El paisaje de Turiguanó acoge hoy al visitante en atardeceres umbrosos o en mañanas soleadas con algo siempre inédito, sin que se rememore apenas su “cielo roto”, su “viento blando” o su llanto de antaño, a la vez que se ignora en muchos casos la aventura del cazador de submarinos, en trance de muerte, frente a las estribaciones de la isla.
Ahora la visión se renueva constantemente desde la entrada misma a este terruño por una carretera que se refresca con la fronda umbría y el agua que la entrecruza, animada por el canto, el croar, el silbido y múltiples onomatopeyas de una fauna casi siempre invisible.
Mas, quizá quienes recorran las vías del acceso a Jardines del Rey, a través de la carretera sobre el mar, ignoren que no son muchos los pequeños y aislados sitios del mundo a los cuales dos grandes escritores hayan perpetuado en sus obras, Nicolás Guillén, como poeta, y Ernest Hemingway, como novelista, pusieron el dolor del escenario por encima de su belleza singular.
Son 207 kilómetros cuadrados de flora, fauna y paisajes, sin la condición insular de antes, los cuales se pueden recorrer hoy, a su vez enlazados con las restantes islas de uno de los grandes polos turísticos cubanos, en el cual abundan las bellas playas solo holladas antes por carboneros eventuales, avezados pescadores o héroes imaginados en las aventuras de Hemingway.
A su modo la percibió antes Nicolás Guillén: “Isla de Turiguanó (1),/ te quiero comprar entera/ y sepultarte en mi voz./ ¡Oh luz de estrella marina,/ isla de Turiguanó!”.
Ambos autores, con antecedentes amistosos en el Madrid republicano de fines de los años 30, no coincidieron personalmente sobre esta porción de tierra rodeada por las aguas de las lagunas de la Leche y La Redonda, el mar, los canalizos y los pantanos. Pero en la intención sí.
Otrora los escasos moradores de la entonces isla debían navegar un azaroso recorrido, para muchos imposible, con el propósito de arribar luego a la ciudad de Morón, algo que cambió desde inicios de los años 60 del pasado siglo.
Hoy Turiguanó dispone de las referidas vías de acceso, y más recientemente, de los aeropuertos Máximo Gómez, en la ciudad de Ciego de Ávila, y Cayo Coco, en sus proximidades, para la expansión turística y económica.
A los visitantes los atraen, además, sus paisajes naturales de llanura calcárea con bosques siempre verde al noroeste, las alturas de roca sedimentaria con suelos ferralíticos rojos y pardos cubiertos de pastos y vegetación de mogote, en el centro; y la llanura marino-palustre con hierbazales de ciénaga, manglares y plantaciones forestales hacia la costa.
También los motiva la historia de Turiguanó, que en lengua aborigen significa cielo y guano de palma, pues fue territorio de tránsito para los habitantes precolombinos proveníentes de los Buchillones en Punta Alegre y de otros asentamientos próximos; y por ser posteriormente escenario de fuertes combates entre las tropas mambisas y las españolas, en especial el 10 de agosto de 1897, en Sabana Grande.
A muchos los estimula, asimismo, que Turiguanó haya ganado en los propósitos de sus habitantes.
No es ya como en su tiempo clamaba Guillén: “¡Ay, Turiguanó soñando,/ clavada frente a Morón:/ cielo roto, viento blando,/ ay, Turiguanó llorando,/ ay, Turiguanó!”. Son versos que aludían, con sencillez magistral, a comprarla entera para sepultarla en su voz. Para verla sin piratas, decía, “largo a largo bajo el sol”,suelta en su coral redondo, sin llorar.
De otro lado ¿çDe qué modo asumía el novelista estadounidense la isla de entonces? Así lo explica Enrique Cirules (2) en “El iceberg de Ernest Hemingway en la cayería de romano”: “Hemingway conocía a la perfección este canalizo (de Baliza Vieja). Tuvo que haberlo navegado con el Pilar en alguna ocasión. Lo recorrió muchas veces con el bote auxiliar, cada vez que se dirigía hacia el poblado costero de Punta Alegre o a la isla de Turiguanó, lugares que tanto conocía”.
Para luego resumir así la situación climática de Islas en el Golfo (3): “Se generaliza el combate a orillas del Canalizo de Baliza Vieja y como es demasiado el poder de fuego del yate de Thomas Hudson, todos los alemanes resultan muertos.” Pero Hudson, el Hemingway pintor, había sido gravemente herido desde un primer instante y, cuando ya todo está por concluir, experimenta la cercana presencia de la muerte.
Así lo narra Hemingway: “Thomas Hudson (…) miró el lago que se formaba en el paraje interior. Unas pequeñas olas blancas se rizaban en él. Olas pequeñas de una excelente brisa marinera y más allá de ellas podía ver las sierras azules de Turiguanó.”
No puede dudarse que este le pareció al autor, con enorme dominio de la costa norte cubana, el sitio adecuado para dejar a su alter ego literario en trance de muerte. ¿Sería una preferencia personal? No parece que eligiera el sitio solo por las motivaciones estrictamente literarias…
Lo impactaba Turiguanó, este lugar propicio para la vida, a cuyo Mar Caribe se puede ir hoy en un velero sobre las aguas, soñando y sin llorar.
---------
(1) Nicolás Guillén, poema “Turiguanó”, El son entero, 1947.
(2) Enrique Cirules, destacado escritor cubano, estudioso de la obra de Hemingway.
(3) Ernest Hemingway, novela póstuma Islas en el Golfo, cuya mayor parte se desarrolla en Cuba, sobre todo en su costa norte, durante la II Guerra Mundial.
(Tomado de Cubanow)