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Palabra empeñada y no empañada

comunicacionHace más de 15 años, en una esquina de cierta famosa calle de la capital de un país amigo, me tocó firmar un contrato de miles de dólares que beneficiaba a Cuba. No mencionaré el lugar para no empañar la imagen de millones de seres honestos que habitan en ese lugar.

Estampé mi rúbrica que me comprometía a entregar el producto acordado en tiempo y forma. El empresario extranjero, mirando el documento, de pronto me soltó: “No sé para qué firmamos, si aquí los contratos no se respetan”. Lo miré asombrado, pero de inmediato intentó tranquilizarme: “No se preocupe Usted, yo cumpliré”. Por supuesto que lo hizo, pues no le entregué lo pactado hasta que no confirmé que había pagado.

Siglos atrás los acuerdos se lograban con un simple estrechón de manos. No existían documentos, ni cámaras fotográficas para inmortalizar el momento, pero esa definición de “palabra de caballero” era tan imponente, que muy pocos osaban violar su compromiso. La literatura está llena de anécdotas sobre la defensa del honor en duelos a muerte cuando no se cumplía lo prometido. Pero el tiempo pasa y las sociedades cambian.

Ahora se firman contratos extensos con cláusulas bien detalladas, se hacen fotos para la historia, no solo se estrechan manos sino hasta se dan abrazos bien apretados y leemos después en la prensa que en tal reunión se analizaron las causas y consecuencias del incumplimiento de los convenios, acuerdos o contratos firmados entre entidades. Es como si se remedara a diario la actitud de aquel empresario extranjero que menciono al inicio.

Por supuesto que no solo en los contratos se viola la palabra empeñada. A diario escuchamos de personas con diferentes rangos ejecutivos: “No te preocupes, que yo me ocupo de eso”. O “Yo te llamo enseguida y te confirmo”. Para después encontrarnos en las páginas de nuestros periódicos las cartas de quejas de ciudadanos que se han cansado de esperar por una respuesta prometida.

Existen límites jurídicos bien establecidos para castigar actitudes como esa. Pero me pregunto: ¿Realmente se cumplen? En un Estado organizado y estructurado como el nuestro la violación de lo pactado debería castigarse y, créanme, en la mayoría de los casos no se hace. Nuestra muy arraigada costumbre de considerar la amonestación pública como un severo castigo, pues apela a la vergüenza del sancionado, no es suficiente para detener esa destructiva corriente de no cumplir lo acordado.

Soy un firme convencido de que si no adoptamos una posición más intransigente en este sentido, la marea de la dejadez y el cinismo se nos vendrá encima. Y por posición intransigente defino el estricto cumplimiento de la legalidad. La moral en la sociedad actual cubana, como en cualquier otra, está definida en documentos jurídicos. Y no debemos seguir siendo paternalistas cuando de afectaciones a nuestra población se trata.

La palabra empeñada debe ser respetada en todo momento. Si habláramos de horarios de reuniones, por ejemplo: ¿Cuántas veces Usted ha sido citado para una hora y, cuando llega, la secretaria del funcionario le informa que debe esperar? Tuve un mentor que me inculcó la práctica de no esperar más de quince minutos y también la de ser puntual. Le agradezco mucho esas lecciones de civismo, pues me han sido de mucho beneficio. Se los aseguro.

A los que han olvidado las más elementales normas del respeto al prójimo un consejo: no sigan haciéndolo. Mi padre decía: la vida siempre pasa la cuenta. Y muchos ejemplos confirman esa máxima. Empañar la palabra dada solo le garantiza el irrespeto y la desmemoria. Pues nadie debe prometer lo que no puede cumplir. El mundo se ríe de aquellos políticos que tratan de engatusar al votante con promesas y más promesas. Nuestro país tuvo bastante de esos antes de 1959, me relatan no solo los libros de historia, sino también me lo contaban mi abuelo y mis padres.

Mucho se ha escrito sobre la palabra dada y el compromiso. No quisiera recurrir a los pensamientos de grandes de todas las épocas cuando se refieren a la importancia de cumplir lo prometido. Pero siempre viene a mi mente Mahatma Gandhi cuando decía: “la vida es como un espejo” (Fin de la cita). Todo lo que hagas bien se reflejará en ti, lo que incumplas también, añado.