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Donald Trump y Joe Biden tuercen el camino

Trump y Biden. Foto: AP

Trump y Biden. Foto: AP

Hace poco menos de dos meses, la evidencia aportada por las encuestas y los fondos de campaña, indicaba que el republicano Jeb Bush y la demócrata Hillary Clinton serían los más probables contendientes para la elección presidencial de Estados Unidos en 2016.

Cuarenta y tantos días después, ese pronóstico se vino abajo. El vicepresidente Joe Biden tantea la posibilidad de presentar su candidatura a la Casa Blanca. Si el compañero de fórmula de Barack Obama tiene aspiraciones reales de convertirse en su sucesor, supondría un obstáculo mayor a lo que ya algunos llamaban “la coronación” de Clinton como nominada del Partido Demócrata.

Los rumores de la postulación de Biden son titular en la sección política de cada medio de comunicación estadounidense, poniendo dudas sobre una rápida selección de Hillary como aspirante oficial en las elecciones primarias. En la historia reciente de los Estados Unidos es relativamente normal que un vicepresidente busque ascender al siguiente escalón ejecutivo, como lo hizo con éxito George Bush (padre) en 1988 o sin suerte, en el caso de Richard Nixon en 1960 o Al Gore en 2000.

Biden se postuló por primera vez en 1988 y en una segunda ocasión en 2008, sin mucho llamar mucho la atención. La visibilidad que le otorga su actual cargo y el ascenso al tercer lugar entre los demócratas mejor posicionados en las encuestas, podría alentar otra vez sus aspiraciones presidenciales: nada fuera de lo normal.

Por el contrario, el fenómeno mediático generado por Donald Trump ha disparado y mantiene al nombre del magnate neoyorkino como el favorito imbatible entre los republicanos, a pesar de su actitud políticamente incorrecta y los pasos poco convencionales que harían volar en pedazos cualquier otra campaña presidencial.

Su retórica explosiva o la amenaza latente de presentarse como candidato independiente y dividir el voto del partido en caso de no ganar su nominación oficial, no espanta a quienes simpatizan con la desfachatada honestidad de sus mensajes o su historial como empresario exitoso.

Su núcleo duro de potenciales electores son hombres blancos sin educación universitaria y que ganan bajos salarios o han perdido su empleo en la industria manufacturera.

Aunque no gane las primarias y las asambleas electivas del Partido Republicano en 2016, Trump ha llegado demasiado lejos. Escaló hasta ganarse un sitio en el centro mismo del escenario político de su país, justo a la derecha de Jeb Bush, un hombre cuya candidatura había dado de que hablar durante años, cuando Estados Unidos se preguntaba si haría el intento.

Deténgase un momento a pensarlo: un político con las credencias políticas (y dinásticas) de ese ex gobernador de La Florida (durante dos mandatos), con una candidatura tan sólida como para recaudar más de 100 millones de dólares en los primeros seis meses del 2015, tuvo que parase a discutir asuntos de interés nacional al lado de un hombre más famoso por sus insultos que por sus propuestas de gobierno (cuando no mezcla una cosa con la otra).

En general, la carrera presidencial entre los aspirantes republicanos ha evolucionado en una dirección que nadie hubiera imaginado hace dos meses, cuando el debate parecía enfrentar principalmente a senadores y gobernadores, políticos convencionales versados en criticar a Barack Obama y a su ex Secretaria de Estado.

Y aunque tiene a Biden respirando sobre su cuello, Hillary Clinton permanece en los sondeos como la más popular, por encima de un grupo de candidatos demócratas de los que casi nadie habla (excepto por el senador ‘socialista’ Bernie Sanders, muy mencionado por la prensa gracias a su capacidad para concentrar multitudes en sus mítines).

Los vaticinios más alentadores en favor de la ex Secretaria de Estado tambalean por el costo político del escándalo relacionado con el servidor privado de correo electrónico que la Clinton utilizó mientras dirigía la diplomacia estadounidense.

El asunto de los emails es manejado en ciertos círculos como un pretexto para empujar a Biden hacia la carrera por la presidencia. Hasta Donald Trump percibe que la candidatura de Clinton “está dañada.”