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El Plan de la Ciencia

Muchas actividades humanas se pueden prever, planificar. Y es muy bueno que al final del período que se planificó nos podamos percatar de que cumplimos o no lo que nos propusimos. La condición indispensable para tal plan es que los objetivos propuestos sean posibles y, por supuesto, que se pueda saber cuáles van a ser. Podemos planear hacernos de un título universitario tras un tiempo de estudios programados. Es mucho más difícil planear cual nota sacaremos en la Matemática o en alguna asignatura específica de esa carrera. Y es imposible planificar con algún grado de certidumbre quien va a ser la pareja con la que probablemente convivamos felices el resto de nuestra vida, o una parte de ella. También es imposible planificar con objetividad su nombre.

Se pueden planificar acciones, intenciones, deseos, que sean realizables. No se puede con lo que no se conoce o no se puede prever.

Las acuaporinas son proteínas que permiten el paso regulado de moléculas de agua a través de las membranas de las células vivas. Su descubrimiento e identificación permitió develar comportamientos que no se podían explicar acerca del intercambio de agua entre la célula y su ambiente hasta que se reportó en 1992 por el Prof. Peter Agre, de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, EUA. Su descubrimiento nunca se hubiera podido planificar, pues ocurrió por serendipidad (“de chiripa”, en buen cubano) según relata su autor. Resulta que buscaba unos antígenos (moléculas que le permiten al sistema inmunológico identificar agentes invasivos) del factor Rh de la sangre y le apareció además una proteína desconocida e inesperada. Su formación científica lo llevó a buscar de qué se trataba e identificó a la proteína que llamó acuaporina y una función de la que desde antes se tenía evidencias pero cuyo origen no se había dilucidado. Le mereció al Dr. Agre compartir el Premio Nobel de Química de 2003 a partir de un resultado no previsible, “extraplan”.

Una representación de aquaporina (Wikipedia)

Una representación de aquaporina (Wikipedia)

La ciencia es así. Comprende la investigación de lo desconocido y carece de sentido planear el descubrimiento de lo que no se conoce, porque si se pudiera, no hay que descubrirlo. Se puede planificar la búsqueda de un determinado conocimiento, pero es difícil planificar encontrarlo. No hay descubrimiento científico, de índole alguna, que pueda ser “cifra directiva” de un plan. Sería deseable que existieran “cifras directivas” en el plan de la economía acerca de cuánto se va a invertir en la ciencia, en la búsqueda de lo nuevo, de nuevos conocimientos, en todos los sectores de la vida económica del país. En la ciencia se invierte dinero, no se gasta.

El trabajador científico propone una determinada investigación en forma de un “proyecto” en el momento en el que considera que tiene las ideas y condiciones para ello. Esa es su planificación y así es la organización y forma de financiación más común en el mundo de hoy para la ciencia. Para realizarlo solicita fondos en dinero que pueda usarse libre y ubicuamente para lo que se requiera en esa actividad de creación de conocimientos. Eso incluye al costo de la mano de obra estudiantes de doctorado (que lo pueden lograr dentro del proyecto) y doctores con contrato determinado (“post-doctorados”). Esa financiación es suministrada por algún agente financiador interesado en tal acción, como pueden ser los fondos centrales que destinan los países más exitosos al desarrollo de la ciencia. Esas organizaciones convocan permanentes concursos para que los científicos opten por sus recursos necesarios en forma de proyectos de investigaciones. El “plan de la ciencia” del país le asigna centralmente los fondos a esas organizaciones para que ellas financien los proyectos.

Un ejemplo interesante ocurrió en nuestra propia Patria. En los peores momentos del período de crisis la que nos azotó en los años 90 del pasado siglo nuestro Consejo de Estado agrupó algunos especialistas de diversas ramas de la vida científica y productiva del país en algo que se conoció como el “grupo de apoyo” del Comandante en Jefe. Los especialistas que lo integraban recibieron la indicación de visitar y oír propuestas de los grupos de científicos cubanos de entonces para realizar tareas o proyectos que pudieran tener una repercusión directa y lo más inmediata posible en el desarrollo de nuestra maltrecha economía. Después de un mesurado análisis de todos y cada una de esos “proyectos” (no tenían que llamarse así, aunque lo fueran) se asignaban recursos a los más prometedores, con criterios de inversión, no de gasto. Esos recursos no tenían restricciones: si hacía falta comprar algo y ello se justificaba debidamente, y solo se podía adquirir en algún lugar que parecía inalcanzable, ese recurso se compraba de alguna manera. Se apostaba al futuro con una confianza extraordinaria en la condición humana y revolucionaria de los científicos. Algunos de los más relevantes logros actuales de nuestra ciencia se deben a esa acertada política científica de entonces de asignación de fondos centrales por proyectos, aún sin que tuviéramos una organización formal para ello.

El plan de la ciencia debe existir. Pero no es el plan convencional al que estamos acostumbrados, que más se parece a una libreta de abastecimientos que a un instrumento de progreso y desarrollo. Es el proyecto donde se invierte en la búsqueda de lo nuevo y prometedor para el hombre y su bienestar y los fondos centrales de uso irrestricto que los respaldan. Es un plan para producir conocimientos, que es de lo mejor que puede hacer nuestra especie. Se invierte en trabajar para lograr resultados científicos esperados, aunque la obtención de este o aquel dato o información específica no pueda aparecer como “cifra directiva”, porque evitaríamos descubrimientos como el de la acuaporina, que fue un “extra-plan” para el que no había financiamiento específico, pero si el de su proyecto.

Otra cosa es el plan de la tecnología, que no es igual a la ciencia por su contenido, aunque forme parte también de lo mejor de la producción humana. La tecnología y la innovación merecen comentarios propios, cada una.