el punto final de la velada. Quedaban dos suspiros y ya los escritores terminaban sus crónicas con críticas a Luis Enrique –tan porfiado como un mulo asturiano- y alabanzas para la garra de los blancos, que la tienen. En uno u otro párrafo, imagino, ponían algún dedo en la llaga del trencilla -que perdonó la vida a Casemiro- y sus liniers, incapaces de ver varios fuera de juego del local… ¿Y del partido? Bueno, bien, dos a dos y fin del campeonato.

Pero a falta de unos pocos segundos, Michael Jordan encestó otra canasta de leyenda. Era un strike lo que mediaba entre la gloria y el infierno, y Babe Ruth volvió a sacar la esférica del parque. Parecía que el mundo se le venía abajo, que el nocao era cuestión de un silbatazo, y Alí pudo enganchar a su rival con un hermoso swing de zurda.

Se apresuraron quienes habían descorchado la botella, y también los que tenían el pañuelo del desahogo en una mano. Al minuto y 45 segundos del período extra nadie habría pensado en un final así, más propio de los argumentos de ficción que de la vida pura y dura. Nadie, porque tenemos una tendencia amnésica que nos hace olvidar que todo el mundo no es humano.

Efectivamente, no. Hay quienes, como el enano de la boca rota, están un escalón evolutivo por encima de la especie, y la miran desde el colgadizo de la inmortalidad. La víspera, en Madrid, después de que Aladino hiciera lo que hizo, fuimos mudos testigos bulliciosos de lo que sucede el día que a los dioses les da por meterse en nuestros juegos.

A Casemiro, el pobre, lo dejó en depresión. A Ramos, lo expulsó. A Marcelo, estuvo a punto. Cada vez que tocó la pelota se veían la lengua mordida de Jordan, la fluidez de Ruth y la mirada eléctrica de Alí. Y entonces, al final, después de revolver todo el rectángulo y engatusar para un golazo a Carvajal con el truco de “¿la ves? ¡ya no la ves!”, acompañó aquella jugada que nació en Sergi Roberto, pasó por los botines defectuosos de André Gomes, recaló en Jordi Alba y terminó en los fuegos de artificio que todavía ahora deben hacer la fiesta de las Ramblas.

No celebró histéricamente (recordemos que el enano hace rato ya no es argentino ni de ninguna parte conocida). Se limitó a quitarse la camiseta y exponer su número –el “10” más “10” de cualquier época- a los ojos de la grada, mientras el árbitro cumplía el aburrido trámite de sacarle la amarilla y él apenas cerraba los ojos, dedicándole el gol a abuela Celia. Era esa su manera de terminar aquel discurso, el más emocionante de su larga carrera de enano inverosímil.

Y eso que, al comenzar la historia, habían querido reventarle la boca para que se callara.