
Foto: Cabrera Peinado.
Por José dos Santos
Hace años hice notar la utilidad que tenía en otros lugares ese acto de racionalidad económica y cuidado del medio ambiente que podemos simplificar en el término RECICLAR.
Si algo logré con ese llamado de atención no me percaté. Todo lo contrario a nuestras propias experiencias recuperativas a través de los Comités de Defensa de la Revolución, esa práctica decayó hasta casi desaparecer
Mis experiencias, que traslado nuevamente porque no han perdido vigencia, tienen como eje, primero, par de años que viví en Bonn, la entonces capital de la República Federal de Alemania, donde fui corresponsal jefe de la oficina de Prensa latina. La otra tiene que ver con la ciudad suiza de Ginebra.
De la primera, en la década de los 80, tengo vívida la impresión de la jornada mensual que, programada y conocida por todos los ciudadanos, en la cual las familias sacaban desde temprano a la calle TODO lo que querían deshacerse. Y se podían ver desde muebles ya deteriorados a viejos televisores en blanco y negro (ya se imponía la tv en colores).
En esa fecha, todos los que deseaban “bucear” en esos sobrantes domiciliarios –casi la totalidad eran inmigrantes no europeos (turcos por lo general)- pasaban por aquellos monumentos temporales de lo vetusto y se llevaban lo que les resultara útil. Al final del día, la empresa encargada por la municipalidad cargaba con todo lo restante para que, el lunes, la barriada amaneciera limpia.
Años después, albergado en una casa solidaria latinoamericana en Ginebra, aprecié otra experiencia interesante en este rubro.
Desde el primer momento, me percaté que la dueña de casa iba acumulando en la pequeña terraza de su apartamento, en bolsas (o jabitas) los distintos residuos no líquidos que se acumulan en cualquier lugar.
Al día siguiente de mi llegada le acompañé a cumplir con un ritual muy efectivo: salía camino al supermercado para abastecerse de lo que deseaba. En él carrito que llevaba iba la colección de bolsas a la que ya me referí.
En el trayecto encontraba diversas “campanas” recolectoras, bien identificadas, y en ellas iba dejando, según el tipo de material, las “laticas”, cartones, papel y otros elementos reciclables. Los que no lo eran, iban al basurero colectivo.
En algún momento, una empresa contratada para ello, se llevaba aquellos módulos y los sustituía por otros vacíos.
Al final del recorrido, junto al establecimiento, había un contenedor diferente, para recolectar ropa que los ciudadanos donaban para la Cruz Roja y que serviría para paliar tragedias en las que esa organización se ve involucrada.
Desarrollo económico e idiosincrasias diferentes las de aquellos hábitos recicladotes europeos no debieran impedir sacarle producto a experiencias válidas en lo concierte a la población.
Por lo escuchado y leído, la fórmula a aplicar en mi país dejaría a un ciudadano que yo llamo “especializado en materias primas” –una especie de figura del cuentpropismo- la recolección y traslado a unidades receptoras para vender lo recogido. Sólo los residentes cercanos a esos centro podrían llevar lo suyo.
Me parece que así, la conciencia con el cuidado del entorno no saldrá fortalecida. Esto no evitará los vertederos públicos espontáneos y la propia indisciplina social que los genera.
Vender por algunos lo que recolecten no aportará al tratamiento educativo que debe darle nuestra sociedad a este sensible e importante elemento económico-ambiental que implica RECICLAR.