
Foto: Armando Franco Senén.
Estaba ayudando a mi hijo menor con unas tareas de Teoría de la Música y decidí acostarme temprano. Con una voz totalmente enrarecida me llamó mi hermano a las 12:30. Le habían dicho… y quería saber. Pero yo no sabía nada.
Sintonicé Telesur, y un largo comentario apoyado por numerosas imágenes de archivo, me tiró en el sofá. No tuve reacción inmediata. Ya sabíamos, sabemos, teníamos que saber que alguna vez ocurriría. Creo que todos nos habíamos preparado, supongo que con tiempo. O al revés, suponía que yo estaba preparado, y que el tiempo nos haría todo menos difícil. Pero no. No era verdad. Yo no estuve nunca preparado como pensaba. Nadie estaba preparado como yo pensaba o como los otros también pensaban. No tuve reacción inmediata, porque era una noticia imposible.
Desperté a mi esposa. Le expliqué. Pero ella se dio la vuelta y me dijo tranquilamente que era mentira. Le expliqué lo de Telesur, pero me reiteró que no le hiciera caso a las bolas… que era bastante tarde, y teníamos que salir temprano.
Me preparé un café, y empecé a darme cuenta poco a poco. No es que nadie haya dejado de estar donde siempre ha estado. No es que la vida va a ser diferente. No es que nuestros destinos estén más amenazados a partir de ahora. Es que algo se nos ha muerto a cada uno de nosotros, que estamos con el extraño sabor de este otoño desconocido. Algo se nos ha muerto a cada uno en algún rincón del alma, dicho así, con toda la cursilería y la pasión que conviven en los grandes dolores.
Lamentablemente, es verdad. Felizmente, nadie estaba preparado. Está amaneciendo. Hay que salir, como todos los días, a seguir haciendo su Revolución, nuestra íntima y profunda Revolución.