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Amor

La Copa del amor, panteón erigido en el cementerio de Gibara, es el monumento más célebre de esta ciudad costera. FOTO/Juan Pablo CARRERAS

La Copa del amor, panteón erigido en el cementerio de Gibara, es el monumento más célebre de esta ciudad costera. FOTO/Juan Pablo CARRERAS

Por: César Gómez Chacón
Te miro dormida, absorto en tu belleza que ya saltó la barrera del tiempo (de mi tiempo), y sigo sin entender por qué los ojos pretenden engañarme. Ah, ceguera enamorada que todo lo sublima. Hoy me adelanté a los gallos para descubrirte, plácida ¿sonriente? en tu más acá del nuevo amanecer. Dentro de unos minutos sonará el despertador y serás, como siempre, la primera en levantarte, puerta que se abre y se cierra, suavecito, para no despertar a destiempo a los demás.

Madre madrísima, huérfana del sueño del alba, regalándonos todo, el sosiego y la primera sonrisa. Hormiguita laboriosa, duende de la maravilla, aroma de café, guardiana del uniforme escolar, y luz de esa niña maravillosa: “apúrate, mi amor, guarda tu merienda, que no se te olviden los libros, a la escuela hay que llegar puntual…” ¿Cuántas mañanas tempranas arrebataste a tu vida para entregarte a tan perenne ritual?

Aún no has abierto los ojos, y ya lo sé: aquí nace volando un día cualquiera. No es este aquel domingo, de vez en vez, cuando remoloneamos un poquito en la cama, porque la niña no tiene que ir a la escuela, y yo no salto como un loco a la computadora, para ver por dónde anda el mundo desde ayer.

Duerme un minuto más, corazón. Me fastidia lanzarte de golpe al nuevo día, cuando apenas tengo algo que ofrecerte. Me duele cuando te mata el tedio, cuando tus fantasmas se aprovechan de mi ausencia y arruinan mi lucha por cuidarte el alma. A veces quisiera no irme a ningún lado, me amarraría a tu beso de despedida y allí sobreviviríamos juntos al tropel del “debo” cotidiano.

Ya suena el timbre, tus ojos iluminan el día. Y yo que quiero acurrucarme a tu lado. A veces no te digo lo que siento, a veces ando perdido en mis tormentos, o airado porque no puedo ni sé cambiar el mundo. Pero créeme: soy feliz en mi planeta tu vida, y te amo desde siempre y para siempre.

Y aquí estoy medio dormido, rompiendo cada mañana el récord mundial de despertar a tu lado.

Mujercita mía:
Hoy, finalmente, no es un día cualquiera. Y no hallo mejor regalo que estos versos de Santiaguito Feliú, de los que a cada rato te hablo.

Ahora que él se ha ido sin irse, los busqué y los encontré para ti.

La canción se llama “Mi mujer está muy sensible” y (salvando algunos detalles del momento cuando él la escribió) yo los puedo suscribir hoy, de principio a fin. Aquí te va:
No eres tú,
es el destornillado cotidiano azar,
la puerta del delirio, la fangosa realidad,
los narcos, la inflación, la solución impar,
los dioses apagados, la fantasía incapaz,
Berlín, Fidel, el Papa, Gorbachov y Alá.
No eres tú, mi amor...
No eres tú,
son estos días de mierda que también se irán,
son Lennon y Guevara que no quieren regresar,
latinos divididos sin América;
soy yo, que no me curo de quererte más,
es por los pasaportes y la enemistad.
No es por ti, mi amor...
No eres tú,
es tanta democracia para no creer,
es la canción de Silvio y la crisis de fe,
es la sabiduría de desaprender,
es Panamá sin guía, agradeciendo a Bush,
es un amor por Cuba,
es socorrer la luz,
es como cuando faltas, cuando faltas tú.
No eres tú, mi amor...
No eres tú,
no eres lo que esta noche me costó inventar,
es falta de marcianos, es por mi aterrizar;
es que me falta cuento en esta capital:
se amarga hasta el romance y la anarquía crece más;
es cuerda que se oxida en esta vena de pensar,
es musa mal parida, es que no sé ni qué cantar,
No eres tú, mi amor...
No eres tú...
¡Son los demás!