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Los de aquí y los de allá

Una noche a fines de diciembre, mientras caminaba por las calles de mi natal Holguín, me sorprendió una imagen que difícilmente podría plasmarse en una foto.  Me fui a la casa,  tomé el cuaderno y regresé al parque a vivir esa sensación.

En los bellos parques de mi ciudad cientos de holguineros sentados en los bancos,  en el césped,  en las aceras,  colgados a la Internet desde un teléfono móvil, intentaban borrar las distancias con  aquellos que aman y residen en otras latitudes. Ajenos a esa realidad, los niños correteaban a su alrededor.

Una anciana en silla de ruedas trataba de escuchar la voz del hijo ausente,  mientras rebotaba entre el murmullo indecifrable de los presentes, un gracioso pregón asegurando que los pasteles de guayaba mejoran la conexión.

No sé a ustedes que viven la experiencia, pero a mí esa imagen  de diciembre, me hizo llorar. Tal vez fue la fecha o el dulce frescor que acariciaba el parque o el rostro disímil de mis hermanos holguineros o el aroma delicioso de los pasteles de guayaba,  pero lloré como alguien a quien le acaban de tocar el alma, con dolor amargo brotando de mis ojos como arroyo manso.

Lloré por los de aquí, aferrados a un sueño,  a una esperanza, a la imagen amada en un teléfono móvil,  y lloré por los de allá, ausentes,  solitarios en sus sueños -y no pocas veces en sus pesadillas-,  rodeados de lo que anhelaron o creían que anhelaban...

Sí, lloré sobre todo por los de allá (donde quiera que sea "allá"), porque después de esa video llamada a Cuba, ni el más bello regalo, ni el más dulce pastel, ni la más fría champaña,  ni siquiera Santa Claus y sus ajenos villancicos,  podrían apagar en cada cubano de allá (donde quiera que sea "allá"), la irremediable nostalgia por lo que quedó aquí.