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Más sobre las cosas que sucedían en mi pueblo

En mi pueblo, como creo que sucedía en todos los pueblos de mi Cuba, cuando alguien moría, lo tendían y velaban en el propio hogar donde vivía, casi de forma general se escogía la sala. Las velas entonces, eran grandes y de cera. No se me olvidan los ataques histéricos y los gritos de mi prima nena y su hermana, había que aguantarlas y llevarlas a la cama, darles a tomar un cocimiento de tilo.

Años después, cuando se comenzó a velar los muertos en las funerarias, mi prima nena y su hermana, se comportaban como los demás, no más ataques histéricos, no más gritos. Esto me recuerda de lo que se dice que se hacía en los tiempos antiguos,- contratar lloronas para los velorios.

Desde luego, el pase para las funerarias, nos privó de las tertulias en los patios del lugar donde se velaba al fallecido, allí se hablaba de todo, habían carcajadas y risas, se relacionaban los nombretes que llevaban un considerable por ciento de los vecinos del barrio, recuerdo que mi hermano Jorge, tenía estos motes o apodos en una larga lista, ya tenía más de trescientos. No se me olvida que en aquel documento aparecían casi todos los familiares de Popó - aquel que tumbó la vaca jugando pelota-, allí aparecían sus tres hijas: Pachú, Morro y Cabaña, sus nietos: Chirrique, Bola de Churre, el Ceba´o, Frente de palo, Aguacero, Jelengue y la esposa de Popó, Ñañá. Tampoco olvido a Manolo el caga´o, Yagua seca, Danzonete, Palo seco, Musungo, Popeye, Bola de hierro, Caridad Boniatillo, Changoó, Tira tiros, Moco seco y muchos más, que sería imposible relacionar aquí.

Después del entierro de los muertos, al otro día, los familiares más cercanos en este caso, sólo las mujeres, ya habían teñido sus vestidos claros, con tinte negro, aquel luto lo mantenían por un año y después venía el medio luto, esto consistía en vestidos de telas con florecitas o adornos negros y con fondo blanco, no recuerdo cuánto duraba el medio luto los hombres por su parte, lo que hacían ocasionalmente sólo utilizaban un brazalete negro sobre el brazo izquierdo. ¡Vaya, como eso ha cambiado cojo…!

Otra cosa que viene a mi mente es la forma que recordamos a las madres, aquellos segundos domingos de mayo, Día de las Madres, el que la tenía viva se ponía en el pecho, una flor roja; los que la habían perdido, una flor blanca. ¡Eso también pasó a la historia!.

En el acto de inauguración del mausoleo a Antonio Maceo y Panchito G. Toro, El Cacahual, diciembre de 1899.

Máximo Gómez en el acto de inauguración del mausoleo a Antonio Maceo y Panchito G. Toro, El Cacahual, diciembre de 1899.

¡Ah!, se me olvidaba contarles aquí, sobre el gran mentiroso de mi pueblo, el viejo Silva. Este tenía unos 80 años y llevaba siempre consigo un bastón, vivía allá abajo en la calle del matadero: Él se vanagloriaba de eso. Había uno de sus cuentos que todos queríamos que lo repitiera siempre, de sus andanzas durante la guerra del 95. Decía que se había unido en Bauta a las tropas del General Máximo Gómez.

Cuenta que el día que se decidió a marchar al campo de Batalla, montó su penco dorado y se puso a la cintura el machete largo que había utilizado su padre en la guerra del 68. Siguió contando que cuando rebasaba los límites del pueblo se percató que llevaba encima el reloj de bolsillo con su largo leontina, regalo que le había hecho su abuelo antes de morir y se dijo:—“ pa´l carajo, mejor no lo llevo a la guerra, pues puedo morir en ella y perderlo al caer en manos del enemigo”— y luego pensó: — “Voy a colgarlo en esta pequeña mata de guayaba —y enredó la larga leontina a uno de sus incipientes gajos.

Le dolía hacer aquello, pero cabizbajo continuó su cabalgata mientras aún escuchaba el tictac del reloj. En este momento del cuento se detenía, no se por qué, todos le pedíamos ansiosos que continuara, entonces él, con una cara de alguien que está meditando, decía:

“En el 98, cuando se terminó la guerra, después de muchos e importantes combates, regresé a mi terruño, mi pensamiento me llevaba cabalgando por las nubes sobre mi resistente corcel, yo iba pensando en todo lo que me esperaba, mi familia, mis amigos y mi pueblo. Flotando yo por las nubes, algo me hizo dar un salto, sentí un ruido muy familiar, era un tic, tac insistente, casualmente disfrutaba yo de la deliciosa sombra de un enorme guayabo, mi curiosidad me hizo mirar hacia arriba y allá, teniendo como fondo las nubes, apretado a un robusto gajo, pendía mi reloj, estaba sanito y a salvo. ¡Vaya suerte la mía!"