Un importante documento de la pasada administración del gobierno de los EEUU, en 2004, critica a la Revolución Cubana expresando: “…Grandes sumas [de dinero] se dirigieron también a actividades como el desarrollo de la biotecnología y centros de biociencias no apropiados en magnitud y gastos para una nación como esta, esencialmente pobre, y que han fallado en justificarse financieramente…”[i]. Es muy fácil deducir de este texto toda una concepción política y social colonizadora, conservadora y discriminatoria. Su significado más decente sería que Cuba y los cubanos se prestan mejor para la sensualidad de sus bellezas geográficas y personalidades, su agradable idiosincrasia, su música y danza que para crear conocimientos. “¡Que inventen ellos!” se le atribuye a Miguel de Unamuno, pensador peninsular con una enorme influencia en, y reflejo de, la cultura que nos es común. Esa concepción ha determinado en mucho la visión que los países poderosos han tenido de Cuba y los cubanos, y desafortunadamente, también la visión que algunos cubanos aparentan tener de su propia patria y sus compatriotas.
Fue la Revolución la que retó y realmente desterró, al menos oficialmente, estas concepciones. Así mismo lo hizo con lo mucho retrógrado de la conciencia social en la república nacida de los acuerdos de principios del siglo XX entre la constituyente cubana y el congreso de los EEUU. Afortunadamente, ya hoy se demuestra, inequívocamente, que nuestro movimiento científico se sitúa entre los 6 primeros de Nuestra América junto a gigantes como Brasil, Argentina y México. Esta ciencia es hija legítima del proceso iniciado en 1959, de su visión socialista, humanista y antidiscriminatoria.
El camino de hoy está lleno de oportunidades y retos. Externos e internos. La inmensa mayoría de los científicos formados en la Cuba revolucionaria lo fuimos bajo la influencia europea, y en alguna medida latinoamericana. La omnipresencia de la poderosa y eficiente ciencia de los EEUU fue inevitable, aunque fundamentalmente limitada a la literatura escrita. Rara vez de forma directa.
Los acontecimientos recientes que inician un camino hacia la convivencia normal entre Cuba y ese país norteño deben tener un impacto esencialmente positivo en la ciencia cubana. La gran oportunidad está en que un movimiento científico tan rico, intenso, promotor y abarcador como el de ellos influya más sobre Cuba y favorezca nuestra capacidad de crear conocimientos.
Sin embargo, como en todo, es preciso estar plenamente conscientes de lo que se avecina, de sus seguras ventajas, de sus retos y de sus eventuales peligros, para sortearlos. De la misma manera que es esperable que nuestro sistema de transporte aéreo esté ya preparando las medidas inevitables para afrontar el inminente centenar de vuelos semanales desde los EEUU, los científicos cubanos, el sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación y toda la economía y la sociedad cubanas tenemos ante nosotros una tarea de adecuación al nuevo escenario del que es deseable llevar la mejor parte.
En primer lugar, todas nuestras mentes deberían desterrar el pensar como “¡Que inventen ellos!” y hacer reinar el revolucionario “¡Inventa tu maquinaria!”, de los tiempos iniciales del bloqueo, y de la Revolución. Entonces con muchas dificultades pudimos constituirnos como la nación soberana, inteligente y creadora que somos, capaz de generar, aplicar y promover nuestras propias iniciativas científicas y tecnológicas. Y ahora con menos dificultades podremos hacerlo de nuevo y mejor. Esto es válido, sobre todo, en el sector público de la economía y la sociedad. El sector privado tiene motores propios para ello, como es la competencia, que nuestra economía de todo el pueblo no ha desarrollado ni implementado aún.
En segundo lugar deberíamos cuidar mucho y hacer crecer lo que se ha cultivado hasta ahora en relaciones científicas y tecnológicas con el resto del mundo. La posibilidad de que se polarice la ciencia cubana a una sola fuente cercana e influyente es también un previsible reto que deberíamos vencer. Nos ha ocurrido en otras oportunidades, incluido durante el período revolucionario, donde el propio Fidel varias veces indicó la búsqueda de relaciones de intercambio científico con todo el mundo.
En tercer lugar, no menos importante, tendríamos que montar una “puesta en escena” regulatoria y temática completamente novedosa para el también nuevo escenario del sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación. En el ámbito regulatorio la necesidad de nuevos marcos, con o sin relaciones con los EEUU, es evidente hace tiempo, y eso la Academia de Ciencias de Cuba lo ha señalado muy fundamentadamente.
En lo temático, se nos abre el acceso para cooperar en cualquier zona de la frontera del conocimiento con cualquiera, en cualquier parte del mundo, sin grandes impedimentos políticos como los todavía vigentes con los EEUU. Las nuevas perspectivas deberían despertar nuestra capacidad de generar ideas de trabajo a largo plazo para hacer nuestras o insertarnos en aquéllas más afines a nuestras posibilidades y necesidades, mirando tanto al presente como al futuro. Ya no tendríamos que conformarnos con estrategias de supervivencia en muchos campos, sino que podemos plantearnos perspectivas de acción en lo más novedoso y prometedor, lo que más felicidad espiritual y material pueda proporcionarle a los cubanos del mañana. En este aspecto, todo el mundo académico y empresarial cubano podría enfrascarse desde ahora mismo para ir elaborando acciones que saquen ventaja del tiempo.
El tiempo de los cubanos en Cuba tiene que comenzar a marchar de acuerdo con el de los países más avanzados, a los que nos hemos ganado pertenecer gracias a lo más valioso que puede tener un pueblo: la cultura y educación básica de todos y cada uno de los ciudadanos, la que nos ha dado la Revolución. Cuando se culmine nuestra victoria sobre el bloqueo ya no tendremos barreras que justifiquen dilaciones o aproximaciones conservadoras a los avances de la ciencia y la tecnología. Y desde ahora, las primeras barreras que tendríamos que derribar son las que puedan existir en nuestras propias mentes, donde esa aberración impuesta a nuestra historia debería desaparecer mucho antes que deje de existir efectiva y políticamente.
Nota
[i] Comisión para la Asistencia para una Cuba libre, Reporte al Presidente, mayo de 2004. Colin L. Powell, Secretario de Estado p. 256. Los subrayados son del autor.