Siento en mis oídos su voz de trueno, su risa telúrica; recibo otra vez esos abrazos enormes que él sabe dar con toda la carga de humanidad que llevan sus brazos y pecho. Escucho su invitación desafiante y jocosa a jugar bolas criollas; vuelvo a oír sus cuentos garciamarquianos; me contagio con su empedernido deseo de cantar llaneras y de desgranar poesías.
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